Vistas de Málaga desde el puerto

Sin pretensiones. Sobre Málaga, sus gentes y el eterno retorno


Parece que las agujas de la Pelona han surtido efecto y mi estómago está aposentándose. Llevo varios días oscilando entre un estreñimiento avaricioso y una diarrea feroz. Me duele la cabeza, duermo como el culo, me invade una desorientación casi mágica…

Es normal, me digo. No debiera sorprenderme. A fin de cuentas han sido casi dos años fuera. Un tiempo atrás viví otro retorno, después de otra larga ausencia por Asia y Australia, pero se siente tan ajeno que su evocación no me reconforta. Así que otra vez vuelvo a Málaga -vuelvo a volverme a Málaga- y ando acojonadísimo.

Al menos la escala en Madrid me regala sorpresas cariñosas: además de la acupuntura, está la visita a última hora al Reina Sofía, los paseos castizos de plaza en plaza con el perro, las lecturas abusivas y desvergonzadas del Tarot y los cuidados capilares de la madre de la Pelona. El martes por la mañana, con el estómago curado y la melena recién lavada y desenredada, me subo en Atocha a un coche de blablacar y, cinco horas más tarde, el conductor me deja casi en la puerta de casa.

Aprieta el calor propio del momento del almuerzo. Las mochilas ni me pesan. Vacilo ante el interfono pero la puerta está abierta, igual que el portal. Subo en el escensor y entonces es cuando mi mano se paraliza y no se atreve a llamar al timbre. Por enésima vez no he avisado a los míos.

Sin embargo bastan sólo unos instantes -superado el impacto de la conmoción, disfrutado los iniciales abrazos y besos- para comprobar cómo todos los miedos se desvanecen cual humo. Que la familia es un privilegio. Que vale la pena marcharse por el simple hecho de volver.

Sucumbo en seguida a la protección hogareña. Sesteo a cualquier hora, invariablemente. Mi madre se presta a mis requisitos culinarios -que derivan de la dieta blanda a la fritura y el gazpacho- y mis hermanos se encargan de actualizarme sobre el mundo exterior. Con el baño al tercer día en las aguas del Mediterráneo, empiezo a considerar cierto reajuste. Digo cierto, porque el proceso acontece sin prisas, a un ritmo siempre pausado, y en función de mi memoria, que es, cuanto menos, caprichosa y resbaladiza.

Así, por ejemplo, las temperaturas me agarran desprevenido. Han sido varios los veranos fuera, muchos aseguran que este está pegando con ganas pero, joder, no recordaba un calor así: ralentiza los movimientos, entontece a la mente y obliga a la siesta o desvela a su antojo, entre charcos de sudor.

También mis oídos deben acostumbrarse al griterío natural con el que la gente dialoga. Y para colmo cometo la insensatez de adentrarme en el centro en plena feria de Agosto: esa orgía de lunares y peineta, vino Cartojal, meadas en la calle -yo también colaboro-, porros y buitreo descarnado. Demasiado intenso. Resuelvo retroceder como un cangrejo.

De hecho, el chico que me había traído en coche desde Madrid lo reconocía. Viajaba a Málaga a visitar a la familia de su padre y aseguraba que le encantaba el clima, el pescaíto, la playa:

– Pero ese plante chulo de la gente -decía-, esa costumbre de hablar a voces, de bajar en pijama al supermercado, de sacar cita con la peluquería desde el balcón… Eso ya no me mola tanto.

Yo no supe contradecirlo. En Málaga a menudo se hace una exagerada ostentación de lo vulgar como si cuanto más kinky, más chusma y más delincuente, más orgullosos debiéramos sentirnos. Es tal la identificación que incluso hemos apadrinado la expresión merdellón/a, merdelloneo -de acuerdo con la sabiduría popular, de origen francés y, aunque no exclusiva, sí bastante genuina a nuestra tierra- que hace referencia a lo escandaloso, a los del barrio bajo, al hortera, al busca peleas. Quizá se trate de un mecanismo de defensa contra las adversidades, una estrategia para compensar la inferioridad cultural o simplemente un código sin alevosía ya establecido con el que entablamos relaciones sociales. No tengo la respuesta.

Sí es verdad que esta frescura también me despierta muchas sonrisas. Así, una tarde que pedaleo por la avenida del parque, reconozco a una chica medio oculta que está orinando entre los arbustos. Otro chaval se ha percatado y, sorprendido, se detiene, puede que a espiarla. La muchacha termina, se incorpora, se ajusta las bragas y le suelta:

– Anda, esto no lo veh tú toh loh día, ¿eh?

Y santas pascuas.

Me pregunto si esta escena podría repetirse en un país nórdico. En Suecia. En Noruega. En Alemania. En una peli de Haneke. Frau Mücke subiéndose los cucos y gritándole a Herr Schmidt:

Das siehst du nicht jeden Tag, oder?

Pienso que hay algo inocuo en nuestra espontaneidad. Completamente sin pretensiones.

Más allá del descalabro de la feria, me mantengo a mi paso, expandiendo paulatinamente la zona de confort. Está mi infantil dormitorio con las cortinas de Bart Simpson, las estanterías repletas de libros, muñecos y fotos; está Pepa del otro lado del lavadero, que le operaron de la pierna por Navidades y anda con trabas, su cocina siempre aromática y diligente; está mi calle, la panadería; está Antonio, el jardinero; el barrio, la biblioteca, la rotonda, Rafa de la peluquería, los vecinos con sus preguntas:

– ¿Qué? ¿Ya estás por aquí?

– ¿Pero tú por dónde andabas?

Algunos me envían a la India, a Tailandia, a Argentina. ¿Y cuántos días traes? o Ya te quedarás, ¿verdad?, que se ponga tu madre contenta. Si explico que exploraba Latinoamérica, hay quien me observa con cara horrorizada, tan pobre y vergonzosa imagen se posee de ciertos países transatlánticos. Prefiero ahorrarme los detalles. Otros sin embargo tienen algún amigo mochilero, han leído mis historias o les pica la curiosidad astrológica y de pronto charlo con ellos más de lo que hubiera hecho en todos nuestros previos encuentros. La chiquillería  ha conquistado los jardines. Satisface comprobar que, por esta vez, son más los que nacen que los que mueren.

– Hinchándote a ver mundo -me dice otro vecino en el supermercado.

Es un chaval de mi edad. Empuja el carrito de la compra cargado de víveres, acompañado de su esposa y el menor de sus hijos. Tiene tres en total.

– Lo tuyo también es aventura -le respondo.

Paseo con mi madre a menudo, visito un nostálgico parque de atracciones con mi sobrino, una casa vacía sin la abuela, a una tía desmemoriada en el asilo; luego llegan mis otras tías, fantásticas, mis primillos, ya hechos y derechos. Y respetando este orden, por fin, los amigos, que, a través de facebook o de cercanos, no han cesado de bombardearme, tenaces, a pesar del descaro con el que paso de ellos.

Cada tarde, de manera ineludible, monto en bici y bajo hasta la playa. Alcanzo el paseo marítimo de la Malagueta; a veces, el de la Misericordia -las dos playas urbanas de Málaga-, o incluso pedaleo por ambas. También adelanto los Baños del Carmen, que no han perdido ni un instante de su poesía, para continuar por la vereda de las playas de Pedregalejo y el Palo con sus barcas humeantes, brasas rojizas y espetos. Cuando el sol desciende, las luces del puerto se transfiguran y el paseo se embellece: salen los deportistas, los caminantes, gente que pasea a sus mascotas, que escudriña los móviles, que pesca o toma fotografías. Hay más tatuajes, más carril bici, más culto a la imagen o interés por la salud, mucha más tecnología. Cerca de la Plaza de la Marina han colocado una noria gigante que atrae a locales y a los incesantes turistas. También han inaugurado un museo de arte moderno, el Pompidou, cual sucursal parisina. Y, al parecer, ya funciona el metro, que todos critican y nadie usa. Desconozco la mayoría de restaurantes y locales nuevos del centro, me sorprenden los pasajes peatonales, siempre tropiezo con algún colega. Unos carteles junto a la Alcazaba anuncian un festival de cine clásico.

En casa siempre ceno tarde, una costumbre firme, no importa el país que cruce. Fuera huele con intensidad a jazmín y a dama de noche. A veces, fantaseo con que la humanidad es una gran familia y el planeta un generoso y único hogar, pero también me cuestiono si la felicidad puede brillar en su máximo apogeo cuando uno se siente desterrado o alberga rencores hacia su lugar de origen. Como si una relación amorosa o, cuanto menos, neutral con cada personal punto de partida resultara indispensable para el sosiego del alma.

– Obligados a hacer las paces -sentencio.

En una ocasión bajo a la esquina a deshacerme de unas bolsas de reciclaje y me encuentro con una anciana menuda. La saludo de manera general y amable:

– Hola, vecina.

La mujer me devuelve el gesto pero permanece perpleja, detenida en sus pensamientos, escarba.

– Tú eres Emilio, ¿verdad? -me pregunta.

Asiento. Me explica que es madre de dos niños que iban conmigo al colegio cuando éramos pequeños.

– ¿Has venido por unos días? -me dice.

– Así es.

No la recuerdo. No los recuerdo. Pero también me alegro mucho de verla.

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