Con otros ojos. Foto de la artista Lisa Kristine.

Con otros ojos


Los meses que viví en la Crellerstrasse, pagué el alquiler haciendo extras de camarero. Me la pasaba pedaleando de hotel a hotel bajo un impermeable gigante. Siempre tenía en la mochila una camisa blanca y la pajarita de repuesto.

Había llegado a Berlín a finales de verano, me había gastado los ahorros y mudado en dos ocasiones. Mi nueva compañera cerraba todo con pestillo. Prohibía las visitas. Escondía el teléfono y el mando del televisor. Yo no la soportaba. Tampoco aguantaba aquel trabajo de camarero ni la oscuridad de los días conforme avanzaba el otoño.

Si a la mañana siguiente tenía libre, salía de marcha solo, por Kotti, a tragar humo y cerveza. No soy bebedor experto así que lo normal era agarrarme la cogorza. Una madrugada, en una rotonda, me pegué una hostia inolvidable con la bici. Otra, no sé si más o menos borracho, acabé enrollándome en un bar con un italiano malabarista.

El chico intentaba atravesar Europa en autostop, bailaba las mazas y hacía couchsurfing cerca de donde yo vivía. Al menos, eso suponíamos cuando luego se montó en la parte trasera de mi bici. Era un chaval huesudo; yo no sentía frío, así que pedaleé contento.

A mitad del trayecto me propuso un desvío:

– Subamos el Viktoriapark.

Clareaba lentamente y no había nubes. Agarré la calle indicada y pasadas unas casas surgieron árboles, senderos que subían y una pequeña cascada. Desconocía aquel lugar.

Aparqué la bici. Seguí al italiano por uno de los caminos empapados de hojas. A nuestro alrededor, sobre la hierba, flotaba una capa de niebla. No se veía a nadie y, quizá por el alcohol, me pareció que el sendero no se terminaría. Pero aparecimos en un claro. Delante se alzaba una escalinata hasta un monumento puntiagudo.

Mi amante, al que jamás volví a ver, continuó subiendo. Yo tuve que detenerme para controlar las arcadas. Casi tropiezo con el primer escalón.

*

A mi madre le encanta el Victoriapark. Cada vez que viene a Berlín me pide que la lleve para disfrutar de las vistas. Entonces, sin tener en cuenta en qué parte de la ciudad nos encontramos, me pregunta:

– ¿Vamos andando o en metro?

Yo opto por tomar aire y finjo que no la he escuchado. Mi padre, que se impacienta menos con ella, se ocupa de sacarla de dudas.

Si contamos esta primavera, ya me han visitado seis veces. Se conocen todas las atracciones principales. O quizá deba decir conocemos, porque a menudo los acompaño: La Puerta de Brandenburgo, la cúpula del Reichstag, las pintadas del Muro, el karaoke de Mauerpark… Hemos admirado los jardines de Postdam, paseado por Rummelsburg, repetido en Tempelhof y el mercado de Maybachufer.

Este año, siguiendo el consejo de mi vecina, visitamos la Isla de los Pavos Reales. Mientras esperábamos el bus hasta la isla, mi madre descubrió una cartera en el suelo. Luego, de regreso en el bus, se encontró otra. La primera era de un argentino. La segunda, abultadísima de billetes, de un alemán.

– ¡Qué le pasa hoy a la gente! -exclamó mi madre.

Al final, ambos tipos recuperaron sus pertenencias.

Cuando tengo mucho trabajo, le anoto a mi padre las instrucciones bien claritas y se marcha con mi madre a explorar la capital. La vez que tuvieron que transbordar en Hauptbanhof la pasaron canutas. En otra ocasión -entonces yo vivía en Prenzlauer Berg-, salieron a cenar y se despistaron caminando por la avenida equivocada. Se les hizo de noche. No conseguían orientarse. Cuentan que un desconocido los animó a subirse a un tranvía. Con gestos les indicó que no pagasen por el billete. Y así mis padres volvieron a mi casa.

*

Mi actual casa es pequeña y luminosa. Muy acogedora. A las visitas se les escapa un Guau, Qué bonito o Cómo mola cuando pasan al espacio único, repleto de macetas y claridad. Llevo aquí cinco años. En Neukölln.

Este mes compré un rulo, pinturas y plásticos. Otra vecina me prestó una escalera enorme porque los techos son altísimos. En dos agotadoras tandas conseguí pintar la vivienda. Sólo de blanco.

Aproveché para limpiar, ordenar y tirar cosas. De hecho, moviendo muebles, destrocé una librería y tuve que deshacerme de ella. También golpeé en un descuido el lavabo del baño y casi acabé de descolgarlo. Los de la inmobiliaria aseguran que lo repararán pronto. Entre tanto, un cartelito advierte a los invitados del peligro de desprendimiento.

Más allá de mi balcón, la calle también ha pasado por reformas. Sustituyeron los adoquines por pavimento liso y luego lo alinearon a la acera. Colocaron farolas, bancos y postes para asegurar las bicis. Limitaron la zona de aparcamientos. Al fondo, una nueva placita sirve de recreo a los niños y se comunica con la vía vecina por unas escaleras ¡y un ascensor!

Se trata de una calle discreta. Muy tranquila. Entre algunos portales se suceden los negocios. Hay una ferretería, una tienda de informática y una franquiciada que sirve cafés y gofres extraterrestres. También hay una peluquería africana y una academia de idiomas. La mujer del ferretero -la ferretera- acostumbra a salirse de la tienda con su cigarrillo electrónico. El melenudo informático viste con mono azul y cierra los findes. En el escaparate de la peluquera, una pegatina proclama: Gambia has decided.

Al final de la calle a veces encuentro a un viejito sentado en una silla plegable. Bajito, de traje algo sucio, tiene la expresión muy arrugada y severa. Suele leer o manosear folletos publicitarios. Contempla a los transeúntes sin mirarlos. Cuando hace bueno incluso cierra los ojos para tomar el sol. En absoluto parece alemán.

Me despertaba tanta simpatía y curiosidad que me acostumbré a saludarlo. El viejito respondía desganado: apenas movía la cabeza, entornaba los ojos o alzaba un par de dedos. Luego una mañana me detuve ante su silla y me presenté, le pregunté quién era. No pude entender su nombre. Tenía un alemán muy forzado. Me dijo que venía de Armenia y que llevaba en Berlín cuarenta años. Me pareció comprender que su hija vivía en uno de los portales de la calle. Al final, no me atreví a seguir preguntando. Sólo que me quedé unos instantes a su lado, disfrutando el solecito.

***

La entrada principal al Viktoriapark, la de la cascada, se encuentra en la Kreuzbergstrasse. El parque también tiene acceso por la  Katzbachstsr., la Duldenstr. y la Methfesselstr. Con 66 metros de altura se le considera la elevación natural más alta de Berlín.

Mis padres estuvieron de vacaciones en Almería. Mi madre me envió varias panorámicas desde la habitación del hotel. Se veía la piscina, las hamacas y las montañas al fondo. También me envió fotos en la playa, a la que supongo que irían en autobús o a pie.

Me gustaría ser más preciso: no llevo cinco años en esta casa. Resultó que, al tiempo de mudarme, me fui de viaje a Latinoamérica, y luego a España. Pasé dos años fuera. No me defino como un nómada pero puede que entienda el hogar desde una perspectiva más flexible y transitoria.

El viejito del final de la calle tiene los ojos brillantes y oscuros. Sigue respondiendo a mis saludos sin demasiado interés.

 

 

 

(Foto de la artista Lisa Kristine)

 

 

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¡Participando aprendemos todos!

2 ideas sobre “Con otros ojos

  • Anabel

    Hola, Emilio. Te llevo siguiendo desde hace unos meses. Me encantan muchísimo los artículos y sobre todo esa forma que tienes de escribir. ¡Destilas muchísimo talento! Yo también vivo en Berlín y quisiera preguntarte si conoces o participas en algún grupo literario 😉 O si te formaste de alguna manera. Quizás me puedes orientar al respecto.

    ¡Muchísimas gracias! Recibe desde Tempelhof los saludos de una extremeña. Ana B.

    • Mochilastrológica Autor

      ¿Qué tal, Anabel? Muchísimas gracias por tus palabras. Intento escribir cada artículo con mucho cariño y atención. Así que Danke, danke.

      Sí que te puedo orientar y contarte cositas interesantes sobre el tema / escena literario aquí en Berlín. Escríbeme por facebook (Mochila Astrológica) o un email a info@mochilastrologica.com. Ahí te explico todo y respondo a tus dudas.

      Muchas gracias de nuevo. Abrazo de regreso desde Neukölln.