Bangkok y otras pequeñas cosas


Y de pronto los recuerdos empiezan a aflorar descontrolados. Puede que se deba a lo poco que he dormido en los días previos: asuntos múltiples por resolver, la habitual agitación que precede a los viajes, mi vecino y sus ruidos. También podría ser el avión. Dicen que la altura modifica la composición molecular del cerebro y eso explicaría este desorden de imágenes y sensaciones que me aturulla.

Vuelo a Bangkok. ¿O podría decir Vuelvo a Bangkok? Me despedí por última vez del país hace ocho años y creía haber olvidado casi todas mis experiencias tailandesas. Sin embargo, aquí me encuentro, en el asiento del avión, incapaz de elegir entre las pelis que ofrecen durante el trayecto. Todo porque acabo de recordar que en mi primer viaje escogí Los cuatro fantásticos. Y después me emocioné con La vida en Rosa. Y más tarde me aburrí con Zodiac. Una memoria tan cristalina que paraliza.

Es tal el desconcierto que para cuando aterrizo en la capital apenas he pegado ojo. Cruzo el control, recojo mi mochila y, en el baño, cambio mi atuendo berlinés por prendas que no compitan con la temperatura. Mi anfitrión de couchsurfing no estará en su casa hasta la tarde así que me sobra el tiempo para vagabundear. Bankok es gigante, el calor aprieta y siento que me muero de sueño. ¿A dónde ir mientras tanto? No lo dudo. Me monto en una apretada minivan. Rumbo a Khao San Road.

El barrio mochilero se encuentra al oeste de la ciudad, muy cerca del río Chao Phraya. Lo conforman las calles Khao San -que significa arroz crudo en tai- y la calle Rambuttri, además de sus decenas de callejuelas adyacentes. Es una especie de “Torremolinos sin playa”, repleto de bares, hoteles, estudios de tatuaje y puestos de comida y ropa. Para todos los gustos, aunque sobre todo para el mochilero. Al caer la tarde, sus letreros de neón se iluminan. Se llena de música, vendedores y el humillo de las cocinas ambulantes. El lugar es tan absurdo, pintoresco y autosuficiente que incluso se organizan tours para visitarlo.

Tardamos más de una hora en llegar. Todavía no hay tantos turistas. Me aparto por una callejuela y encuentro varias casitas de espíritus. Son los San Phra Phum, templos diminutos con ofrendas de flores, frutas y velas para apaciguar a los espíritus, desplazados durante la construcción de cualquier vivienda.

Me detengo ante las mesas de plástico de un puesto de comida y ordeno Pad Thai, un clásico de la comida tailandesa: fideos de arroz salteado con mucha salsa, cacahuetes y picante. El tendero me atiende en inglés, incluso el menú ya viene traducido, pero me apetece refrescar mis escasos conocimientos. Aroe significa sabroso, Kai es huevo y Nam agua. Nit noy significa un poco y Kop kun krap gracias. El tailandés cuenta con cuarenta y cuatro consonantes, quince vocales y cinco tonos. Una lengua muy jodida.

Más tarde uso el baño de un MacDonalds, deambulo aletargado y me pierdo detrás de unos edificios. Me doy cuenta que voy buscando el hostal donde me hospedé varias veces. Donde dormí mi primera noche, borracho e impresionado; donde después metía a los colegas a hurtadillas y donde enseñé a Eugene, un viejito francocanadiense, a usar hotmail y navegar por internet.

Lo encuentro. Tan oculto como la primera vez. Al final del callejón. El sitio no ha cambiado: ahí sigue la fuente del patio, las mesas de piedra con diseño de ajedrez, los viejos ordenadores y la máquina del agua. Hasta recuerdo la cara diminuta y estática del propietario que se ha incorporado de su sopor y se acerca:
– Lo siento -me disculpo, haciendo un gesto con las manos-. Es que me alojé aquí hace mucho tiempo y tengo buenas memorias de este lugar.
El hombre asiente con la cabeza, pero no dice nada.

Chavela Vargas cantaba algo así como que uno vuelve a esos lugares donde se ha amado la vida. Ese parece mi caso, que sigo caminando, la mochila a cuestas, los sentidos muy alerta. Confirmando mis buenos recuerdos.

Desando Khao San, doblo por Rambuttri y localizo la cafetería donde invité a un birmano a cenar; un muchacho que me dio los primeros consejos antes de visitar Myanmar. No doy con el estudio donde me cubrí un tatuaje ni la fabulosa librería de segunda mano pero sí el pequeño ring de muay thai al que me asomaba en las mañanas. Vuelvo a ver las camisetas con logos cerveceros,  los turistas descalzos, los alacranes fritos y las vendedoras de ranitas talladas.

Pido un un café. Me regalo un masaje. El muchacho me cruje la espalda mientras la masajista compañera aprieta el culo del vecino sin dejar de sonreírme. Usan un estilo de masaje propio de la escuela del sur, más agresivo, dinámico y estimulante que el del norte del país. Se puede aprender no muy lejos, en Wat Pho o el Templo del Buda reclinado. Hace años lo visité con Jenni, una alemana fisioterapeuta, y Geos, un griego cuarentón y putero que dominaba el idioma tailandés.

Tras el masaje, en un puesto, me abren a machetazos un coco fresco, delicioso, colmado de agua hasta los bordes. Me encuentro más espabilado. Ansioso. Abro el mapa de la metrópolis. Tengo que llegar al otro lado de la ciudad. La red de transportes de Bangkok se asemeja a una madeja galáctica: el Skytrain, el metro, el barco, la colorida flota de buses y por supuesto los incontables taxis, motos y tuktuks. No faltan las opciones.

Decido empezar con el barco. A fin de cuentas, tengo tiempo. El paseo por el río es hermoso. No se cabe de turistas y locales. Le hago espacio a un monje adolescente y a su bolsa naranja y me aprieto contra la barandilla para disfrutar de las vistas. El color del agua se funde con el cielo: azul, gris y contaminación. De un lado queda el Gran Palacio, el muelle hacia Chinatown; del otro el templo Wat Arun. En uno de aquellos trayectos cortos, de orilla a orilla, conocí a un presdigitador italiano. Entre sus dedos giraba una enorme moneda dorada.
– No te fíes sólo de tus sentidos -me decía.
Y de pronto la moneda se esfumaba. Dejabas de verla. Por unos instantes.

Junto al resto de pasajeros desciendo en la última parada y conecto con la línea Silom del Sky Train o tren elevado. He de apretujarme más entre gentes pequeñitas que doblan el cuello sobre sus teléfonos móviles. Quien habla, lo hace muy bajo. El aire acondicionado pega gélido, sin respeto hacia las gargantas. Y aunque vuelvo a sentirme cansado, la memoria me anima a seguir explorando. Me bajo en Sala Daeng.

Queda cerca de las calles de Silom y el famoso Pat Phong. Junto con Soi Cowboy y Nana Plaza, Phat Pong conforma el núcleo de ocio de la capital. Cuenta con un importante mercado nocturno cargado de artillería sexual. No faltan los locales de música en directo, gogós y ping-pong shows. La zona idónea para “un final feliz”.

Todavía es temprano pero ya me acosan con masajes y servicios especiales. Un conductor me detiene y ofrece asiento en su tuktuk aparcado. Le apetece practicar inglés conmigo. Me cuenta que vive en una pequeña ciudad en la frontera con Laos. Cada dos semanas visita Bangkok para trabajar.
– Aquí se gana mucho más -dice-. Mucho turista. Mucho tailandés rico que sólo quiere gastar.

Compramos sandía en rodajas a un vendedor de fruta. Le pregunto por el lazo negro atado en el brazo. Lo lleva por su hijo que murió un año atrás. Comemos en silencio, nos despedimos. Me aconseja evitar algunos garitos de la zona. Mafia mala, dice.

Deambulo otro poco. Ya empezó a atardecer así que podría regresar al Skytrain para llegar a mi cita con el couchsurfer. Sin embargo continúo hasta el final de la calle, hasta otra esquina conocida. Veo la estatua del rey Rama VI, las fuentes y la entrada a una zona verde. Sólo un ratito más, me digo, y cruzo al parque Lumpini.

El parque se creó en la década de los años veinte, debe su nombre al lugar nepalí donde nació el Buda y, en sus orígenes, quedaba a las afueras de la ciudad. Hoy día constituye un pulmoncito imposible entre tantos rascacielos y polución. Por eso es el lugar preferido de muchos deportistas.

En efecto, en el parque me topo con un grupo descomunal de practicantes de aerobic, todos siguiendo las voces de una muchachita sudada y montada en una tarima. Metros más adelante hay una especie de gimnasio al aire libre. Barras, mancuernas, testosterona y músculo congestionado. Veo otro grupo de aerobic. Corredores de todas las edades. Practicantes de taichí. A un lado reconozco un pequeño palacete donde suelen ofrecer clases de baile. Y el lago.

Me acerco a la orilla. Me deshago de la mochila y me siento bajo un árbol. Varias personas navegan el lago en embarcaciones con forma de cisne.  Yo también he montado en ellas. Fue durante el cumpleaños de un Héctor, en su último día antes de dejar la ciudad.

Me acuesto sobre la hierba hasta quedar tumbado. Aquí en Lumpini también pasé una mañana etílica, esperando para recoger una visa especial a Laos. En una ocasión vi los famosos lagartos del parque. En otra unos jóvenes me entrevistaron para su proyecto de instituto. Y varias veces contemplé contemplé cómo todos los presentes se detenían y cantaban patrióticos el himno nacional.

Pero ya ha oscurecido. El himno se canta cada día a las seis de la tarde. Creo. No estoy tan seguro. Vuelvo a tener sueño sueño y los párpados me pesan. Poco a poco permito que mis ojos se cierren.

Y entonces, cansado de recordar, por fin me duermo.
 

 

 

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