Yo uso aceite de coco, ¿y tú?


Ya es la tercera o cuarta vez que alguien viene de visita a casa y me lo pregunta:

– ¿Qué hace el aceite de coco en el baño?

Lo más gracioso es que en la cocina tengo otro frasco todavía mayor –hasta exagerado, casi un bote de proteína-, pero siempre pasa desapercibido. Supongo que mis colegas, como buena parte de los mortales, asocian al  producto con la alimentación y encontrarlo en el aseo los desbarata.

Confieso que el aceite de coco es uno de mis compañeros aliados: no sólo en la cocina o en el baño. Lo cargo en la mochila a todas partes si me voy de viaje. Gracias a él he vivido alguna anécdota memorable en Guatemala –véase Livingstone y Río Dulce-, en Cali y en el Df. También me ha causado malentendidos al cruzar fronteras y me ha regalado cierta admiración entre mis anfitriones de la comunidad couchsurfing. Y es que el aceite de coco (y el coco, en sí), son mucho coco. Son lo más.

Para entender esto, solo tenéis que explorar un poco  la red. Vais a encontrar un sinfín de páginas con información muy interesante sobre sus usos y propiedades. Alguna, dedicada en exclusivo al aceite de coco, con estudios científicos, comparativas de marcas, cientos de propuestas para beneficiarnos de su uso. En mi caso, humilde aprendiz, me voy a limitar a explicaros un poco lo que hago con él, que es, en definitiva, el mismo rollo que le cuento a mis colegas.

EN LA COCINA

Para empezar, hay que subrayar que el aceite de coco posee un enorme porcentaje de grasa saturada de la güena, que eleva el HDL –colesterol benigno- y controla el LDL –el colesterol que no queremos. También es rico en los famosos TCM o triglicéridos de cadena media, megafuente de energía para que siempre tengas las pilas cargadas. Por su punto de humeo es ideal para freír y constituye un ingrediente básico en dietas de adelgazamiento gracias a su factor saciante. Ademas, está hasta arriba de antioxidantes y de vitamina E. Vamos, que no tiene desperdicio.

¿Que cómo lo uso? Ahora mismo os lo cuento:

  • En el café. Cada mañana, con los ojos llenos de legañas, hundo en el café una buena cucharadita de aceite. Normalmente, está solidificado, pero se deshace en seguida.
  • Smoothies / yogurts a lo free-style. Y es que el coco le da ese punto dulce y elegante. Plátano, avellanas, un poquito de canela, cacao y una cucharada de coco y tienes el batido de tu vida. Ya no hay quién nos pare.
  • Para freír. Lo que queráis, aunque yo que frío poco, lo uso en pequeñas cantidades y sólo en la sartén. La imagen de una freidora humeante y rebosando de jureles y boquerones todavía me cuesta.
  • Como antojo. Del bote y porque me da la gana. Pero es que soy un adicto al coco. Abro el frasco, hinco la cuchara y ñam ñam.

EN EL BAÑO (esto se pone interesante… )

Bueno, ya hemos mencionado la vitamina E –necesaria para nuestra piel y muy presente en el aceite de coco, lo que lo convierte en un cosmético natural. De entre sus ácidos grasos destacamos el ácido láurico, que actúa como bactericida y nos puede ayudar a matar virus, eliminar y controlar hongos e infecciones.

¿Pero qué hago con el?

  • Es mi pasta de dientes. Lo mezclo con un poquito de bicarbonato y voilà, se acabó Colgate, ciao Profidén.
  • Hago enjuagues para fortalecer las encías. Esta técnica ayurvédica –el  kavala gandoosha– conocida en inglés como oil pulling, consiste en tomar un poco de aceite de coco y paseártelo por entre los dientes, procurando no hacer gárgaras ni tragar y escupiendo el mejunje al final. Desaniman un poco los veinte minutos que dura el ejercicio y apenas lo realizo una vez una semana, pero lo recomiendo si queréis mantener una buena salud bucal o mejorarla De hecho, podéis probar con otros aceites pero se recomienda el de coco por su carácter antibacteriano.
  • Lo uso como crema facial, no sólo hidratante, sino también protectora solar. Otras veces, pues me gusta variar, acudo al aceite de argán o a la manteca de karité.
  • Y también como mascarilla del pelo. Directo a la cabeza, suaviza y desenreda. Y es que yo hago con mi pelo lo que quiero.

Reconocedlo: ¿A que es genial? Un producto. Mil utilidades.

Por supuesto que esto son sólo apenas unos pocos de sus usos. Existen recetas para adelgazar, combinados para deportistas profesionales, trucos para el ayuno y recetas detox. Algunos foros recomiendan su uso contra la candiadasis, los ojos de gallo y problemas de la piel como el acné y la soriasis. También se habla del efecto terapéutico en enfermos de Alzheimer, epilepsia y tiroidismo.  La lista es larga

A mi personalmente me gusta definir el aceite de coco como alimento para el cerebro –y es que nuestro cerebro se pone bien contento cuando le damos este tipo de grasas.

¿Cuál comprar?

Pues en casa, como ya sabéis, tengo dos. El de la cocina es más caro, prensado en frío, orgánico, bio y esas cosas. Comprado en tienda pija y que sabe bien rico a coco. Es el que uso sobre todo para el café, los yogures o para cualquier receta a la que le quiera dar ese puntito.

El del baño es un poquito más económico, prensado en frío, nada de bio ni esas chorradas e insípido. Lo compro en el mercado turco. A veces me lo llevo a la cocina y lo uso para freír y no dar sabor.

Os recomiendo empezar con uno prensado en frío. No hace falta que sea bio ni orgánico ni zen ni budista, pero procurad que sea aceite de coco virgen. Sobre los usos, aparte de los indicados, investigad por vuestra cuenta y, si os apetece comentar, mejor que mejor. En definitiva, el coco es una gozada: y nada mejor que una palmera cocotera para ponernos hasta arriba de su agüita y de su carne  (aunque los europeos lo tenemos más jodido que los de otras latitudes). Asi que ya sabéis: probad el aceite el aceite de coco, ¡experimentad por vosotros mismos!

Yo no me desprendo de él y, además, he enganchado a su uso a mis padres y a varios colegas.

¿Y vosotros, qué? ¿Os animáis? ¿Os atrevéis a probarlo?

Dedicado a mi Robotita, amiga del alma y del coco. Y os dejo con este tema para bailarlo entre palmeras.

 

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