¿Y tú cómo cagas? En busca de la mierda perfecta


Entró el calorcito en Berlín y ya se me atropellan las visitas, dispuestas a disfrutar de la capital sin el engorro del abrigo y la bufanda. Si es que el verano en Berlín mola y esto de tener a gente en casa se ha convertido en un clásico de la estación. Siempre aparecen caras nuevas y no faltan las que, incansables, cada año repiten. Como vivo en un apartamento discreto, nos toca compartir sofá, balcón, la cama, y, por supuesto, la taza del váter. Son visitas queridas, visitas de confianza, y la mierda puede ser otro tópico del que conversar, entre temas mucho menos livianos.

Durante la estancia, cada uno de mis invitados se aproxima al baño con un estilo único: los hay que se acompañan de una revista, quienes se amparan en la complicidad del cigarrillo, aquellos que tras la sentada declaran el aseo siniestro y los que regresan a su tierra sin haber soltado lastre. En mi caso, que cago en campo y playa, en sótano, buhardilla y palacete ajeno, me sorprenden y sobre todo entristecen las dificultades e incongruencias de mis queridos para poder dar de vientre.

En mi opinión, un cagar óptimo tiene mucho que aportar a nuestro bienestar. Además, con Mochila Astrológica aspiramos a que la gente sea más feliz. Así que por mis queridos amigos y por esos fieles mochileros, que no dejan de leerme, por vosotros va, este artículo de mierda.

El análisis del zurullo: un clásico en medicina

Fue gracias a Hipócrates y sus aforismos que en la Grecia clásica comenzaron a apreciarse las heces como método de diagnóstico. En China, los médicos tradicionales basaban el análisis en la intensidad del pulso sanguíneo, los movimientos de la lengua y el tipo de deposiciones. También la sabiduría popular ha sabido otorgarle a la caca el puesto que se merece: las madres deducen los trastornos y deseos del bebé según la boñiga que pone. El color de la mierda, su olor,  tamaño, consistencia, así como la frecuencia con que visitamos el váter, revelan mucho de nuestra salud general y, sobre todo, de nuestro sistema digestivo.

De hecho, en algunos círculos, al intestino se le conoce como el segundo cerebro: produce alrededor del 90 % de la serotonina en el cuerpo, protege al organismo frente a agentes patógenos y se encarga de procesar y desechar aquella parte del alimento que ya no sirve. Una mierda muy pestosa puede indicar pancreatitis. Otra de forma muy estrecha, colon irritable. A los bebés, con la fiebre o al salirle los dientes, les cambia la textura de la caca. Y entre adultos, cuando algo nos asusta o pone muy nerviosos, decimos que nos cagamos de miedo.

En 1997 Heaton y Lewis crearon la Escala de Heces de Bristol, una tablita muy visual y fácil de entender para que todo el mundo supiera si cagaba o no en condiciones. Basándose en la velocidad del tránsito, la tabla clasifica los mojones en siete tipos, siendo el tipo 1 el tránsito más demorado –es decir, la comida pasa demasiado tiempo en nuestro interior- y el tipo 7 el más rápido –cuando apenas pegamos un bocado y ya nos cagamos vivos.

 

La tablita, de fácil uso y transporte

De acuerdo con la clasificación, si tu truño coincide con el de tipo 3 o, mejor aún, con el tipo 4, has cagado la mierda perfecta. ¡Felicidades!

La simplicidad de la Escala de Heces de Bristol ha popularizado su uso, que se incluye en la evaluación de pacientes de VIH, colon irritable y la enfermedad de Crohn. El consenso es mundial: en todo el planeta se caga de la misma manera. No importa cuántos goles metas ni lo bien que cantes. Tampoco lo mucho que ganes en youtube ni que tus fans en instagram te adoren: seguro que cagas una de estas piezas.

¿Diseñados para cagar sentados? ¡Y un mojón!

De un análisis básico de la tabla -que os aconsejo que descarguéis y tengáis a mano para un veredicto íntimo y con los colegas- resulta fácil asociar la caca tipo 1 con el estreñimiento mientras que a la caca tipo 7 le correspondería  la diarrea. En medicina, se habla de estreñimiento y diarrea agudos si atacan sólo de manera puntual. Cuando nos pasamos media vida sin poder cagar o, al contrario, continuamente se nos cae la mierda, tenemos un problema crónico. Al menos, un 15 % de la población mundial sufre de estreñimiento crónico, afectando en mayor medida a las mujeres. Factores como una alimentación inadecuada, la falta de ejercicio y, sobre todo, el estrés parecen estar relacionados de manera directa con el mal.

Los remedios contra el estreñimiento abundan: además del cigarrillo y el café matutino, los trucos remiten a semillas de linaza, ciruelas, kiwis en ayunas y agua templada con limón. Todo para que la mierda salga. Sin embargo, nadie se preocupa de la postura que adoptamos al cagar, un factor importantísimo y que, al menos en Occidente, no aprovechamos demasiado bien.

Eso de sentarnos en el váter puede ser bastante contraproducente e incluso antinatural.  Citemos al padre de la gastroenterología moderna, Henry L. Bockus. Allá por los años setenta, afirmaba que “La postura ideal para defecar es la posición de cuclillas, con los muslos flexionados sobre el abdomen. De esta manera disminuye la capacidad de la cavidad abdominal y aumenta la presión intraabdominal, que favorece la expulsión”.

Con otras palabras lo han corroborado el nutricionista Frederi Saldmann y el holístico Daniel Reid. Coinciden en que hay que cagar de cuclillas. A las mismas conclusiones han llegado el médico israelita Dov Sikirov así como la Stanford University’s Pelvic Floor Clinic, que recomienda la sentadilla para una buena cagada.

No se trata de un juicio caprichoso. El sentarnos provoca una tensión sobre el músculo puborrectal que dificulta la salida de la caca. Aparte de ponérnoslo difícil, tardamos más y nos obligamos a ejercer una presión que puede causar fisuras anales, hemorragias y ponernos las almorranas al rojo vivo.

 

Comparativa entre la postura sentada y en cuclillas: tu músculo puborrectal sale ganando

Dice Reid: “Al acuclillarse, el colon se alinea naturalmente con el recto y el ano, que se abre por completo, sin esfuerzo alguno”. Y añade: “Debido a la plena apertura de las nalgas, la posición acuclillada resulta también mucho más limpia que la sentada, cosa que le permitirá ahorrar dinero en papel higiénico”. Interesante, ¿verdad?

Historia de la taza del váter: la culpa la tienen los griegos… o no

Puede que aún no te convenza la idea. Imagínate que fuiste a casa de tus suegros a cenar. Estos han preparado una comida deliciosa, picante y pesada. Después del banquete, comienzan los retortijones, así que con una sonrisa te disculpas y encierras en ese baño impoluto. De un salto, te equilibras, cual urraca, en el filo del inodoro y, sin haberte dado cuenta, ya soltaste la tostada.

En realidad, tampoco sería tan raro… ni tan difícil. Si viajaste por el mundo –pongamos la India, el sureste Asiático y buena parte de Africa- habrás comprobado que allí nadie se sienta para cagar y que lo que se comparte por aseo es un boquete donde todos se acuclillan.

Los orígenes del inodoro –del retrete, del váter, de la poceta, del escusado- se lo disputan los cretenses y la civilización de Harappa (esta, perteneciente a la cultura del valle del Indo). Entre el 2500 y el 2000 a.C. nuestros antepasados griegos y pakistaníes ya habían ideado una taza de váter con sistema de drenaje. Existe evidencia arqueológica que confirma el cagar sentado en civilizaciones romanas y egipcias. Sin embargo, la costumbre cayó en el olvido entre el siglo V y el XV.

No es hasta 1589 que el inglés John Harrington fabrica el primer inodoro con cisterna: dos tronos, para él y su madrina, la reina Isabel I de Inglaterra. Más tarde, con los avances en fontanería de Alexander Cummings, el uso del retrete se fue propagando. Al principio, el váter, como el iphone, era un artículo de lujo. Hoy día no hay familia europea que no tenga uno en casa. A veces, puede que más.

En cada país se aprecian variaciones en el modelo de excusado. El retrete tradicional germano, a diferencia del español, cuenta con un escaloncito, que descentra el agujero de canalización.  Esto te permite, una vez incorporado para limpiarte el culo –si eres de los que se levanta-, darte casi de bruces con un primerísimo plano de la tostada. Fresquita y reluciente. Para que no se te olvide. Algunos prefieren no mirar. Y es que los alemanes sí tienen su sentido del humor.

Una revolución de mierda

Como consecuencia de este estado general de urgencia llamado siglo XXI, donde todo se quiere para ayer y, si no corres ni apareces conectado, parece que tu vida se desmorona, son cada vez más y más las personas que se preocupan por su salud. Nada como una buena caca para sentirnos fit.

Empresas como http://www.squattypotty.com/ (por favor, no os perdáis su publicidad con el unicornio cagando) ya comercializan banquitos  para conseguir esa postura ideal y saludable en el retrete. Los gringos venden sus modelos en plástico, acabado de teca y hasta en bambú. Disponen de un banquito hinchable y transportable y de complementos para la cagada, como sprays perfumados y una alcachofita analógica para enjuagarte el culo.

Con un poco de imaginación, ya tienes tu banquito en casa

Tampoco hace falta enredarse demasiado. Queridos lectores mochileros, con la ayuda de unos libros o revistas, el cojín para meditar o un par de ollas exprés, ya puedes alcanzar tu propia postura en cuclillas. En mi baño, el borde del plato de ducha sirve como apoyo ideal para reposar los pies. Aquellos mochileros más diestros en el bricolaje, se pueden animar a construir el banquito por sí mismos y, ¿por qué no?, convertirlo en el regalo ideal para Reyes y comuniones.

Es tiempo de revolución, mochileros. Es tiempo de rebelarnos, reclamar nuestros derechos. Unidos podemos.

Por una mierda tipo 4. Por una mierda justa y saludable. Amigo lector, ¡rebélate!

Por una mierda tipo 4, justa y saludable

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