Xilitla surrealista


A diferencia de sus vecinos Jalpan y Pinal de Amoles, en la poética Sierra Gorda, cuyos abundantes pinares apenas disimulan las extremas temperaturas, Xilitla, a sus más de mil metros de altura, mantiene un clima suave y juguetea con la humedad, permitiendo que el café crezca a sus anchas. No debemos olvidar que ya nos encontramos en las laderas de la Sierra Madre Oriental, en plena Huasteca Potosina, y aquello, más que bosque, se siente selva.

Además de su belleza y sosiego natural, Xilitla –que en náhuatl significa lugar de caracoles- posee el que podría considerarse el mayor monumento surrealista del mundo: el Jardín de Edward James, un conjunto escultórico combinado con cascadas y pozas que se extiende a lo largo de treinta y seis hectáreas en la zona. Su creador, genio y excéntrico a partes iguales, bien merece unos apuntes.

Edward James nace en Escocia, en 1907, en el seno de una familia aristócrata multimillonaria. Apadrinado por el propio rey Eduardo VII, su infancia y adolescencia transcurren en el castillo de West Dean (en la actualidad, una reputada escuela de restauración). Ya desde joven se interesa por la poesía y el dibujo y en 1922 gana el prestigioso Geoffrey Gunther Memorial Drawing Prize. Con la mayoría de edad hereda de su padre y su tío, quien no tenía descendencia, una descomunal fortuna. Parte de esta la invertirá en arte, convirtiéndose en un dinámico y generoso mecenas.

Durante su juventud, se sumerge con pasión en las teorías del psicoanálisis y en el movimiento surrealista. Mantiene contacto activo con artistas como Dalí, Magritte y Man Ray (su rostro puede reconocerse en algunas obras de estos), coopera en la producción de la famosa revista Minotaure y en 1939 patrocina parte del Pabellón Surrealista de la Feria Mundial de Nueva York.

Insatisfecho crónico, nihilista pendular, viajero infatigable, en los 40 se traslada a Los Ángeles, donde por entonces, conviven numerosas figuras de las artes. Así conoce a Max Ernst, Henry Moore, Coco Chanel, entre otros; y más adelante, cuando visita México, a Leonora Carrington y Remedios Varo, figuras clave del surrealismo mexicano. Retoma el contacto iniciado en Europa con Luis Buñuel.

En noviembre de 1945, rastreando los orígenes de una orquídea, descubre Xilitla, que parece responder a su canon de belleza y se le antoja hogar idóneo para continuar su producción poética. Adquiere en los lindes de la población una gigantesca parcela e inicia el cultivo masivo de orquídeas. Así mismo, da cobijo a una colección de animales exóticos que incluye ciervos, ocelotes, tortugas y flamencos. Para entonces se ha enamorado fervorosamente del humilde Plutarco Gastelum, un indio yaqui, empleado en la oficina de telégrafos. Edward llevará a Plutarco de viaje por Europa y Estados Unidos, lo colmará de honores y lujos y costeará su boda con Marina Llamazares. Ambos mantendrán una relación inseparable, ambigua e incluso dolorosa hasta el final de sus días.

En el invierno de 1962, una helada inaudita acaba con quince mil orquídeas y despierta en el poeta la obsesión por crear un jardín escultórico imperecedero, una arquitectura vegetal ajena al tiempo y a la climatología. Perseguirá dicha obsesión ininterrumpidamente durante casi veinte años respaldado por Plutarco y numerosos obreros indígenas.

Yo había alcanzado Xilitla por la tarde, así que la visita al atrevido proyecto debía esperar hasta el día siguiente. Sin embargo, aún me aguardaban otros acontecimientos surrealistas. Al bajar del bus, llamé a mi anfitrión de couchsurfing para saber a dónde dirigirme. Me indicó la dirección de un centro médico. Atravesé las callejuelas mientras los vendedores recogían sus puestos, y seguí las instrucciones que me condujeron abajo por una pronunciada cuesta. En la silenciosa clínica, Poncho me recibió. Su rostro y gestos irradiaban una serenidad admirable para su juventud. Lo acompañaba Tony, un chaval con discapacidad, cuya boca abierta babeaba sin tregua. Poncho quiso disculparse: “Es que su mamá apenas le hace caso y pasa mucho tiempo aquí”. Me mostró el que sería mi cuarto: una sala de hospital con todo su material sanitario. Aparté la cortina, descubriendo la camilla. La almohada era rectangular y algo dura. “Son asépticas”, explicó Poncho. Tony jugueteaba, entre tanto, con la funda de mi ukelele. Aprecié las pulseras de sus brazos. Emitiendo gruñidos, señaló las mías y, con señas, pidió que se las regalara. “Yo hay veces que lo entiendo”, bromeó Poncho, “Otras, me lo invento”.

Salimos los tres a pasear hasta la cercana plaza del pueblo, presidida por el convento de San Agustín, un edificio de la época virreinal que había sobrevivido incendios, expolios y hasta bombardeos. En un lateral de la plaza, brillaba la luz de un restaurante. Entramos. Poncho saludó a Paulina, la propietaria, una jovencita de ojos chispeantes y color de uñas atrevido. Servía un menú variado y original, diferente a las habituales fajitas y quesadillas.

Mientras cenábamos, iba apareciendo gente que se unía a nuestra mesa, bien a comer o a beber una chela. Todos se conocían, aunque ninguno era de allí. Javier venía de Puebla y trabajaba en una planta eléctrica cercana. Gordon y Ella habían viajado desde Guadalajara para un taller de Butoh. Y Solomun, a pesar de su fabuloso gorro vaquero y más de once años en Xilitla, no conseguía remediar su divertido acento de West Virginia.

La madre de Tony por fin respondió al teléfono, pero, cuando apareció, Tony no quería marcharse. En la plaza, los niños bailaban fandango sobre una tarima y Tony se divertía corriendo de un lado a otro.

Estiré la mano hasta el periódico de la mesa vecina “¡¿Cómo?!”, exclamé, “¡Este es el periódico de mañana!”. Como para subrayar mi asombro, comprobé la fecha en el móvil. También la hora: apenas las nueve y media. “Sí”, Paulina me guiñó un ojo, “Es un periódico futurista”.

Más tarde, llegó un australiano, colega de todos y Paulina sirvió mezcal de una enorme garrafa de plástico.

De regreso a la clínica, Poncho me contó que la madre de Tony tenía, además, un hijo con epilepsia y otro esquizofrénico. Las ayudas sociales no resultaban fáciles y Tony prefería saltarse la escuela y pasar la mayor parte del tiempo en la calle. Últimamente también acudía el centro médico, buscando juego y compañía. Cuando pregunté a Poncho si disfrutaba sus prácticas de medicina en Xilitla, me devolvió un rotundo Sí. Desde que se instalase, añadió, había vencido el insomnio y recuperado el sueño placentero. Inspiré atentamente: la noche olía a flores. *

A la mañana siguiente, el trajín de enfermeras al otro lado de la pared me despertó de la camilla. No tardé en prepararme. Atravesé la concurrida sala de espera bajo la mirada curiosa de los pacientes, campesinos arrugados de ropas humildes, y partí entusiasmado por la carretera hacia el Jardín Escultórico.

El lugar es excepcional, un Gaudí decadente fusionado con Escher y devorado por la selva. De un lado, un arroyo manipulado para crear musicales cascadas y pozas cristalinas de chapuzón imperdible. Del otro, una ladera repleta de columnas, escalinatas y edificios rocambolescos. Los arcos se contorsionan, las pasarelas sin barrera causan vértigo y los escalones se empeñan en conducir a ninguna parte a través de una vegetación implacable, infestada de mosquitos zumbones.

Se puede explorar el arroyo arriba y disfrutar de la soledad o cruzarlo por un puente de piedras y alcanzar, más allá de una loma, una cabaña encaramada en un árbol con vistas panorámicas del pueblo. O nadar en cualquiera de las piscinas y secarte mansamente sobre una escultura de cemento. Las dimensiones de la obra invitan al juego y a la reflexión. Mi mayor proeza fue perseguir un interminable y apenas perceptible sendero y desembocar en una misteriosa plaza redonda. En el centro, un porche guarecía varias columnas rotas. El escenario evocaba una enigmática pintura de Chirico o un estudiado fotograma de Antonioni.

Luego, en la cafetería, invadido por la curiosidad, me lancé a por los libros de consulta. Necesitaba ponerle rostro a Edward James. Los diversos volúmenes documentaban su biografía con rigurosidad. Incluían fragmentos de su diario, correspondencia con otros artistas, poemas, dibujos, fotos. Atrajo mi atención una imagen del poeta sentado en una de sus estructuras, con un salto de agua de fondo. Sobre su hombro, descansa un papagayo. El artista mira a la cámara sosegado, la pose es majestuosa. A su lado, de pie, desnudo, Plutarco gira levemente la cabeza hacia el objetivo y parece prepararse para otra zambullida. También hallé interesante información sobre el diseño y construcción de la inacabada obra. Un capítulo relataba el encuentro de Edward James, acompañado por Dalí y Stefan Zweig, con un octogenario pero todavía lúcido Sigmund Freud.

Volví a bañarme. Fui de los últimos en abandonar el lugar.

Al regresar a la clínica, Tony me recibió alegremente. Llevaba puesta una bata y del cuello le colgaba un fonendoscopio. “Hoy llegó bien temprano”, me explicó Poncho. “Lo que hago es que lo siento en una silla a mi lado mientras paso consulta. Como todo el pueblo lo conoce, pues no suele haber problema”. *

Retrasé mi partida de Xilitla. Visité el convento. Mandé mi ropa a la lavandería. Planeé una excursión a la Trinidad, una comunidad cercana famosa por su flora, que nunca sucedió. Una tarde, gracias a Solomun, un cocinero reabrió su restaurante para que pudiera cenar. Otra, reparamos la bici de Tony. El último día asistí a un partido de baloncesto entre los aficionados del pueblo. Al salir, ya había oscurecido. Inspiré atentamente. Olía a flores.

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