Urano en tránsito


La otra tarde, en el trayecto en bus de Río Verde a Medellín, mi ipod comenzó a fallar. De pronto, se detenía, apenas iniciada una canción -o en medio, o al final de esta- y me obligaba a recuperarlo, a pulsar en su pantalla táctil el triángulo de play. Una y otra vez, cada vez que le venía en gana; hasta que me arranqué los auriculares, cabreado, se acabó la música, a contemplar el paisaje. Poco después, en Riohacha, reinstalé el software -tan sencillo como conectarme a internet, apretar un botón- y conseguí que se comportara durante mis días en el Cabo de la Vela. Pero ahora, ya no sólo se para, sino que ha aprendido a girar la pantalla y a subir y bajar el volumen a su puñetero antojo: vamos, que se ha vuelto turuleta. Al final, he terminado por desistir y lo he desterrado a un bolsillo de mi macuto, no sin cierto enojo, desesperación, y hasta curiosidad retrospectiva: parece que, desde que inicié mi viaje, mi relación con la tecnología ha atravesado un sinfín de turbulentos baches y algún cariñoso reencuentro, cual novelesca historia de amor.

Digamos que no siempre fue tan tumultuosa: una vez superada la falta de comunicaciones en Cuba, al aterrizar en el Distrito Federal, el mundo internauta se arrodilló a mis pies. Los del trabajo por mi despedida me habían regalado una tableta Samsung y ahora era el momento de desenfundarla. ¡Menudo descubrimiento! En México, el wifi te sale hasta por las orejas y abundan las plazas públicas con conexión gratuita, por lo que las puertas a internet -con sus aplicaciones, falacias y multiuniversos- se abrían de par en par. A través de scrib, podía descargar una colección de libros sin agravar la mochila; con grindr, intercambiaba fluidos y obviaba el derroche de pesos de una discoteca y, mi mayor descubrimiento, consistió en enviar mensajes de audio a todos mis colegas con la gracia de facebook.

Así me recorrí el país – neófito, romántico, ingenuo- enganchado a la red, pendiente de los míos, de aquellos, de los otros, y viceversa. Y no por ello dejaba de visitar algún cíber, pues la tableta tenía sus limitaciones: algunas páginas se demoraban demasiado; otras, ni siquiera funcionaban; o qué decir de redactar un artículo de viaje (una labor penosa que iniciaba en manuscrito, corregía, tecleaba a ordenador, volvía a revisar… abandonado a la suerte de cada negocio, con sus horarios, conexiones, sus teclados duros, bloqueados y/o configurados en otro idioma). Luego en Guanajuato, por ejemplo, el wifi público requería registro, pero un señor me prestó su nombre de usuario y contraseña, y de nuevo me encontraba en línea.

Al final, comencé a aprovechar la conexión para generar ingresos. En la plaza del Expiatorio, en Guadalajara, durante el mercado orgánico del fin de semana, me aventuré a sentarme junto a su fuente central. Extendí una manta que me habían regalado en Berlín, la adorné con un cuarzo, un Ganesha, una baraja -también regalos de allá- y un cartel que rezaba Carta Astral. Se trataba de una lectura rápida, en la que -a través de la tableta- introducía en un sitio los datos de nacimiento del cliente, se calculaba el dibujo del mandala y yo lo interpretaba in situ, respondiendo alguna que otra duda. Sólo realicé tres, ganancias simbólicas que me ventilé en comida vegetariana y en la entrada a la discoteca, pero ya era un inicio.

La iniciativa no funcionó en la costera Vallarta, pero en su vecina, la turbia Sayulita, después de visitar varios negocios, dos tenderas accedieron a un estudio. Luego, al norte, en Mazatlán, Javier, mi couch, me recomendó una plataforma llamada fiverr, donde cualquiera podía vender sus servicios a partir de cinco dólares. La idea quedó en el aire: me dirigía hasta Los Mochis para atravesar en ferrocarril la inolvidable Barranca del Cobre. De Chihuahua aún subiría hasta Nuevo Casas Grandes, a montar a caballo y visitar a dos bonitos amigos. No fue hasta mi regreso al DF -en un único bus de más de veintisiete horas- que me contactaría un nuevo cliente; más tarde, también en Oaxaca, a través de couchsurfing. Los citaba en cualquier café, donde, tableta sobre la mesa, intentábamos desenrollar la madeja astrológica de los respectivos nacimientos.

Hasta que en la mágica Mazunte, el negocio despegó. Repartidos unos carteles entre las tiendas y postes de electricidad, y gracias al boca a boca, el mes se escurrió, veloz y atareado, interpretando casi una carta diaria con ayuda del wifi y la milagrosa tabletita. Para las otras cosas, siempre quedaba el internet-café.

Los contratiempos se iniciaron en cuanto crucé a Guatemala. Internet escaseaba y cobraban una pasta para malconectarte. Con un abrigo rojo puesto, desde un cíber de la montañosa Xela, colgué mi último artículo. Dejé de publicar.

Claro que la idea de financiarme todavía me rondaba la cabeza y la red podía ser un buen medio. En Río Dulce, con poco que hacer excepto relajarme, recuperé la propuesta de Javier y, en dos tandas, en un caluroso negocio primitivo, creé el perfil en fiverr. Ofrecía desde traducciones inversas a lecturas de tarot y cartas astrales. Un día después me llegaban los primeros encargos: un par de tiradas a precio ridículo, pues de los cinco, ganaba cuatro dólares, y, a juzgar por el tiempo que me demoré en teclear el informe, mejor, casi los regalo. Pero la suerte me sonreía: me solicitaron más tiradas, las cartas astrales de dos amigas. La verdadera molestia surgía cuando me tocaba traducir: entonces, desde un dispositivo tan pequeño, aquello se convertía en un absurdo. Mi ilusión por tener trabajo compensaba la precariedad de medios.

En Livingstone, mientras los garífunas aporreaban sus tambores en el cementerio cerca del hostal, se me encendió la bombilla. Octavio, defeño, creativo y locuaz, estaba por hospedar a Natalie, quien regresaba a Latinoamérica de su Alemania natal; los tres habíamos coincidido en Mazunte. Sucedió muy rápido: Octavio contactó a Natalie, que me escribió a mí, y yo a Ana, a Carlos, a Luis. Y unos días antes de partir, la alemana recibía un paquete con mi portátil en su interior.

Parecía que, por fin, iba a poder escribir, traducir y realizar todas las acrobacias internáuticas que se me ocurrieran. Por eso, a punto de expirar mi visa -y con el compromiso de regresar al mes siguiente para trabajar en un hotel- salí de Guatemala y volví a esa explosión de colores llamada México. Después de una semana lluviosa en San Cristóbal, me subí al DF, por cuarta ocasión. Fue un viaje baratísimo y temerario, donde tuvimos que manifestarnos, pues no alcanzábamos nuestro destino, cambiarnos deprisa de vehículo, detenernos para sobornar a un conductor adolescente y arrimarnos a otra flota de buses para evitar atracos nocturnos.

A cada nueva visita, la capital me recibía con mayor devoción. Esta vez me hospedaba un fantástico Mark, cerca de Insurgentes, a un lindo paseo del Zócalo. Mi anfitrión se hallaba inmerso en el estudio de su vida onírica y recopilaba, minucioso, lo soñado cada víspera, a través de relatos e intrigantes ilustraciones.

Unos días tras mi llegada, nervioso e ilusionado, como un pequeño en día de Reyes, me reencontré con Octavio. En efecto, allí tenía a mi preciado Macbook, su funda, su cargador. Mi amigo lo había encendido para comprobar que funcionaba y, al abrirlo, descubrí que el ordenador se había hinchado: el mousepad amenazaba con estallar, no respondía al tacto y la tapa ni siquiera cerraba bien… Los Reyes Magos me habían traído carbón del malo.

Esa misma noche, Mark me rescató de los abismos con objetiva espontaneidad: La batería se ha hinchado. A la mañana siguiente regresó de una tienda Apple con el portátil más ligero: Se la han quitado, Ahora sólo puedes usarlo cuando esté conectado, me explicó, Cada vez que se apague, al encenderlo, deberás reconfigurar la hora y fecha.

Ultimé unas traducciones, visité una exposición de Yayoi Kusama; Bellas Artes -de nuevo, también el Museo Antropológico; junto a Mark, escuché a Almudena Grandes en una conferencia. Su prima se nos unió para la noche de los museos, un sábado discotequero en la Roma y un inolvidable paseo en bicicleta a través de Chapultepec por la celebración de Muertos. Mark me habló del portal medium: Si quieres escribir artículos largos, más literarios, esa es la página. Me convenció.

Volví a San Cristóbal, esta vez, soleado y fresco, donde, tras pasar un día, continuaba mi trayecto rumbo a Guatemala, hasta Antigua. El sábado por la noche descendía en completa oscuridad la ladera que conducía a mi nuevo empleo y hogar. Enfrente, se recortaba la silenciosa silueta de los volcanes.

Dos días después comencé a trabajar. Con un horario preestablecido, sin ajetreos de transbordos, con mi propia habitación y el ordenador encima, por fin ,realmente, iba a poder escribir. Además, la falta de cobertura en mi cuarto garantizaba cierta concentración: vamos, que el premio literario esperaba a la vuelta de la esquina. Cuán equivocado estaba. Apenas una o dos semanas después, el portátil decidió no arrancar: una vez encendido, me mostraba una pantalla blanca eterna.

Incapaz de ver más allá de mis hocicos, con el corazón roto, bajé a la Antigua, a visitar un negocio de ordenadores. Me atendió el dueño, Ernesto, su cabeza enorme y calva, los ojos diminutos, pelusilla por bigote -pura amabilidad y comprensión ante mi histerismo: Haremos lo posible. Unos días después sonaba el móvil: Parece que vamos a tener que formatear, me informó uno de los empleados. Pues si no hay nada que hacer, respondí en un hilo de voz… mi luto se prolongaría por varios milenios. Pero media hora más tarde, me llamaron de nuevo, esta vez, Ernesto: Hemos encontrado un programa que nos permite recuperar la información antes del formateo. Salté de alegría: Dios me amaba y yo prometía no beber más, ni decir palabrotas, ni hurgarme la nariz o el pantalón, muchísimas gracias.

Pasado el fin de semana, mi Macbook regresaba a mi cuartito, donde permanecería enchufado sin pausa por los siguientes meses. Un viejo ordenador comunitario en la ludoteca del hotel y la tableta -durante el horario de wifi- me permitían mantener el contacto con la familia, bromear con los colegas, generar ingresos y publicar artículos.

Para redondear esta tecno-historia de amor, encargué una batería nueva y ecológicamente correcta a través de una página estadounidense, y los papás de una compañera me la trajeron poco antes de mi partida. Durante mi última semana de empleo, mi portátil se paseaba a sus anchas por el hotel, sin cables, ostentando libertad -compartíamos tal felicidad que acabé decorándolo con pegatinas. Además, me llovieron varios clientes, una última oportunidad de ganar dinero antes de atravesar Centroamérica. Mejor imposible.

Y entonces, ironías de la vida, de los romances, fue la tableta. La querida tabletita, la que que me había permitido descubrir el cibermundo y sus posibilidades, la que me había acompañado en eternos e incómodos trayectos, la pionera, la coqueta, la sencilla, simplemente, dejó de encenderse. Esta vez, acudí a Ernesto con una sonrisa que integraba cansancio, broma e impaciencia. El técnico estudió el dispositivo con una lupa: Parece que el puerto de entrada está roto. Te llamo y te cuento para ver si se puede reparar o qué vale la pieza.

Se demoró varios días, no me hice muchas ilusiones. En efecto, cuando me habló, fue para avisarme que no la podían reparar y que el repuesto valía más que un dispositivo nuevo. Me vi tentado de dejarla en el negocio, aunque acabé por abandonarla en el hotel en un arrebato minimalista, mientras preparaba la mochila: ¿para qué viajar con un trasto inservible?, con el ordenador ya me las apañaba. Adiós, bye-bye, arrivederci.

Hasta que, cuando visitaba San Salvador, me contactó Rachel, otra compañera del hotel: We miss you already, Why you left your tablet? Can we have the password? Necesité varios tardes y mensajes para procesar lo sucedido: ¡La tableta funcionaba! Yo ya no daba crédito y me resultaba imposible regresar; ni siquiera me apetecía, tenía que alcanzar Panamá en diez días. Al final, una amiga me pasó un contacto en Bogotá, quien me cedió su dirección, y mi exjefa pudo organizarse para enviar el paquete. Para entonces, yo ya descubría Colombia con el Shato.

De hecho, ya llegó mi tableta, con lo que el regreso a Bogotá y el reencuentro parecen ineludibles. Sin embargo, con el fastidio del ipod, no alcanzo a conectar esta crónica de desamores. Se me ocurren multitud de variables: quizá sufra de malaje tecnológico, me cayó una maldición tártara, egipcia, protestante. Lo mismo el afable Ernesto no tenía ni idea de su trabajo o disfrutaba sádicamente manipulando mis emociones. Los hay quienes afirman que Apple nos estafa vendiendo productos con caducidad predeterminada. Quién sabe. Por no saber, ni siquiera conozco cuándo voy a poder publicar este texto. Un viento derribó unos postes acá en el pueblo donde me encuentro y desde hace varios días estamos virtualmente incomunicados.

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