Un día cualquiera


Mi colega Nibardo me había enviado las instrucciones precisas para llegar desde la Antigua a San Salvador. Me recomendaba madrugar, pues el trayecto incluía diversos transbordos, así que aquella mañana a las seis ya me había preparado para la aventura.

La ilusión de cruzar fronteras después de tres meses establecido compensaba la falta de sueño, el madrugón post-fiesta-de-despedida y la sobreabundancia de equipaje. A la espalda cargaba el macuto, más pesado que nunca; protegida en el pecho, una nueva mochila con el ordenador; y a los lados, el ukelele y una bolsa con comida para el camino. Además, en un bolsillo del pantalón custodiaba el trocito de papel con las indicaciones para alcanzar mi destino.

Después de tomar un colectivo en la aldea de El Hato, en Antigua me subí a unchicken bus que me transportaría hasta la Ciudad de Guatemala. Los chicken -así se les conoce en el argot mochilero- son viejas camionetas escolares de origen canadiense, como la que lleva al cole a Bart y a Lisa Simpson, aunque decoradas con pegatinas horteras, brillantina, exagerados motivos religiosos y peluches. Suelen atestarse de pasajeros y mercancía, se detienen en cualquier kilómetro si el viajero lo requiere y los conducen pilotos sucios y temerarios amantes del reguetón. En uno de estos me desplazaba vertiginosamente carretera abajo, cuando, tras una parada, vino a ocupar el asiento contiguo una linda jovencita de ojos brillantes. Yo daba vueltas entre los dedos al papelito con mis notas: el siguiente paso consistía en descender en el centro comercial Miraflores. Por eso, después que el bus reanudara la carrera, me animé a preguntarle:

– Disculpa, ¿sabes dónde queda el centro comercial Miraflores?

Me miró, curiosa, sus ojos parecían obsidianas:

– Sí, claro -dijo-, pero no abre hasta las diez.

Y luego añadió:

– ¿A dónde va? -los chapines acostumbran a hablar de usted.

– Voy hacia San Salvador -una curva afilada nos obligó a aferrarnos al respaldo- y me han contado que por este lugar pasa otro bus que me lleva hasta la terminal.

La chica reflexionó unos instantes.

– Mire, donde yo me bajo pasan los buses para la terminal, así que si quiere, descienda conmigo y le indico.

Titubeé. Otra maniobra sanguinaria nos apretó contra la ventanilla. Lo último que deseaba era extraviarme y, menos aún, en la Ciudad de Guatemala.

– ¿Seguro?

– Segura.

– ¿Seguro? -repetí.

– Segura.

Se llamaba Dafne y visitaba la capital, donde realizaba sus prácticas de derecho. Aparentaba mayor edad y una chispa de mestizaje la embellecía por completo

– Soy de allá -me explicó- pero nos mudamos a la Antigua. Y aún así, ¿qué cree?, tardo menos en llegar al bufete que desde la capital.

Era la misma historia de siempre: el tráfico de la Ciudad se ha convertido en un infierno. Por no mencionar la falta de seguridad, el miedo generalizado, las prisas, la contaminación. En su tiempo libre, dijo, aprendía alemán. Cuando me hablaba, se sonrojaba, y su timidez reatroalimentaba la mía.

Luego me avisó:

– En esta nos bajamos.

Apartando con los codos, recitando disculpas, conseguí transportar el equipaje y descender del bus: estábamos en plena autopista, cercanos a una pasarela. Vi a Dafne acercarse a unos vendedores ambulantes, regresó:

– La Ruta 85 y la 53, los dos van para la terminal y pasan por acá, cualquiera de ellas. ¿Necesitas quetzales para pagar?

Le contesté que no y di las gracias. Nos despedimos con un abrazo, yo me sentía muy agradecido.

– ¿Te gusta lo dulce? -le pregunté.

– Sí.

Abrí mi bolsa y le ofrecí una magdalena de chocolate.

– Toma, está preparada por las chicas de la aldea donde he vivido.

Nos volvimos a abrazar.

Pocos minutos después pasaba mi ruta. Pude acomodar la mochila a un lado, pero cuando el bus se llenó, la trasladé a mis pantorrillas. El vehículo se movía a trompicones, cambiando de marchas y frenando bruscamente, y nos envolvía a todos los pasajeros en una nube tóxica que se colaba por las ventanillas y las puertas abiertas. A ambos lados, los autos continuaban engordando los numerosos carriles en un paisaje interminable de chapas, retrovisores y alaridos de claxon. Luego pareció que entrábamos en la ciudad, escogimos un desvío. En un inesperado momento alguien gritó Terminal y yo salté alarmado de mi asiento, agarrándolo todo.

– Todavía no -me relajó un pasajero-, más adelante.

Cuando me bajé, pregunté al cobrador:

– ¿Los buses que llevan a la frontera?

El chaval no sabía, pero otro pasajero que acababa de apearse se giró:

– Yo voy en esa dirección -dijo-, sígame.

Era un tipo de unos treinta años con una cartera de imitación de piel. Lucía en una muñeca un descomunal reloj dorado.

– ¿Usted va para allá? -le hablé.

– No, no, pero camino en esa dirección. Mire que los buses para la frontera no salen de la terminal, sino que quedan un poco más afuera.

Doblamos una esquina y, al cruzar, algo más adelante, encontramos la salida de un garaje.

– De aquí parten para San Cristóbal -me indicó.

Extraje mi papelito con las instrucciones y comparé:

– Es que a mí me dijeron de llegar a Las Chinamas.

– También le vale -dijo-, pero entonces tiene que caminar un par de bloques más hacia adelante.

– ¿Y este paso es bueno? -yo precisaba respuestas claras, asertivas.

– Pues yo diría que hasta mejor.

– Entonces, listo -le estreché la mano-, aquí me quedo.

Justo surgía un bus y, desde su ventanilla, el conductor me vociferó:

– ¿A San Cristóbal?

Otro señor había aparecido por detrás y me apuraba:

– ¿A San Cristóbal? ¿A San Cristóbal? ¡Dele! ¡Dele!

Corrí hasta el vehículo, me subí en él: cristales oscuros, respaldos acolchados, casi un primera clase. Me dejé caer en un puesto al final del pasillo, con el equipaje al lado. No podía haber transbordado de mejor manera. Eran tan sólo las nueve y media de la mañana.

Después, poco a poco, el bus se vació, transcurrieron dos horas, me cambié de sitio. Abrí un paquete de frutos secos y el cobrador se arrimó hasta sentarse en un asiento opuesto: delgado, nervioso como una lagartija, un coqueto bigote silueteaba su nariz.

– ¿Y de dónde es usted? -me abordó.

– De Málaga, de España -respondí, y le tendí unos pistachos.

Me miró, no sé si intentando localizar mis orígenes en el mapa global.

– Yo, mi sueño es ir a los Estados Unidos, ¿sabe usted?, a juntar dinero para construirme una casita. Como lo oye, para mi mujer y mis hijos.

Sacó un móvil cascado y me mostró lo que era una foto con muy pocos pixeles de su hijita recién nacida.

– Cuatro meses -explicó-. Aparte tengo otra de dos años.

Entonces se enredó con la narración sobre cómo había escapado de la droga gracias a la iglesia evangelista. Intercalaba frases bíblicas que seguramente había aprendido a base de mucho estudio o lavado de cerebro. También elevaba sus manos hacia el techo, como implorando gracia divina, y revelaba unos brazos marcados con tatuajes borrosos. Me dijo que tenía veintiséis años.

– Así que -concluyó-, eso espero: poder marcharme a los Estados Unidos. Pero entre tanto, que se haga la voluntad de Dios.

Viajé por otra hora hasta que el bus se detuvo: la última parada. Al bajarme, el cobrador me avisó:

– Esta señora le va a indicar cómo llegar hasta allá.

Una morena redondita equilibraba una bolsa de deportes sobre su cabeza. La acompañaba un niñito de aspecto frágil.

Evitamos a los conductores de triciclos y comenzamos a andar cuesta arriba.

– ¿Va usted para allá?

– Sí, mijo -su acento poseía una cadencia diferente-, para allá vamos.

Yo los seguía. El calor era aplastante, un aviso del bochorno salvadoreño.

– Ay, mijo, y cuando usted llegue a San Salvador, va a ver. Allá no se puede ni respirar. Mire que incluso a mí que soy de allá, se me hace pesado.

Se presentó como Juanita, y Juan, su hijo.

Tras sellar en la frontera chapina, cambié los pocos quetzales que me quedaban por dólares estadounidenses, la divisa oficial de El Salvador desde su dolarización en 2001. Fue un cruce sencillo, sin colas ni malentendidos, tan sólo el aire caliente que quemaba la piel y algún perro callejero olisqueando las esquinas. En el mostrador salvadoreño, el oficial me obsequió un sinfín de folletos publicitarios del país y un mapa enorme. Feliz viaje, me deseó.

Acompañé a Juanita y a su hijo carretera arriba. Ella hubo de ausentarse para usar el baño y permanecí vigilando su equipaje y al pequeño. Le regalé a Juan el resto de frutos secos, volví a sacar mi papelito. Ahora debía buscar un bus hasta Santa Ana, y de allá transbordar hasta San Salvador.

– Fíjese que yo luego he de agarrar otro bus hacia el sur -me explicó Juanita-, porque yo voy hacia la playa,

Al menos, parecía que, por esta vez, le iba a ser fiel a mis anotaciones.

El bus, otra desenfadada camioneta escolar, esperaba al final del camino. Pagué al conductor, me devolvió centavos. Su interior flameaba como una sauna con ruedas y, afortunadamente, no tardó en arrancar. Yo desplegué uno de los nuevos mapas y me entretenía asociando los nombres de los puntos con las fotos de los márgenes bajo la mirada descarada de un pasajero. Juanita, desde su asiento, me pasó unos pancitos dulces.

– Estos son chapines, mijo -dijo, y añadió-: Me gusta llevar comida, ¿sabes?, para no andar comprando en los viajes.

Aún necesitaríamos dos horas de recorrido. Me acostumbré al calor; las fotos y los folletos me mantenían despierto. A un lado, el espía me devolvía la sonrisa. Juan se quedó dormido.

Pero antes de llegar a Santa Ana, Juanita saltó del asiento:

– Vamos a bajarnos acá.

Salimos a un sol tirano de media tarde, una carretera de campo. Yo no tenía ni idea de dónde estábamos. Cruzamos.

– Es que es mejor no bajarse en Santa Ana -comentó Juanita-. Allí asaltan mucho, no es seguro. Mejor no arriesgar.

Yo la seguía.

No mucho después, aparecíamos en una planicie con más buses, uno de ellos ya en marcha:

– En este – anunció Juanita.

Compré tras ella mi pasaje, el bus viajaba vacío. Juanita se acomodó al final y me senté casi al lado.

– Me gusta acá -reconoció-, más cerca de la salida, ¿viste?

Recuperé unos aguacates y les regalé a ambos. El último lo abrí en dos, aparté el hueso. Luego, apretando cada mitad, la carne se deslizaba hacia fuera. Sabía delicioso.

Juanita me contó que, un par de meses atrás, en la Ciudad de Guatemala, habían asesinado a su hijo mayor.

– Con veinte años, ¿viste?, me lo vinieron a matar, mijo, así es. Apenas había salido de la casa cuando media hora más tarde me avisaron, y a dos calles estaba, la cabeza destrozada, que le habían pegado un balazo de acá hasta acá -se tocó un lateral de la cabeza y luego la frente.

– No -la corrigió Juan, repitiendo la secuencia al contrario-: fue de aquí para acá.

No habían resuelto el crimen. Decía Juanita que la policía ni se había molestado en investigar, y eso que ellos eran salvadoreños con los papeles en regla. En su opinión, se había tratado de algún crío de una banda, algún envidioso del barrio.

– Mi hijo era muy guapo -continuó-, muy trabajador, siempre limpio, siempre atento; con sus buenos zapatos, sus buenos pantalones, su buen móvil. Y fíjese que le dispararon y no le robaron nada. Todo me lo devolvieron en la comisaría -elevó el tono de voz-, hasta los anillos y los dólares que llevaba en la cartera.

Por fin me dormí. Después, me despertó:

– Nosotros acá nos bajamos, usted se queda ya al final, mijo.

Nos deseamos muy buen viaje.

Antes de entrar en la terminal de San Salvador, el conductor me permitió bajarme en un cruce. Apenas las cuatro de la tarde. Demasiado tráfico, ruido, vendedores ambulantes.

Metí la mano en el bolsillo: el papel con las instrucciones ya no me servía, pero guardaba otro, el del teléfono del chico que me hospedaría y su dirección. Sin embargo, cuando fui a marcar, reparé que mi móvil guatemalteco no recibía señal. Entre tanto, un señor gordo, calvo, con un rosario colgado al cuello, se me había arrimado:

– ¡Taxi, taxi! -escupió.

– No, no -negué con la cabeza-. Me van a venir a recoger. Necesito un teléfono.

– Hígame -dijo.

Se movía con tremenda dificultad, parecía un hipopótamo. Unos metros más adelante, sentado a un banco, un viejito arrugado anunciaba llamadas desde un rótulo a cartón. Le pasé el papel con el número.

– ¿Hu nombre? -me preguntó.

– Emilio.

– ¿Emilio qué? -gritó.

– Emilio Pérez Millán.

Sacó un pequeño teléfono, tecleó, se lo llevó al oído. Unos instantes después, me lo pasó.

Y si te gustó... qué mejor que compartirlo. ¡Muchísimas Gracias! Share on Facebook17Share on Google+0Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn0Email this to someone

¡Participando aprendemos todos!