Última lectura en Cali


Se terminan mis horas en Colombia. Después de la única renovación posible del visado, que me permitía prolongar la estancia como turista a un total de seis meses, o me voy o me voy. La pregunta clave es hacia dónde. Desde internet, un vuelo directo a Madrid me asalta cada vez que bajo la guardia; si no, la solución cómoda y práctica es cruzar en bus al lado de Ecuador, la frontera más cercana.

Entre tanto —mientras me decido—, disfruto de unos días suaves y soporíferos, difuminados por el verano casi onmipresente de la zona. Me hallo en la tierra caliente del Valle del Cauca, en su capital, Cali, pintando las rejas de un hotel a cambio de alojamiento. La casa se encuentra en el barrio de San Antonio, al norte de la ciudad, un empinado vecindario de renovado carácter bohemio con callejuelas y cuestas salpicadas de galerías, cafés gourmet y academias de salsa. Cuando oscurece, con el frescor instalado, los residentes se congregan en el parque junto a la capilla homónima, a disfrutar hasta la madrugada de las geniales vistas de la urbe. Y es que ya lo afirma el dicho del que presumen sus habitantes: Cali es Cali y lo demás es loma.

Una noche, tanteada el área, asegurada la tranquilidad con la que los artesanos exponen su mercancía, confecciono un letrero, agarro mi baraja de Tarot y monto, en una de las veredas del parque, un chiringo básico, entre un argentino virtuoso del macramé y una tal Paloma, que acaba de retocarse un tatuaje del seno. Lo hago sin expectativas, aunque seguro que, en medio de tanto collar, brazalete y pipa, algo despuntarán mis servicios. En la calle, en cualquier caso, se está de maravilla.

Sólo un buen rato después se cruza la chica en cuestión, la que activa este relato. Grande, morena, muy peripuesta, la acompaña otra joven igual de estirada. Como os digo, pasa delante, estudia mi cartel, contempla el mazo sobre la manta y se marcha. Tampoco le presto mucha atención pero, debido al desenlace de la historia, luego repasaré varias veces esta primera toma de contacto. Hasta ese momento, sin embargo, no he realizado ni una tirada. Se ha arrimado algún curioso; están los valientes que consultan el precio —simbólico, pues la inspiración me flaquea— y el resto de presentes que ni me echa cuentas.

Así transcurren una, dos horas. Charlo con mis vecinos. Y se abre la veda: le leo a dos chicas que vienen de Medellín, de vacaciones. Me sorprendo, feliz, más conectado de lo que imaginaba; el par se despide, satisfecho. Después me consulta otra muchacha, muy divertida y preguntona, y nos entretenemos con las profecías de la tirada. No me considero un experto cartomante, siempre me escudo en un truco inofensivo: pregunto a la persona por su signo zodiacal y, en seguida, analizo los posibles tránsitos planetarios. Consciente de estas tendencias energéticas barajo e interpreto las cartas.

La buena suerte me anima a aumentar el coste. Hago otra lectura -siempre a mujeres, los hombres sintonizamos menos con el pensamiento intuitivo. Y, entonces, regresa la chica en cuestión. Esta vez viene sola, se sienta delante mía sobre el césped. Le castiga una especie de miedo, una suerte de clandestinidad que disimula con aires bruscos de niña pija:

—Y entonces: ¿las lees?

—Claro, ¿sobre qué quieres preguntar?

Reconozco un intenso olor a perfume, percibo el claqueteo de las joyas de sus muñecas.

—Nada, que me caso en dos semanas y quiero saber cómo va a salir la ceremonia, que todo esté bien, etcétera.

—Fantástico —la felicito.

Limpio la baraja antes de mezclar -olvidé hacerlo tras la tirada previa: separo los arcanos mayores y los bastos, copas, espadas y pentáculos (en ese preciso orden; nada es aleatorio). Aprovecho para averiguar el signo de la chica: Sagitario, y su nombre: Cristina. Luego barajo, apilo tres montones y le ruego que escoja uno con la mano izquierda. Sobre ese trabajaremos. Más allá de mi ardid astrológico, nunca analizo al consultante; no consigo estudiar gestos, ropa, silencios, nada. Sí me parece ansiosa —¿quién no lo está en estos días?— y desconfiada —suele ocurrir bastante— pero, por lo demás, me concentro en las cartas.

Obtengo una tirada incómoda y relativamente fácil. Uso la clásica cruz celta, una plantilla antiquísima, simple y reconocida: en el centro se disponen dos cartas cruzadas, esencia de la pregunta, rodeadas de otras cuatro —la cruz en sí—, que indican las energías previas y posteriores a la situación, así como un posible desenlace. Al lado, una columna, con cuatro cartas más, completa la lectura y conduce a la conclusión definitiva.

Rachel Pollack, una interesante tarotista, compara el arte de la cartomancia con la resolución de un intrincado laberinto: hay ocasiones que no descubrimos la manera de salir y otras, ni siquiera la de entrar, debido a su complejidad. A veces, la puerta que rastreamos se abre a un palmo de nuestras narices, las piezas del puzzle encajan a la perfección y la historia se hilvana sola. A mí, de todas formas, —que me muevo, juguetón, a mi santo albedrío— me faltan años de experiencia pero deduzco que el subconsciente de esta chica ya había atado sus cabos hacía tiempo y sólo necesitaba un pequeño empujoncito —una confirmación— por parte del mundo externo.

Tampoco existe una fórmula matemática para leer las cartas. Abundan los manuales, desde luego, y muchos significados se entienden universales pero aquello que me resuena puede no tener nada en común con lo que en ti vibre y, sin embargo, ninguna interpretación anula a la otra. Por eso, en los talleres de Tarot terapéutico —que rechazan una visión determinista— se invita a todos los miembros a participar en las tiradas, libres de aportar su singular visión.

En cualquier caso, esta lectura me choca con cierta evidencia: en el centro de la cruz encuentro a un caballero de bastos —del revés— cruzado por una reina del mismo palo. Hay dos reyes en la columna —¿más personas implicadas?—, una dramática Torre invertida en la casilla del desenlace final y un dos de copas, también del revés, en la base de la cruz. Ni siquiera he reflexionado al respecto pero la impresión inicial desagrada. Además, parte de la magia del Tarot radica en su espontaneidad: el primer golpe ya aporta valiosos datos.

—Pues aquí… —le hablo con cautela— aquí está esto rarillo.

—¿Ah, sí? —Cristina apenas responde; la intuyo poco dispuesta a cooperar.

—Sí —prosigo—, está todo… un poco incierto o… le falta solidez… Quizá no lleváis mucho tiempo juntos… o hay cosas que no están claras… o no os da tiempo a organizarlo todo para la ceremonia… Demasiado precipitado, a lo mejor… —señalo la imagen de la pareja de copas que, de haber surgido al derecho, habría suavizado la lectura—. No sé… ¿vosotros estáis felices?, ¿estáis seguros de que os queréis casar? —no espero a que conteste; me apresuro hasta la silueta del caballero— Él es más joven que tú, ¿verdad?

—Un año —confirma.

—Ya… —prosigo—. En cualquier caso, por aquí hay un desajuste… no sé si entre ambos… Imagino que tú… —señalo el brazo izquierdo de la cruz, donde aparece un diez de bastos— que tú has estado, lo mismo, muy liada… Muchas obligaciones… muchas responsabilidades, quizá por la preparación de la boda… aunque las llevas con mucho gusto… Muy atareada… Quizá te cueste delegar porque crees que quién mejor que tú para encargarse de las cosas…

La ilustración representa a un joven que carga penosamente unos palos, la cabeza hundida del propio peso. Me detengo unos instantes para repasar la tirada en conjunto: en el pie de la columna, el rey de oros, del derecho; el otro rey, de bastos e invertido, aparece en la posición del ambiente o en la de miedos y esperanzas. En mi cabeza parpadea la idea de una infidelidad o, al menos, de un tercero. Quizá porque la casilla del futuro cercano contiene un tres de espadas. Coronando la cruz, el posible desenlace ostenta un diez de oros, buena carta —segura y hasta aburrida— pero apenas distrae a mi mente, seducida con el dramatismo de un triángulo amoroso. Incluso sonrío, pícaro, ante cierta idea que me acude, pero prefiero reservar el chiste. Tomo aire, vuelvo al futuro cercano:

—Bueno —continúo—, pues lo mismo esta semanilla tenéis algún percance… Hay alguna discusión… algún problema… lo mismo por los nervios de antes de la ceremonia… Nada grave, puede que no sea entre vosotros pero… pero sí concerniendo a alguno… Puede ser con alguien de la familia o un conocido… familia política, primos, cuñados… Nada grave —repito; la carta está al derecho—. En fin… Se pueden aclarar algunos asuntos… alguna mala palabra, algún familiar que dé algo que hacer… que no esté feliz con vuestra decisión… o cuyo problema repercuta en la organización del evento… Incluso algún tema burocrático… papeleo sin resolver, una multa por pagar… algo que dificulte la preparación de la ceremonia… hasta una visita al dentista…

Pero claro, mis ideas se van agotando. Hay otra carta en la columna, un seis de copas o un cinco de bastos, ya no me acuerdo. Si es que nada más que veo a los reyes y termino por confesarlo:

—Estos reyes me despistan un poco, me tienen algo loco.

Cristina me contempla, su mentón alzado, puede que desafiándome. Es bonita y grande. Sólo usa demasiado perfume, se escuda en la arrogancia.

—Y dices que estás segura o que estáis seguros del matrimonio.

Asiente.

—¿Cuánto lleváis?

—Cuatro años.

—¿Y nada de infidelidades? —ya he arrojado la pelota.

—Pues por mi parte, no.

—¿Y él?

Frunce los labios en una mueca.

—Pues yo creo que no… Claro que uno nunca puede poner la mano en el fuego —añade—. ¿Por qué?

Ya me he abierto paso:

—Bueno… —digo— Las cartas tampoco hay que tomarlas al pie de la letra pero… pero podría haber alguien más implicado, por ejemplo.

—¿Los reyes?

—Sería una manera de interpretarlo —le explico—. La energía de ellos está, desde luego, presente.

—Sí.

—Se puede ver de muchas maneras… Si él es más inmaduro que tú —regreso al caballero de bastos—, puede significar tu deseo o tu preocupación porque él de la talla… o tu manera de intentar manipularlo para que se ponga a tu altura, para que complemente contigo… Para que la reina de bastos, tú, tenga su rey de bastos, él —señalo ambas cartas—. Como si a él le faltase un paso más, él tuviera que subir un escalón para que fuera quien realmente tú quieres que sea… Pero ya te digo, son sólo cartas —de pronto, titubeo— no hay que tomarlas al pie de la letra.

—¿Los reyes significan hombres?

—Puede ser —respondo.

—Y la infidelidad puede venir de cualquiera de los dos —no es una pregunta.

—Así es.

—Con hombres —otra afirmación.

—Puede ser.

De manera que aquella broma fugaz, acallada, que había cruzado mi cabeza, casi se ha verbalizado.

Prosigo con la lectura. Paso por alto los efectos destructivos —y liberadores— de La Torre (de hecho, al estar invertida, su finalidad creativa se bloquea) e intento explayarme al máximo con el diez de oros —el posible desenlace—.Detallo su estabilidad inamovible, preveo una celebración de boda donde, desde el anciano al más pequeño, todos disfrutan, premiados con lo que realmente les corresponde. Se trata de un festín de sabiduría, una boda inolvidable, resumo, pomposo y creativo. Pero el nubarrón ya se ha instalado sobre nosotros. Cristina permanece en sepulcral silencio y, a pesar de mi insistencia, asegura que no tiene preguntas; que no, que no existen dudas. Así que paga —su enorme cara oscurecida ya no desafía—, se marcha.

Yo no reconozco enfado ni tristeza, pero me encuentro, de pronto, tan desubicado que empiezo a cuestionarlo todo: mis teatrales dotes adivinatorias, la fiabilidad de las cartas, nuestra responsabilidad sobre el entorno, la sugestión de la mente, la causa, el efecto, el libre albedrío y la madre que lo parió. Para escapar del vendaval, busco amparo en la conversación cómplice de mis vecinos artesanos pero ambos están ocupados con sus respectivos clientes, también tienen que vender.

Oculto el letrero, guardo la baraja. Por esta noche, por unos días; ni una tirada más.

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¡Participando aprendemos todos!

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