Todos los cumpleaños, el cumpleaños


Estoy en Bucaramanga, en el interior de la provincia de Santander, un oriente colombiano no tan alejado de la frontera con Venezuela. Llegué hace unos días, después de un mes inolvidable por la costa caribeña. Conocida como la ciudad de los parques, las primeras vivencias en la capital, no resultaron alentadoras: un tráfico brutal, la falta de consenso con las indicaciones y mi habitual impaciencia me mantuvieron perdido durante varias horas hasta que logré soltar los trastos en la celda de un hostal. El trayecto retrasado desde Cartagena, además, me había bajado la guardia y, para entonces, el día se me antojaba irreparable. Sin embargo, a la noche me contactó un chico de couchsurfing y, a la jornada siguiente, me instalaba en el piso de Jaime, en el delicioso barrio de Cabecera, muy cerca del Parque San Pío, con su polémica estatua de Botero, y del Parque de Las Palmas. El resto ha consistido en lavar la ropa, coser todos los rotos -entre ellos, dos peligrosos agujeros de la mochila-, tirarme cada tarde a la calle a conversar con los locales y una visita dominical al vecino Girón, donde degusté las hormigas culonas, que saben a cacahuete.

El asalto se inicia a una víspera de mi día, el lunes temprano: es una mezcla de zozobra, de nostalgia, de fe, de satisfacción… joder, ni que estuviera a punto de casarme o parir a mi primer hijo. La cuestión es que parece que me encuentro en todos lados y en ninguno a la vez. Puede que, a efectos técnicos, ya sea mi cumpleaños: con España nos llevamos siete horas de diferencia y yo decidí nacer apenas pasada la medianoche -acorralando mi sol en lo que en astrología se conoce como fondo del cielo o immum coeli-; además, algunos adelantados ya me regalaron sus felicitaciones por facebook. Yo las recibo con esta idéntica combinación de ansiedad y gozo.

Con todo, trato de controlarme; Aquí y ahora, me digo. Preparo para mis anfitriones una tortilla de papas, soluciono unos fastidiosos inconvenientes del banco y planifico mi itinerario de viaje. Mañana marcho a San Gil; de allá, visitaré Barichara; después, puedo explorar Villa de Leyva y alrededores hasta completar una curva que me conduzca de vuelta a Bogotá. Esto significa que, por mi cumple, me va a tocar viajar, ¿o puedo afirmar que mi aniversario ya está sucediendo?

El resto de la tarde lo paso ensayando acordes ante una cancha de baloncesto. Invito a un amigo cocinero a unas cervezas, en un intento inútil por celebrar lo indescifrable. Después nos trasladamos al Parque de las Palmeras, y allá aparecen Jeffrey, un crío indigente que habla por siete y fuma por nueve, y un músico ambulante, que me ayudó a orientarme en mi primer día en la ciudad: acaba de meterse un chute de crack y se acerca turbadoramente cuando habla, escupe entre las sílabas, me arrebata el ukelele y, a pesar de que el equilibrio le flaquea, lo toca con inesperado estilo y gracia. Y pasamos juntos la medianoche. Ahora sí: otro cumpleaños fuera.

Ni el primero ni el último, imagino. A menudo no incluyen cantos, ni tarta, ni velitas que soplar, lo cual no me incomoda -ya me habitué a improvisar-, pero descaradamente este año me arañó la nostalgia y parece que necesito más de los míos, o viceversa.

Sea lo que fuere, de pronto, se abre ante mí una detallada colección de aniversarios, como un álbum temático de fotos. Me reconozco en Nom Pen, atrapado en una capital bloqueada por las fiestas, intentando conseguir internet para charlar con la familia; o en lo alto de una carroza, al año siguiente, en Mandalay, recibiendo los treinta en compañía de La Prima; puedo evocar una rave a las afueras de Edimburgo, con mi colega María, perros, punkies, hogueras, y un taxi al amanecer, antes de entrar a trabajar; y, dos años más tarde, en esa misma ciudad, el desmadre caótico de un apartamento, una discoteca mazmorra y la ducha con un polaco por quien había perdido el norte. Curiosamente, el año intermedio, lo cumplo, con modestia, en Granada, escribiendo poemas que apartaran las negruras del ser. Mi primer aniversario en el extranjero sucedió hace tres lustros, en un Berlín baratísimo, con amigas catalanas y la Kastanien Allee de moda, ya salíamos del club cuando el Unfinished Sympathy de Massive Attack nos devolvió a la pista; y más de una década después, de nuevo allá, con un grupo de gente hermosa reventaba los suelos de mi estudio e inaugurábamos una primavera tardía en la primera open air de Görlitzer Park. Ahora que incluso mi viaje cumplió sus 365 días, puedo rememorar el año previo en Zacatecas, un paseo en teleférico, su fabuloso festival cultural.

Cuando el catorce, por fin, amanezco, parece que el vaivén ha remitido o yo me he acostumbrado a él. Fran es el primero en llamarme, desde Berlín, aprovechando una pausa del trabajo, hasta que se queda sin batería. Después lo hace Rafa, desde Melbourne -hacía años que no hablábamos, cuatro que no nos vemos, qué gusto charlar en portugués. Luego le toca a mi madre, y repasamos los típicos asuntos que sostienen nuestro diálogo: terapias alternativas, familia y karma, lo mismo de siempre, más y mejor. Mientras tanto, en facebook, las felicitaciones se amontonan. Bendita tecnología, no puedo despegarme del ordenador: me dedican fotos, canciones, hasta un tema a la guitarra; se rescatan viejos códigos, memorias sentimentales. Entre comentarios, Me gusta y demás, preparo la mochila. Ya pasó la hora programada para partir.

Jaime, mi anfitrión, regresa de estudiar y me obsequia una bolsa con fruta para el camino: contiene unos mangos y una pieza que recuerda a una alubia gigante, una guama. Me acompaña hasta el bus metropolitano. A las afueras de la ciudad cambio al transporte para San Gil. Va a ser un viaje corto, un par de horas.

Durante el trayecto, descendemos por una hermosa cadena de montañas que, según me explica el conductor, luego habrá que remontar. Se trata del Cañón del Chicamocha. No puedo evitar comparar la orografía con aquella de la Sierra Gorda, en México, un marzo pasado y lejano, cuando dos chicos me rescataron de mi frustración y me regalaron una semana generosa de visitas y descubrimientos.

Más tarde, el autobús se ve obligado a detenerse. Están reparando la vía y debemos esperar hasta que nos den paso, así que aprovecho para bajarme.

Me acerco al borde de la carretera con la cámara de fotos. Los artistas del romanticismo afirmaban que el paisaje era un estado del alma. Levanto la cámara y encuadro la imagen: Me siento pleno.

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