Tayrona


Cerca de los juncos, allá donde la laguna, unas luces flotan en la oscuridad y, más adelante, en lo que puede que sea la ribera, se distingue otra. Luces blancuzcas que no consigo entender.

Me aproximo. El Shato, detrás, me sigue. El efecto es mágico, irreal, como extraído de una escena de El viaje de Chihiro. A medida que avanzo, mis ojos comienzan a atisbar la forma de un joven: porta un foco en la cabeza; otro, quizá en la mano, y está hundido con el agua hasta las rodillas. Estudia la superficie líquida y, de pronto, zas, la golpea con un palo, se arrodilla, extrae algo que arroja a una canasta… posiblemente un pez. A unos metros, alejada, una figura descansa, la tercera luz. Se oye un transistor a un volumen tenue.

Después, Asier y yo caminamos por la arena, bajo un millar de estrellas que titilan, siguiendo el rugido del mar enfurecido. La luna llena surgirá en unos instantes.

Estamos en el Tayrona. Llegamos varios días atrás, en un bus desde Santa Marta, cargados de provisiones y prevenidos por mi amiga Ellie: Es muy hermoso, pero llévate de comer, que todo es muy caro. Nos bajamos en El Zaíno, una de las cuatro entradas del gigantesco parque, la más conocida y transitada, la que permitía acceder al mayor número de playas. El inicio no pudo resultar menos alentador: un guarda predicaba el decálogo del lugar -que si ni armas, ni drogas ni alcohol, pero tampoco bolsas de plástico ni instrumentos musicales. Luego debíamos visualizar un documental de diez minutos para poder recibir un comprobante amarillo que nos permitiera, por fin, poder adquirir la entrada.

La cola, interminable -posiblemente una mala coincidencia con varios grupos de turistas-, era atendida escrupulosamente por tan sólo dos ventanillas. Algunos desgraciados, debido a la falta de información, se tragaban la fila para descubrir, al llegar su turno, que sin papelito amarillo no había ingreso. Y una vez en el mostrador, sólo se sucedían las demoras: solicitaban tu pasaporte, escudriñaban con lupa tu carnet de estudiante, chequeaban la veracidad de los billetes con los que pagabas. Un colorado grupo de británicos blasfemaban por el desorden. A una pareja alemana no le aceptaron la cédula universitaria y, frustrados, se retiraron a buscar dónde imprimir un comprobante de la institución. Asier -el Shato-, estudiaba de reojo a la concurrencia con rostro insatisfecho. Y se suponía que estábamos en temporada baja.

Compramos los tickets por cuarenta mil pesos -un brazalete por el que los colombianos pagan menos de la mitad-, redistribuimos la comida sin bolsas -aunque ocultamos algunas en los mini bolsillos de mi mochila- y nos despedimos de mi ukelele en el kiosco de una gentil señora. Cuando, por fin, entrábamos en el parque, una iguana enorme y crestuda cruzó la carretera.

El negocio continuaba y, pagados tres mil pesos, un minibus, atestado y caliente como un horno, nos llevó por un camino sinuoso entre árboles tropicales hasta el primero de los asentamientos: Castilletes. Allá optabas por hospedarte o continuar hacia las siguientes playas: a caballo o caminando. Nosotros, por supuesto, lo segundo. ¿Y dónde nos podemos quedar barato?, le había preguntado a un jovencito al bajarnos. Pues vayan donde Jacobo.

De manera que aún nos aguardaba un intenso paseo hasta el próximo destino: una hora por un camino fantástico que apenas disfruté. Las cintas de la mochila cargada de conservas se clavaban en la piel; a menudo me retrasaba del paso de Asier, chicarrón del norte, y, claro, no hay dolor, no hay dolor, y tenía que apurarme para alcanzarlo. Del resto, se encargaba el disco de fuego, instalado en su punto más alto.

Saldríamos a una playa agreste, enormes monolitos desparramados por su arena. Luego el mar se perdió y sólo había bosque, tierra, mierda de caballo, y más sol que se colaba entre las ramas. Hasta que detrás de una alambrada, nos saludó Jacobo: Camping, chicos, camping, a cinco mil la noche. Descamisado, barrigudo y descalzo, barría las hojas de los árboles y levantaba arena. Nos ofreció una buena sombra donde levantamos la tienda. Por fin éramos libres para explorar.

A escasos metros, la primera playa, Arrecifes, poseía un lago flanqueado de juncos, pájaros negros y un cartel amenazador: Cien personas han muerto en esta playa, no te conviertas en uno más. En efecto, a un lado, el mar espumaba poético y violento. Del otro se alzaban las montañas frondosas, húmedas, fotogénicas.

Dejamos atrás la laguna y desembocamos en una pequeña bahía de marea alta con los primeros bañistas. También con una panadería, una cafetería, unos puestos de arepas de huevo: no estábamos solos, el negocio proseguía. Luego la vía ascendía sobre los monolitos -abajo un oleaje crudo- y volvía a descender hasta otra calita para internarse a través de un verde y luminoso palmeral.

Entonces, tras unos veinte minutos, aparecía La Piscina, la playa más cómoda: orilla ancha, agua taimada, gracias a un muro de rocas mar adentro. En uno de los extremos, una montaña de piedras la separaba de la playa contigua e impedía el acceso. El Shato la conquistaría a nado y, al regreso, me narró que había encontrado una pareja y otro joven allá, por lo que suponía que existía algún sendero a través de la maleza.

Continuamos: nos apartábamos para ceder el paso a los caballos y sus jinetes, saludábamos a los locales, a los turistas (alemanes y argentinos, en su mayoría). El mar se escondió, subimos, bajamos, apestaba a boñiga; después, hubo otro palmeral y, más adelante se abría el Cabo San Juan, famoso entre los mochileros, con alojamiento tres veces más caro que el nuestro, y mucho más atestado. Los ingleses cabreados de al principio ya habían encontrado dónde extender sus toallas. Una pintoresca caseta sobre un promontorio prometía buenas vistas y selfies -Asier lo reconoció por la portada de la guía Lonely Planet. Y aún visitamos otra playa, a tan sólo diez minutos de la turística, donde me desprendí del bañador. Al fondo, se extendía otra, aún más salvaje. Una silueta la recorría, tan distante.

De vuelta a Arrecifes, había oscurecido. El camping no tenía luz: Aquíaje farta linterna, explicó Jacobo, Quezto es la serva. Aunque lo mismo, con una jembra, uno quié oscuridá.

Sin embargo, apenas a cien metros abonados con copiosa mierda equina, el chiringuito vecino proporcionaba, gracias a un ruidoso generador, suficiente luz e incluso encendía una tele. Allá se congregaban algunos locales, un par de turistas, y nosotros, que, ceremoniales, preparamos la cena. Aguacate, ajo, atún, aceitunas, un dieta con la A. Y luego, el plato a donde Jacobo, para lavarlo y devolverlo. En punto, a las diez, apagaron la televisión y, poco a poco, el resto de bombillas y, tras asomarnos brevemente a la playa para disfrutar de las estrellas, nos retiramos a dormir. De madrugada lloviznó.

Así vivimos el primero de cuatro apacibles días moldeados por la misma rutina. Sin embargo, cada jornada parecía alejada y diferente de la previa, como si los minutos se multiplicaran entre ellos, y las horas con las horas, y así, el tiempo se hubiera propuesto estirarse amablemente para nosotros.

– Shato -me decía Asier, pues el apelativo es bidireccional-, que llegamos anteayer y se siente una eternidad.

Cumplíamos, fieles, con nuestros rituales: madrugar, para acercarnos a la playa -el viento fuerte, las olas espumosas-, un baño fugaz en la orilla y, luego, a practicar alguna disciplina; el Shato, Pilates, y yo, Chikung. Después, mientras me calentaba agua para un café soluble con aceite de coco, Asier aguardaba con ilusión al vendedor de panes de chocolate. Ordenábamos un poco la tienda, ajustábamos la mochila, y marchábamos. Con el siguiente chapuzón ya se nadaba.

Comíamos pasadas las doce. Habíamos distribuido la ingesta en dos funambulescas tandas que mantenían al hambre en equilibrio: un desayuno-almuerzo a mediodía, y, a eso de las siete y media, ocho, la cena. Estrujábamos nuestra creatividad con los escasos ingredientes: conservas, galletitas saladas que migábamos en los platos, aceite de oliva y ajo, eso sí, mucho ajo. El agua no escaseaba, pues Jacobo la daba gratis, no como los listos de Cabo San Juan que debían pagarla, ja.

Luego surgía el debate sobre permanecer en la sombra para dormitar o continuar caminando bajo aquel sol furioso. Ninguna opción se mantenía durante demasiado tiempo y volvíamos al sendero o nos deteníamos a descansar o nos regalábamos otro baño. A veces, por entre la arboleda reconocíamos, no tan lejanas, unas criaturas negras, cual ositos pequeños, o ratones grandes, que rastreaban con mansedumbre el terreno (Son ñeques, me aclaró una guía, Roedores autóctonos, La carne es deliciosa). O huían de nuestro paso lagartijas con el rabo azul eléctrico. Y ya estábamos en San Juan, y luego, en la última playa, desnudos como bebés.

Pero el día sin facebook ni oficina ni carretera daba mucho más de sí: el Shato, en plena inflexión vital, acostumbraba a escribir en una libreta maltrecha de tamaño folio; yo rellenaba hojas en un diario que aún me servía desde Guatemala. También leíamos. En una calle llena de libros de Bogotá había adquirido una novela de Margaret Atwood, Oryx y Crake; lo primero que conocía de la canadiense. Tenía como referencias que había ganado un Príncipe de Asturias, que sus argumentos eran algo retorcidos y que la banda The Knife había basado temas de su último disco en personajes de esta obra. Su argumento se centra en una sociedad no tan lejana con habitantes segregados en ciudades caja fuerte, donde la manipulación genética está a la orden del día, así como el consumo voraz de información de la red (pornografía infantil, snuff movies de animales, retransmisiones en directo de ejecuciones). Un sistema de enseñanza enfocado en el hemisferio izquierdo, condena a los peores estratos a los estudiantes de arte, lengua, filosofía. Y este mundo distorsionado se va revelando estratégicamente a través de flashbacks, desde un futuro apocalíptico. El Shato, que penaba por avanzar con su novela en vasco, no cesaba de preguntarme: Shato, ¿pero por qué página vas? ¿Pero cuántas páginas tiene tu libro? Cuatrocientos cincuenta, le respondía, y continuaba leyendo.

Descubrimos otras zonas. A través de unos cocoteros, entre ramas rotas, mientras un ñeke se escurría por las hojarasca, encontramos la playa que el Shato había visitado a nado. Solitaria, con una cabaña abandonada de madera, unos troncos dispuestos a modo de banco, sólo otra pareja la exploraba en la otra punta. Luego, un camino, mejor señalado, la conectaba a otra cala, coqueta y de aguas fangosas. Y desde la última playa, pasado el Cabo San Juan, otro sendero semioculto nos condujo a la verdadera área nudista -aunque para entonces ya le habíamos enseñado el culo a media flora y fauna. Allí, la policía turística -dos críos de uniforme-, se dedicaban a registrar el equipaje de los pocos atrevidos, en busca de estupefacientes.

En el camping, los universos se repetían: Miriam, de Inglaterra, que había viajado directamente de su país para visitar una semana el Tayrona, no tenía compañía, ni repelente de mosquitos, porque su amigo Alex, alemán, candidato tenaz a macho alfa, lo cargaba en su mochila mientras flirteaba con Rosalía, quien acampaba con Diego y Ana, todos jovencitos del borde oriental de Colombia; el primero, entrenando con los palos del diablo; la segunda, una viajera nata, estudiante de literatura y crítica feroz del sistema educativo nacional. Y los argentinos Gastón y Nicolás que acaban de explorar durante diez días la indomable Guajira y, de su más de un año de periplo, recomendaban Ecuador, pues habían hecho buena plata tocando en las plazas. Entre tanto, Jacobo continuaba barriendo hojas, esparciendo polvo y aceptando invitaciones de los campistas, cautivados por su simpleza y desparpajo. A las siete se marchaba al chiringuito del generador ruidoso, a ver el noticiero.

Nosotros también aparecíamos allá, para saborear nuestro escueto y selecto menú de cena. Y antes y/o después regresábamos a la playa, a estirarnos en la arena fresca, descifrar las estrellas y admirar la luna, que se había llenado y saludaba desde detrás del mar.

El último día visitamos el Pueblito, un antiguo asentamiento de los indios tayrona que había albergado a más de dos mil personas. El paseo era empinado, pura cuesta arriba, saltando de un monolito a otro. Del lugar apenas permanecían unas discretas ruinas, abandonadas, o destruidas, quién sabe si por los mismos españoles, que barrieron el terreno en su insaciable búsqueda de oro. Allá arriba, entre los vestigios de aquella civilización milenaria, abrimos una lata de melocotones en almíbar.

– Shato, hace años que no me comía uno de estos.

– Buah, como yo.

A la noche terminé Oryx y Crake, y como suele suceder con muchos buenos finales, concluía lanzando numerosos interrogantes.

Amanecería nublado. Nos ejercitamos en la playa, nos bañamos en la siguiente: no me apetecía marcharme pero el color del cielo iba a facilitar la partida. En el puesto de arepas, la tendera me vendió seis huevos a un precio tan abusivo, que pensé que se los había cortado a su marido y a dos de su hijos, pero nos habíamos quedado sin víveres. Los freí en aceite de oliva, acompañados de ajo y un poco de arroz. De beber, té de jengibre. Almorzamos como dioses.

Justo aparecieron otros argentinos al camping, desgastados, sucios, con una revelación: en otra entrada al parque, la de Calabazo, pasadas las cinco de la tarde, los guardas se marchaban. De allá, la subida era penosa, la noche les había alcanzado y debieron acampar, para continuar en la mañana. Pero no habían pagado entrada y traían su guitarra. Nosotros ya recogíamos, pero ¿quién sabe si la próxima? O quizá un lector se anima. Que no cuente qué tal le fue.

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