Prometo no volverlo a hacer


Para colmo, la idea había sido mía: Asier quería darse unas vacaciones de Europa y juntarse conmigo en este continente, hasta sugirió encontrarnos en México. Pero calculé de aquella manera en el mapa, decliné su propuesta:Aquello ya lo conozco, para qué subir si luego pienso bajar, y la reemplacé por un: Descubramos Colombia. Palabras grandes y distancias aún mayores.

Así, cuando el cuatro de febrero me despedía de Antigua, Guatemala, no vislumbraba ni por asomo el periplo que me aguardaba. No sólo por las prisas, las distancias, los nervios, el trajín de buses y fronteras, sino también porque iba a dejar de lado una galería de paisajes y momentos que me hubiera encantado recorrer con más ahínco. Por no mencionar esta absoluta negación de mi propia alma: si en poco más de un año había explorado con pasión y minucia México y Guatemala, ahora, en dos semanas, debía atravesar cuatro países y tomar un avión a Sudamérica. Lo extraño fue que no me encaneciera el pelo ni se acentuaran las arrugas con tanta prisa, pero, para evitar que suceda en el futuro, dejo constancia por escrito: Prometo no volverlo a hacer.

En cualquier caso, empecé bien. A base de transbordos afortunados, una frontera desierta con oficiales sonrientes, sin sellos ni tarifas a pagar, y cambiados mis quetzales a dólares, en unas once horas había alcanzado San Salvador.

A través de un amigo mexicano tenía quien me hospedara en la capital. Yo no sabía nada de aquel diminuto país, pero no resultó difícil recuperar una verdad tan conocida: que todo lugar, no importa cuán pequeño, cuán inhóspito, cuán críptico, siempre puede revelarnos algo nuevo; es sólo cuestión de abrir los ojos. Además, contaba con ayuda: Jhonny, mi anfitrión, se encargó de organizar por mí. Me presentó a sus colegas -la mayoría antropólogos y entregados activistas-, visitamos las cascadas de Sonsonate -cerca de Santo Domingo de Guzmán, donde aún se habla el nawat, y dormimos en la playa del Tunco -meca surfera, fácil de entender por su actividad sobre las olas al atardecer. En el pueblo de La Palma, famoso por sus artesanías y clima fresco, nos emborrachamos, y, por supuesto, cada día descubrimos un nuevo puesto de pupusas, el plato típico salvadoreño.

Tras la entretenida semana, me quedó claro que debía ponerme en marcha: al miércoles siguiente volaba desde la Ciudad de Panamá, lo que aún me permitía cierta flexibilidad en las combinaciones. Sin embargo, tanta libertad e improvisación comenzaron a martillearme las sienes. Podía ampararme en la famosa Ticabus, una compañía que conecta la Ciudad de Guatemala a la de Panamá a precio turista y con escalas obligatorias en Managua y San José, pero prefería lanzarme a la aventura de los buses locales. Me ahorraría mucha pasta y, además, así acostumbro a viajar -sólo que la típica incomodidad de la víspera antes de subirme a un avión ahora se adelantaba varios días e incluía una lista agorera de desajustes, imprevistos, falta de información, maltransbordos y fronteras. Si mi cabeza era una olla exprés, mi estómago parecía una lavadora en pleno centrifugado.

El miércoles a las seis de la mañana me recogía un taxista de casa de Jhonny y me dejaba en la Terminal de Occidente de San Salvador. Media hora más tarde salía un bus para Santa Rosa de Lima y unas cinco horas después me bajaba en una esquina, donde agarré otro pequeñito que me transportó a la frontera. Salí de El Salvador, rellené un mínimo formulario, pagué tres dólares, entré en Honduras: un paso horrible de calor hediondo con tipos que peleaban por cargar mi mochila e insistían en que cambiara dólares por lempiras. Pero claro, yo sólo iba a durar escasas horas en el país y no precisaba su divisa.

Luego esperé a que partiera un colectivo que por seis dólares me llevaba a la siguiente frontera. Compartí bus con una pareja de cowboys gordos y pervertidos, una familia gritona, que desmenuzaba un pollo sudoroso, y sus dos cachorros, que gimoteaban en los asientos. El sol se vengaba traidor, pero tuve el ingenio de cambiarme de lado antes que el vehículo se llenara; si no, no hubiera soportado el trayecto. Entre los sollozos de uno de los perrillos alcancé a dormitar.

Tres horas más tarde salía deprisa de Honduras y cruzaba a pie el enorme puente de Guasaule, donde camioneros aburridos aguardaban su turno bajo un aplastante bochorno. Del otro lado, en Nicaragua, el oficial me pidió doce dólares y me regaló un montón de preservativos: Para que lo pases bien y te protejas, dijo. Cuando le pregunté si debía cambiar en la oficina del banco opuesto, me recomendó salir del edificio y buscar a los cambistas callejeros. En efecto, una viejita de delantal me ofreció mejor transacción e indicó cómo encontrar los buses para León.

Alcancé un descampado: ya no quedaban buses para León, pero salía uno hacia Managua, en la misma dirección. En él me monté, pagué mis primeros córdobas y me permití descansar. Varias horas más tarde llegaba a León, bajo un cielo naranja, y, caminando, desemboqué en su parque central, cuando las sombras alargadas de su imponente catedral se estiraban sobre los bancos y la arboleda.

León mola y, muy probablemente, todo Nicaragua también. Los presuntuosos de Lonely Planet, en su lista de destinos para el 2015, colocaron al país en el cuarto puesto y sé, por mi experiencia en el hotel, que se está convirtiendo en un lugar cool para muchos mochileros. Claro que ¿quién quiere ser moderno o fiarse de estas listas prefabricadas? Pero, con más o menos razón, León resulta una ciudad excepcional y en cuatro noches que la disfruté, me alcanzó para enamorarme: la gente es cálida y conversadora; la comida, barata; el alojamiento, también. Cuenta con una reciente y tumultuosa historia, una interesante actividad cultural y en sus bares no resulta difícil tropezarse con música en vivo. Visité la Casa Museo de Rubén Darío, el Museo de la Revolución Sandinista -donde exguerrilleros cincuentones se vanaglorian recordando la batalla mientras fuman puros o se ajustan su gorra del Che-, y el Museo de Arte Fundación Ortíz-Guardián, la mayor muestra de talento contemporáneo de toda Centroamérica, rebosante de extravagantes esculturas, instalaciones y vídeos. Además, en menos de cuarenta minutos se llega a Las Peñitas, una playa sencilla de arriesgadas corrientes, donde pasé mi último sábado y conocí a dos guapísimas españolas: extremeña y catalana,Pero nosotras somos ciudadanas del mundo. Vivían allá y me invitaron a una fiesta en su apartamento. La próxima vez.

El domingo temprano, de nuevo a las seis, caminaba a la estación de buses, me bebía un café y me montaba en un colectivo hasta Managua.

En Managua compartí taxi con una señora hasta la correspondiente terminal y, nada más bajarnos, nos agarraron del brazo y apremiaron, porque nuestro transporte ya salía. Pasadas las once alcanzábamos la frontera de Nicaragua. Una cola apoteósica, un sinfín de vendedores acosándote para que compres su billete de bus, mucho grito y yo no me enteraba de nada. La señora me advirtió: Cierre bien la cremallera de su mochila. Después, una negrita acabó de convencerme para que viajara en su compañía: Cuando selle, viene para acá y se espera hasta que venga el autobús.

Mientras aguardaba mi turno, se arrimaron dos alemanes, atraídos por mi gorra berlinesa; ella necesitaba desahogarse en su idioma natal, y no era para menos: en Colombia, les habían robado; en México, un policía intentó extorsionarlos y en Panamá, los oficiales les habían exigido cierto examen médico relacionado con la fiebre amarilla. Alrededor de mi ombligo, el remolino se aceleraba. También se presentó Thomas, un holandés que se dirigía hacia el sur. Al final, todas nuestras preocupaciones se parecían.

Después de pagar tres dólares, sellaron mi pasaporte y me senté a esperar. De acuerdo con la morena, aún faltaba una hora más. No cambie usted acá, me aconsejó, Espere a estar del otro lado. La aduana terminó de colapsarse: la fila salía del edificio, los vendedores gritaban más alto los precios de sus boletos, los cambistas se afanaban de un lugar a otro y los carritos de golosinas y refrescos se amontonaban.

Por fin nos dejaron subir al bus. Fue un corto trayecto hasta la siguiente aduana. Allí nos obligaron a bajar y sacar nuestro equipaje. La oficina de Costa Rica, comparada con las previas, bien parece un cuartel de la CIA: cámaras, sensores, placas brillantes, aire acondicionado y miradas severas detrás de la ventanilla. A mi turno, el oficial preguntó por un billete de salida del país. Le expliqué que estaba de tránsito y tras estudiarme con rictus incrédulo, estampó el sello y me devolvió el pasaporte. Luego hube de pasar todos los macutos por una máquina. Después cambié de moneda: ahora no eran córdobas, sino colones.

Arribé a San José pasadas las ocho de la tarde. Y aún tuve que coger otro bus hasta el centro y encontrar un hostal de mala muerte cuyo dormitorio apestaba a pie y regalaba café a todas horas. Con el fantástico despropósito de mantenerme nervioso, me dediqué a beber varias tazas antes de ir a la cama. También caí en la cuenta: había extraviado mi gorra berlinesa. Apenas dormí.

El lunes una nube negra me rondaba la cabeza, catastrófica, sin más, como si en lugar de acercarme, me hubiera alejado misteriosamente de mi destino. Imprimí la tarjeta de embarque del vuelo así como un pantallazo de la cuenta bancaria, por cubrirme las espaldas, y en la recepción del hostal me informaron del bus que me servía. Caminé hasta la terminal y poco después me montaba en el de las once.

A las seis de la tarde, después de un aburrido trayecto repleto de paradas, con sólo tres pasajeros en el vehículo y el paisaje oscurecido, el conductor detuvo el autobús y enfiló el pasillo hasta donde yo me encontraba:

– ¿Usted para dónde va? -preguntó.

– Yo, para la frontera -respondí.

– Pero si la frontera nos la hemos pasado hace rato, ¿o usted no me oyó que pregunté en voz alta?

La verdad que no, pensé, además, creía que coincidiría con la última parada.

Así que el conductor abrió la puerta trasera, bajó. Lo seguí, bombardeándolo a preguntas:

– ¿Entonces me he pasado la parada? ¿Y ahora cómo llego? ¿Hay buses que me lleven? ¡Pero yo pensaba que aún no habíamos llegado!

El señor había sacado mi macuto del portaequipajes. Teníamos delante varios autos viejos aparcados, un señor muy gordo nos observaba.

– Ya no hay buses -dijo el conductor-, ya hasta mañana a las cinco de la mañana.

Mi nube negra, mi nube negra.

– ¿Dónde va? -preguntó el gordo.

– Para la frontera -respondió el conductor.

– Si quiere, yo lo llevo.

– ¿Cuánto me cobra? -le pregunté; el tipo ni siquiera era taxista.

El del bus ya se había subido, las puertas plegables se cerraban. Contemplé al vehículo partir.

El gordo me llevaba por doce dólares. Si no quería pagar tanto, añadió, por cinco me acercaba a un pueblito vecino y de allá debía transbordar a un bus de línea.

Saqué un billete de veinte.

– No tengo cambio -dijo-. Pero pasamos por mi casa y le doy.

Y entonces, caí en la cuenta.

– ¡La mochila! ¡La mochila! ¡La mochila!

Me la había dejado dentro del bus. Con todo: portátil, cámara, los diarios, los libros.

– ¡El bus!, ¡el bus!, ¡¡¡hay que seguir al bus!!! -le grité al hombre.

No sé de dónde me surgió aquella orden pero el señor se montó en el taxi, y yo, de copiloto, y nos lanzamos carretera adentro a alcanzar al bus. Yo ni sabía cómo reaccionar: mi nube negra, más negra que nunca. Le preguntaba al improvisado taxista:

– ¿El bus ha ido por esta camino?

– Sí.

– ¿Y usted cree que lo encontraremos?

– Sí.

La carretera estaba muy oscura. El tipo se llamaba Martín, su mamá era de Costa Rica y su papá de Panamá. Fueron diez minutos muy largos, puede que quince, quién sabe. Encontramos al autobús detenido, solitario, a un lado del arcén. Yo me bajé desesperado del taxi, crucé la carretera y entré en el camión vacío, sus puertas abiertas. Al final del pasillo se encontraba mi mochila tal como la había dejado. Ni rastro del conductor, quizá estaba orinando en la espesura.

Luego visitamos la casa de Martin, conocí a su hija, me devolvió menos cambio, condujimos de vuelta hasta la frontera. Y sí que me había pasado un buen cacho.

Para salir de Costa Rica hube de pagar ocho dólares, esperar otra considerable cola. Una chica me pidió prestado el bolígrafo para rellenar el formulario. También española, llevaba un mes de voluntariado en Costa Rica con su pareja irlandesa. Muy caro todo, decía, y un poco cabrones estos. Al parecer, a unos compañeros no les habían permitido entrar en el país por carecer billete de salida.

– A ver qué tal acá -se refería a los de Panamá-, porque también tienen fama de perros.

Yo sólo sabía respirar para que el nubarrón se disolviera.

Durante el ingreso a Panamá, la fila resultó aún peor: poseía sólo dos ventanillas donde retenían bastante a los viajantes.

– Uy, usted no sabe -me dijo la señora de delante-. Y esto es poco, a veces da la vuelta al edificio y uno tiene que esperar aquí varias horas.

Entre los que aguardaban, reconocí a Thomas, el holandés, y me acerqué a saludarlo.

– No tengo billete de salida -admitió-, pero creo que con la tarjeta de crédito me bastará.

Yo me aproximaba despacio al mostrador: o me atendía un bizco o un bigotudo con cara de boxer. Al final, me tocó el canino, quien estudió mi tarjeta de embarque sin comprenderla. Le ladró al compañero:

– ¿Esto qué es? ¿De barco?

Para mí que ni sabía leer.

Después nos llevaron a una oficina que parecía un mercadillo. Allí, según nos explicaron, debían registrar nuestro equipaje, tarea poco factible con tantísimos pasajeros, pero, tras esperar una media hora, nos permitieron marcharnos.Encontré un bus que salía en pocos minutos. Miré el reloj: las nueve de la noche. Cuando lo abordé, me enrosqué en mi asiento con una manta encima, y dormí casi todo el trayecto. A las cuatro de la mañana llegábamos a la Ciudad de Panamá.

En la terminal descubrí a Thomas y otros dos mochileros. Hicimos tiempo, hasta que clareó. Después, tomamos un bus para el centro y caminamos hacia el casco viejo, donde se encontraban los hostales baratos. El primero estaba lleno, el segundo, también. La celebración de los Carnavales atestaba los hoteles. Al final, recurrimos a otro cercano y sucio, pero ¿qué importaba? Todos buscábamos un lugar de paso, antes de continuar, y, además, también ofrecía café gratis.

Incapaz de relajarme, acabé aprovechando el día: paseé por las callejuelas del antiguo puerto, fotografié los majestuosos rascacielos de la ribera opuesta, merendé un pescado asado con yuca que me supo a gloria.

Ya, a la noche, cuando las fachadas de los altos edificios se cubrían de hologramas y siluetas multicolores, y en la cinta costera retumbaban los altavoces con el reguetón y el perreo, regresé a mi dormitorio. Asier me había escrito: Que ya estaba en Bogotá. Me pasaba las indicaciones para llegar donde se hospedaba y se despedía, pues estaba agotado de su viaje.

En la litera de enfrente, unos americanos discutían: volaban a Colombia también al día siguiente y uno de ellos había falsificado el billete de salida para evitar problemas. Por si las moscas.

Yo no podía aguantar más conjeturas. Tampoco podía dormir. Cerré el portátil y salí de la habitación.

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