Pies fríos (Parte I)


A Jose, por generoso y femenino

Supongo que inconscientemente debo atraer dichas situaciones. En cualquier caso, de pronto me encuentro a las afueras del DF, asistiendo como testigo a la consulta de un hombre medicina.

Aunque que el día, si lo pienso, ya comenzó de manera singular.

Acompañé a Jose y a sus estudiantes a una reunión en la universidad de Tepozotlán. Se trataba de un evento celebrado bisemanalmente, donde se daban cita diversas agrupaciones e individuos defensores de la cultura mexica. Veníamos invitados por Ángel, al que acababa de conocer aquella misma mañana. Oriundo de la zona, Ángel pretendía inaugurar un centro cultural, de encuentro y sanación en el pueblo y opinaba que aquella reunión podría ayudarle a despegar el proyecto.

Llegamos tarde, en medio de uno de los discursos, y, procurando hacer el menor ruido posible, nos deslizamos en el aula y tomamos asiento en una de las pocas sillas libres. Debíamos rondar las cuarenta personas. El centro de la clase se había dejado libre y un señor, bajito con pinta de abogado se paseaba por él, repartiendo su discurso y añadiendo anotaciones a la pizarra. El público variaba en edad, en vestimenta, en color de piel: algunos gastaban chaqueta y corbata, otros lucían llamativos collares de semillas, cintas en la frente, plumas en la cabeza. Pero a mí que aquello se asemejaba a un debate político: los representantes de cada grupo ocupaban el centro por turno y descargaban sus largas parrafadas, adornadas con multitud de expresiones rimbombantes. Sin embargo, a menudo se interrumpían, se robaban la palabra, se exasperaban unos con otros en una carrera por imponer su criterio o matizar lo previamente dicho. Cuando se sugirió una votación para por fin decidir con qué nombre agruparse, fueron incapaces de ponerse de acuerdo.

Ángel levantó la mano, pidió permiso y se situó en el centro del aula. La voz le temblaba, se podía sentir su nerviosismo. Primero, se presentó. Luego ofreció sus respetos a todos los que estábamos reunidos. Entonces formuló su propuesta: No desdeñaba lo expuesto en la pizarra, pero creía más importante el recurrir a la acción. Mencionó su proyecto en Tepozotlán así como unas prometedoras tierras que se le habían cedido y donde podrían revivir buena parte de la cultura mexica: eso sí, hacían falta personas que cooperaran, que cavaran, que sembraran -se llevó la mano al pecho -, que se unieran. Un tipo del público se incorporó, rebatió la propuesta: para qué tanto estatuto ni legislación, lo que había que hacer era ponerse en marcha. El resto comenzó a opinar a viva voz y el debate se avivó tanto que no se podía poner orden. Yo terminé aburriéndome, así que me escurrí fuera a disfrutar del sol, el paisaje montañoso del horizonte.

Claro que ahora estoy en el centro que Ángel desea abrir, dentro de un cuarto básico, aún en preparación. En una esquina, de costado, reposa un viejo y polvoriento armario. Descansa sobre él una descomunal osamenta de vaca. Jose, reconocible por su larga trenza negra, profesor y médico, ha dispuesto varias mantas en el suelo a modo de colchoneta. Sus estudiantes y yo permanecemos arrimados a la pared y observamos en silencio a la paciente, que acaba de llegar con su hija. Se trata de una señora mayor del pueblo, que sufre de ciática. Unos días antes ha acudido a un osteópata, pero la consulta la ha dejado aún más dolorida. A través de su hija ha contactado a Jose, quien ya la había tratado en una anterior ocasión con óptimos resultados.

La señora se descalza y se sitúa de pie sobre la improvisada colchoneta. Jose le pide que realice ciertas torsiones con el cuello y cintura que la mujer ni puede completar. Luego le ruega que se tumbe boca arriba. Con las manos empapadas del aceite de una botella, el hombre medicina empieza a masajearla. Sus manos circulan rápidas por las gastadas carnes de la paciente, formula preguntas a sus estudiantes para poner a prueba los conocimientos de estos. Alcanzo a entender que dicha técnica de masaje se conoce como las trece coyunturas y que trabaja con trece puntos del cuerpo y sus correspondientes órganos internos, emociones y deidades mexicas. Jose retiene a la señora en diferentes posturas, no tan complicadas, de hecho, pero los gemidos y la expresión de esta revelan el mal trago por el que pasa. Verla duele. Oírla, también. El hombre medicina minimiza el sufrimiento charlando animadamente con ella, que apenas alcanza a hablar, y con la hija, quien confiada y satisfecha contempla la escena. La chica no debe tener más de veinte años: guapa y mestiza, los ojos almendrados, unas flores secas de colores por pendientes.

Cuando el masaje termina, la señora se incorpora. Jose le pide los mismos movimientos del inicio y ella los lleva a cabo asombrosamente bien; incluso puede realizar sentadillas. Parece que el dolor ha remitido bastante, así que acuerdan una cita para la siguiente semana. La paciente debe traer una serie de ingredientes y Jose apela a la memoria de sus estudiantes. Estos enumeran sosa cáustica, alcohol y diferentes hierbas.

Entonces, el profesor pregunta si alguien más desea recibir este completo masaje y la hija se ofrece, ilusionada, se deshace de sus zapatillas, se tumba boca arriba. Ahora es la mamá quien observa cómo su hija es tratada y, por la expresión, se diría, que se siente infeliz. Conforme Jose masajea a la chavala y, de nuevo, conversa como quien habla del tiempo, la señora batalla contra la pena. Parece que cada presión efectuada sobre la hija le punzara las entrañas. Ahí, se gira, en un intento por ocultar las lágrimas, y, finalmente, se rinde al llanto. Para entonces, madre e hija sollozan con inexplicable desalienta Los demás permanecemos callados. Cuando el masaje concluye, ambas se consuelan con un largo abrazo. Jose duplica los ingredientes a traer. La próxima cita será para las dos.

Muchas pérdidas, murmura después, cuando ambas se marchan, Pero aún más miedo a perder.

Se suceden los masajes, los estudiantes se turnan. Cuando al fin me toca, el hombre medicina está cansado, se interesa en darse prisa. Sin embargo, me diagnostica: Pies fríos, dice. Le aclaro que es un problema crónico, aunque reconozco que últimamente me han molestado más que nunca. Jose me sonríe: Nada que un ungüento de peyote no pueda sanar.

Fuera ha empezado a llover. Ángel aparece y nos informa que estamos invitados a un temazcal donde unos amigos, en un cerro cercano.

El temazcal (del náhuatl temazcalli: casa o templo de vapor) es un baño de vapor que se emplea en la medicina tradicional y en la religión de numerosas culturas mesoamericanas. Para entendernos lo describiría como una especie de sauna espiritual, en la cual, mediante cánticos, oraciones y ejercicios, se recrea nuestra conexión con el útero materno, y también con la Madre Universal. El ritual se divide en cuatro ciclos o Puertas que invocan a diferentes figuras de la mitología mexica. Un guía o temazcalero se encarga de dirigir a los presentes por este milenario viaje.

Como somos bastantes, hacen falta vehículos, así que Jose y Ángel marchan a buscar refuerzos. Los demás nos sentamos en el porche del edificio, protegidos de la lluvia ligera. Algunas personas decoran la fachada, aún fresca: entre las ilustraciones hay soles naranjas, flores de peyote, montañas humeantes. Subida a una silla, una chica embarazada perfila la silueta de un conejo cósmico. Intercambiamos frutos secos, para calmar el hambre, algún plátano, manzanas. Adriana, una de las estudiantes, recuerda una de las anécdotas del profesor:

La conexión del temazcal con lo femenino es tan evidente que incluso se utiliza como sala de partos. No hace tanto le llevaron a Jose a una joven a punto de dar a luz. La chica ya había salido de cuentas y, como el bebé estaba mal colocado, todo apuntaba a cesárea. Jose entró con la muchacha en el temazcal y con una serpiente. Enrolló bajo el pecho de la joven al animal y este, debido al intenso calor, se abrazó poderoso. Con extraordinario esfuerzo, con minucioso cuidado, el hombre medicina fue desplazando poco a poco el anillo del reptil sobre la barriga de la joven. Pasaron largas horas en aquel intenso calor. Al final, consiguió recolocar al bebé, la muchacha dio a luz, la serpiente murió.

Vida por vida, concluye uno de los pintores de la fachada.

Ángel y Jose han regresado y nos distribuimos en dos coches. Comienza a relampaguear y la lluvia se torna muy violenta. Viajo apretado en el asiento trasero de una furgoneta, los pasajeros nos presentamos: conozco a Nora, de voz dulce, que viene de San Cristóbal de las Casas, y a sus dos primos, que apenas tienen quince años, y ya han participado en otros temazcales. También está Luis, que impartirá clases de astrología maya en el centro y vende cosméticos naturales.

La travesía es ardua, montaña arriba. La lluvia empeora y resulta imposible distinguir a través de los cristales, tan sólo se aprecia un gris emborronado más allá del vidrio. Oscurece. Siento que viajamos por una carretera sinuosa, estrecha y repleta de baches. De pronto debemos frenar y aguardar: parece que un auto se ha quedado varado, no se puede pasar. Sólo tras una buena espera, continúa el viaje. Los truenos retumban lejanos.

Por fin nos detenemos ante una enorme puerta de hierro que una figura imprecisa abre, pasamos. No veo nada, el chaparrón aprieta, pero la furgoneta se ha estacionado y estamos bajando del auto, siguiendo instrucciones de correr bajo refugio hacia una puerta.

Entro en una habitación grande como un aula de colegio: la ocupan varias camillas de masaje, unas vitrinas, espejos. En las paredes se suceden enormes ventanales. Dos de ellos recrean ilustraciones de la baraja de Rider-Waite: reconozco, por un lado, al colorido Loco , al emprendedor Mago, por otro. También hay unas colchas amontonadas en una mesa que alguien distribuye para que nos cobijemos, recordemos el calor. Abrigado me acerco a una de las estanterías: contiene productos de belleza, lociones naturales, vaporizadores con efectos excéntricos. La parte de abajo está dedicada a sprays con rocas y brillantes en su interior, alineados de acuerdo a los siete chakras. Sin duda, nos encontramos en un centro holístico. De fuera nos alcanzan los gritos desaforados de los integrante del temazcal. Me asomo al jardín: a escasos metros, se aprecia en la oscuridad una pequeña fogata techada y, cercano, aventuro, se encuentra el temazca. Distingo la silueta de una especiede iglú, o como el caparazón de una tortuga gigante. Ahora mismo, dentro, sus habitantes chillan, cantan, sudan, se sanan.

Ángel recibe una llamada: al parecer unos compañeros han quedado atrapados bajo la tormenta. Jose se presta a acompañarlo y nos dejan en aquel desconocido y particular espacio. La lluvia continúa aporreando los cristales. La mayoría se relaja sobre las camillas, los chavales juegan a las cartas. Yo curioseo las vitrinas. Alguien saca un gigantesco tupper con espaguetis que compartimos entre todos, hambrientos como andamos. Ya pasaron las once. Y cruzaremos la medianoche sin rastro de Ángel ni Jose, sin saber qué hacer.

De repente, desde el exterior, alguien nos reclama. Luis sale, vuelve: Se ha vaciado el temazcal, anuncia, Nos toca a nosotros.

La expectación se contagia. Hay que apresurarse. Con urgencia me desnudo, me preparo para el ritual. La lluvia ha amainado, golpea con suavidad el techo junto a la entrada del temazcal. Bajo ese porche se viste un grupo de personas con la mirada ausente, repartiendo una sonrisa bobalicona, casi ida: son los efectos del antiquísimo baño de vapor. Nosotros, por nuestra parte, ya nos hemos organizado en fila india, alternando sexos. Mi piel se eriza del frío, descalzo, cubierto con una ligera toalla como me encuentro. Los otros apenas usan ropa interior. Hay quien se ha adornado la cabeza con una pluma y quien bajo el brazo acoge un rústico instrumento musical.

Uno a uno, los miembros de la hilera se van arrodillando y desaparecen. Yo también me ajusto, a cuatro patas, y penetro en aquella concavidad umbrosa y, dentro, rodeo su centro hundido, me siento donde me indican mis compañeros.

Cuando por fin entramos todos, la puerta se cierra y la negrura total nos envuelve. La voz de un señor, muy cercana a la entrada, nos da la bienvenida. Supongo que es brasileño, por el acento y la suavidad consonántica, se llama Mauro y se encargará de conducirnos por las Cuatro Puertas del temazcal. Brevemente nos describe los beneficios del baño, una práctica que sigue desde hace ya dos décadas. Se respira cierta agitación en el aire húmedo y oscuro. Luego hemos de presentarnos ante los demás y exponer nuestra intención, nuestro deseo, nuestro objetivo con este viaje. Bien superamos la docena. Además de los estudiantes de Jose, la embarazada, los pintores, los primos quinceañeros, nos acompaña un trío de esotéricos del DF que practica la telepatía y la sanación a distancia. Cuando me toca hablar, me apresuro.

Mauro abre la entrada del temazcal y, desde el exterior, unas voces anuncian la entrada de las piedras calientes, conocidas, en la tradición mexica, como las Abuelitas. En efecto, vemos cómo una enorme pala con rocas incandescentes penetra en el temazcal y desploma su contenido en el centro. A cada nueva descarga, coreamos un Bienvenida, Abuelita Piedra, hasta que el centro del temazcal se tiñe de rojo vivo. Entonces, la entrada se cierra y, en la más suprema oscuridad, se da por iniciada la Primera Puerta. La temperatura inicia su ascenso.

La Primera Puerta, nos explica Mauro, está dedicada al principio masculino. Mientras habla, el guía vierte agua sobre las piedras, provocando siseantes nubes de vapor. Los cantos colectivos se inician, acompañados del tantán. Poco a poco, el calor se va desplegando, se inflama, invade cada hueco y los poros del cuerpo se dilatan, el sudor gotea. De vez en cuando, unas olorosas e imprevistas hojas nos sacude el rostro, refrescan.

La embarazada no tarda en anunciar que siente náuseas. El guía la anima a tolerar un poco más el vapor, pero la joven no aguanta y solicita permiso para salir. Sus manos temblorosas se apoyan en mi hombro cuando rodea el círculo de piedras central. Arrodillada, sale y una luz mínima del otro lado, un mesiánico frescor, nos consuelan por unos instantes.

Proseguimos cantando. Un delicioso té circula en dos tazas, saciando nuestra exigente sed.

Se presenta la Segunda Puerta, que honra a lo femenino. El guía le cede la palabra a Nora, que con su dulce voz anima a todas las mujeres presentes a rescatar su espíritu de guerreras. Luego entona una bellísima melodía y los demás la secundamos: su voz recuerda el sonido de una linda flauta, el vuelo de un colibrí. Se propone que las féminas sugieran alguna actividad: una propone acariciar a nuestro compañero vecino como si nuestras manos tuvieran ojos. En la negrura recorremos el cuerpo próximo con ternura y respeto. Otra nos invita a abrazar al de al lado como si contuviera el espíritu de una mujer importante en nuestras vidas. Rondan los abrazos en eterno agradecimiento. También gritamos al centro palabras de amor recordando a nuestras madres y abuelas. Más cantos. Abandonan el temazcal los adolescentes y dos estudiantes de Jose. Más té.

Antes de la Tercera Puerta, el calor se ha vuelto tan intolerable que, a petición de varios, el guía desbloquea la entrada y permite que la corriente nocturna se filtre levemente. Nuestro gozo dura poco, pues se avisa la llegada de más Abuelitas. Las palas regresan, cargadas, y el calor ataca. La entrada se cierra.

La Tercera Puerta representa la luna, la oscuridad, la muerte. El guía otorga esta vez la palabra al trío del DF. Estos proponen una meditación a través de unos mantras; yo no me estoy sintiendo bien. Hemos de enlazar nuestras manos con las del compañero, mantener una postura erguida y justa, concentrarnos en la respiración por la nariz. Uno de los tres esotéricos presenta el mantra, increíblemente hermoso. Lo seguimos, repetimos cantando. No sé cuánto voy a aguantar, sé que algo no funciona. Coreamos el mantra más fuerte, al unísono.
– Pido permiso para salir -interrumpo.

Rodeo los cuerpos calientes, me arrodillo, doy las gracias, salgo a la noche mojada y vomito la cena. Bajo mis pies, el suelo da vueltas, como en la peor de las borracheras. Continúo vomitando. La toalla se cae.
Uno de los jovencitos aparece:
– ¿Estás bien?
Levanto la cabeza y lo miro para responder, pero una arcada me dobla en dos. Sé que lo oigo alejarse. A tientas, regreso a la sala, donde una camilla, me cubro con una manta, mi cuerpo tirita.

Irrumpe una joven vestida de blanco.
– No te preocupes -se me acerca-: Está bien si vomitas. Tu cuerpo ha reaccionado, se ha limpiado.
Me pide que me recueste boca abajo. El frío ha desaparecido. Simplemente no tengo fuerzas. Cuando me doy la vuelta, lo primero me pregunta es si padezco problemas al caminar o de pies -recuerdo el diagnóstico de Jose aquella misma tarde. Entonces me masajea las piernas con firmeza y luego la espalda. Menciona un desequilibrio de energías mientras me cruje los huesos a su antojo. Yo me dejo: estoy débil pero con suficiente consciencia como para agradecer el segundo masaje del día.

Luego me hace girarme boca arriba. Explora principalmente mi pecho, y luego mi ombligo que comprime rítmicamente, acompañando cada presión con una inhalación, un giro de cabeza y un eructo. Aprieta, inhala y eructa. Aprieta, inhala y eructa.

Desplaza sus manos a lo largo de todo mi cuerpo y, cada tanto, chasquea sus dedos en el aire, como para deshacerse de la energía innecesaria o nociva. Por último se sitúa detrás mía y coloca sus pulgares en mi entrecejo. Entona una dulce canción. Mi respiración se ha calmado, me siento casi volar.
– Si te apetece -dice antes de marcharse-, cuando estés listo, puedes reunirte con nosotros en la casa.

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