Mi pequeña muerte no es el orgasmo


Volví a dormir como un bebé. Con la persiana apenas bajada y la ventana entreabierta, de manera que en la mañana los sonidos y la luz flotan libres por el cuarto. Adoro y agradezco este momento: me desperezo sin prisa sobre la cama, estiro los músculos y, poco a poco, permito que mi cuerpo se acomode al nuevo día. Dicen mis padres que este colchón es muy cómodo. No recuerdo cuánto hace que reemplazaron el viejo, el que usé de adolescente.

Por fin me levanto. Como de costumbre, mi padre ya anda en la cocina y exprime naranjas.

– Buenos días -lo saludo con un beso.

Localizo la cafetera, la armo, pongo al fuego. Aún no me sacudí la somnolencia. Después salgo, con el vaso de café humeante, a la terraza. Se presenta una mañana inmejorable. El cielo brilla limpio y celeste. El barrio se mueve tranquilo y una brisa festiva acaricia desde el mar. Nada mal para mis últimas horas.

Llegué hace diez días a Málaga. Necesitaba un respiro a las exigencias y rutinas del Berlín donde vivo. Quería descansar. Estar con los míos. Fácil, sin complicaciones. Y ha dado resultado. Sigue dando resultado. El vuelo de regreso es a la tarde.

Mi madre aparece. Suele ser la última en levantarse y también bebe café. Cada uno nos mantenemos fieles a nuestros rituales. Yo no me he movido de la terraza. El sol se puso tierno y, de seguir así, todo apunta a que visitaré la playa para el baño de despedida. Mis padres salen a hacer sus recados y recupero un articulo que quiero publicar en el blog.

Es sólo durante la preparación de la mochila que me asalta: El Vértigo.

Lo siento cuando doblo la toalla. Mientras relleno la botella de agua. Al buscar el protector solar que, para colmo, después, olvido.

Ya estamos, me digo. Y eso que creía que lo tenía controlado.

Al menos, esta vez se retrasó. Otras, me asalta un día, dos, incluso una semana antes. Me refiero a la zozobra estúpida que me ataca cuando me marcho de un lugar. Automática, indefinible, ilógica también. Parece que al largarme de un sitio, mi cerebro flaquea: se empeña en enviar coordinadas raras, me confunde los espacios y desestabiliza mis rodillas. Un fantasma vive, de pronto, en mi estómago y camino con toneladas de piedras en los bolsillos…

Menos mal que en la playa se pasa. Se pasa completamente. Ya no existe. Y mientras me baño, mientras me seco al sol, mientras regreso al mar, analizo esta ya familiar desesperanza en un intento por descubrir sus razones

De acuerdo que en Málaga se está genial: el clima acompaña, me sobra el tiempo libre y todavía no acabé el lote de croquetas que mi Tata llevó a casa. La gente, además, sonríe por la calle y las cajeras del super me llaman Guapo, Cariño y Corazón.

En Berlín me pesan las cuarenta horas de oficina. Las caras resultan blancas e inexpresivas. El idioma incluye declinaciones y verbos separables. Profundizando en detalles, los dependientes del Lidl no me lanzan piropos a la cara sino la compra por los aires cada vez que paso por caja. Cometí el nefasto error de chequear las temperaturas de la capital y ni superan los ocho grados. Una inusual ola de frío, leí por Internet. Danke schön.

Pero en realidad, reflexiono, si cambiase de escenario, la zozobra persistiría. Si el recorrido se diera a la inversa, todavía me invadiría este acojonamiento. Lo que me hace deducir que destino y origen quizá no sean tan relevantes. Que se trate, a lo mejor, de un miedo al movimiento.

Para corroborarme elaboro un listado mental de partidas apesadumbradas: Savanaket, Tad Lo, Alice Springs, Edimburgo, Real de Catorce, Livingstone, Flores… la cuenta no tiene fin. En cada partida, un descorazonamiento horrible, como si me perdiera algo, como si las cuentas no cuadrasen o me saltase la norma secreta. Desisto en las conjeturas. El calor aprieta demasiado. Me relajo nadando.

A la vuelta, mi papá no está en casa y mi madre sugiere que almorcemos en un bar del barrio. Celebro la idea. Esperamos en la puerta del local hasta que nos dan mesa, pero luego atienden rápido Primer plato, segundo. Mi hermana me llama al móvil y aparece antes del postre. Se rizó el pelo esa mañana en la peluquería. Trae una foto de su viaje a la India que quiere que me lleve.

Recuerdo en mi infancia las despedidas de una tía que vive en Suiza. Cada año, mi tía pasaba un mes o así de vacaciones en Málaga, normalmente en verano. Me encantaba que viniese: siempre traía regalos y emanaba cierto aire de exotismo. Formaba parte imprescindible del devenir del verano: la visita de mi tía. El día que mi tía se marchaba, nos reuníamos en su casa toda la familia a despedirla. Mi abuela, mis tías y mi madre aguantaban lo que podían pero al final, una empezaba a llorar y, en seguida, todas la imitaban. Y esta escena se repetía cada verano.

Supongo que tengo facilidad para hacer amigos cuando viajo y creo que esos amigos, de alguna manera, se convierten en mi familia. Puede ser buena suerte, destino o un ángel de la guarda, ¿quién sabe? En cuanto llego a un lugar, la gente abre sus puertas, me da cobijo y nutre. Nacen códigos espontáneos y también los apegos. Por supuesto, si recibes este cariño, la estancia se hace fácil; se disfruta, se dilata y, de alguna manera, la despedida duele. A mi lado contemplo el flujo imparable de viajeros que agarran la mochila y se largan al siguiente puerto mientras yo, que he vuelto a edificar mi templo, retraso y retraso la llegada de ese día.

Después del café, camino con mi madre y mi hermana de vuelta a casa. El aire se ha embravecido y sacude las ramas de los árboles del barrio. Se respira cierta turbulencia en el ambiente. Sin apenas darnos cuenta, mi hermana y yo terminamos acostados en sendas camas, en mi antiguo dormitorio. Vuelvo a este colchón formidable. A un estado de pseudo vigilia.

En Cali trabajé en un hostal donde, después del almuerzo, y por al menos dos horas, tanto huéspedes como dueños se despatarraban en los tresillos a sestear sin remordimiento, roncándole a la oreja de cualquier recién conocido. En el hotel de Antigua, Guatemala, las barbacoas domingueras producían un efecto narcótico y a media tarde butacas y sillones se poblaban de soñadores. En Mazunte me acomodaba en la hamaca del porche de casa pero apenas dormía porque Polo, el casero, venía a curiosear mis lecturas y escritos.

Poco después me espabilo. Empaco mi modesto equipaje: el ordenador portátil, cuatro trapos y varias especias de Marruecos que mi madre me regala. De la cena sobró tortilla de papas que aprovecho para un bocadillo. Lo envuelvo y guardo en la mochila. Me sobra experiencia partiendo. Pienso en los pueblos nómadas, en vías de extinción, en su eterno movimiento, su circularidad. En la chispa underground de los protagonistas de On the Road de Kerouak. En los nuevos Ulises, siempre ávidos de aventuras y puertos lejanos. Me encanta viajar, lo sé, pero algo en mi interior se opone al movimiento y escoge mirar atrás. Desea fijarse. Permanecer quieto.

Recuerdo, en concreto, un viaje horrible del DF a San Cristóbal de las Casas -un recorrido que ya había hecho en un par de ocasiones previas. Sufrí tal inquietud que casi cancelo el trayecto. El pavor de partir de Boyacá para volver a Bogota, una ruta en bus de apenas cuatro horas. Cuando volé a Berlín, el invierno pasado, después de dos años sin pisar Alemania, me dormí durante el despegue de puro nerviosismo. Como si nunca hubiese volado. Como si no conociera la capital. Como si la experiencia no hubiese más que probado, que con cada viaje creces, con cada partida se abren nuevas puertas, nuevos misterios.

Mi padre y mi hermano llegan a casa. Me van a llevar al aeropuerto. Mi hermana sale a recoger a mi sobrino del cole y no tardan en regresar. Por fin estamos todos en casa para la despedida

Hace muchos años, en los bosques de Escocia, una mujer me leyó el futuro en las cartas. Me auspició una vida repleta de viajes. Dijo que viajaría hasta la vejez y que de cada destino me llevaría un hermoso recuerdo. Ojalá sus predicciones no sólo se cumplan en esta vida, sino también en las siguientes reencarnaciones. Necesito tiempo para viajar y conocer mundo, pero sobre todo para regresar a aquellos lugares, reencontrar a esa gente que se cruzó en el camino.

Mi madre no suelta demasiadas lágrimas. Junto con mi hermana me acompaña hasta el ascensor, donde mi hermano y mi padre, esperan. Tenemos tiempo de sobra aunque yo tema que el mundo se ha conspirado en mi contra para que pierda el vuelo.

Luego, de camino al aeropuerto, asisto a una discusión entre mi padre y mi hermano a la más pura tradición familiar. Son diez minutos de gritos e insultos por la falta de aseo del coche que, de pronto, se transforman en chistes y en conversación relajada. La tarde se mantiene cálida, repleta de sol

En el aeropuerto, los vigilantes incordian si los vehículos se demoran demasiado y aunque podríamos apurar , esta inquietud no me lo permite. Se suceden los abrazos y besos y espero a que los míos arranquen el coche. Les digo adiós con la mano.

Me ha dado hambre. En cuanto cruzo el control de seguridad, me siento y saco el bocadillo. Mi vuelo parte en cuarenta minutos.

Siempre habrá motivos para quedarse. No faltarán razones para volver.

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