Madrid Astros Estrés


Dice Diego, medio en broma, que Madrid tiene capacidad para tres millones de personas y viven siete. Ignoro dónde encontró esa estadística pero el viernes noche, cuando me apeo del cercanías en Sol, ya intuyo la providencia de sus palabras. Gentes de todos los colores y peinados, de todas las edades y direcciones, suben y bajan, escriben y llaman, charlan y corren en un estado febril, casi de emergencia, festejando la oportunidad del fin de semana aunque, conscientes, a su vez, de su implacable caducidad. Contemplo con afán de entomólogo la estación, que asemeja un hormiguero desbordado, hasta que una señora, de un codazo formidable, me empuja para adelantarme en la escalera mecánica. Aquí, como pestañees, pierdes, parece sugerirme. Aun así, cuando irrumpo al exterior, a la plaza, vuelve a deslumbrarme la marabunta humana: Cuánta gente, le escribo a la Pelona. Madrid is crazy.

Así es cómo lo percibo. Había llegado a la capital unas semanas atrás para dar una charla sobre astrología y sentía que el tiempo se había escurrido veloz, en cuestión de segundos, como a cualquiera de los que, a mi alrededor se movía desenfrenado.

Me había costado. Al menos, al inicio. No es que desconociera Madrid ni por vez primera pisara una megaurbe -véanse el DF, Bogotá, Bangkok-, pero de poco servían las previas visitas de tránsito a la capital o las escapadas clubbing relámpago, con más volátil vida nocturna que otra cosa; ahora era el momento de ponerse las pilas, chuparse atascos, transbordar, esprintar por los pasillos y arrear codazos en defensa propia para no perder el siguiente vagón. Y no quedaba otra: mientras batallaba por ajustarme al ritmo afilado de la Pelona -mi anfitriona, a tiempo completo ocupada con su trabajo y la maternidad- distribuía mis horas entre la preparación de la charla, cierto turismo aleatorio y el reencuentro con colegas. Todo bajo la sombra imperceptible de un desasosiego que, inexperto, replicaba con creces. Al menos, contaba con el apoyo del clan Bedia, que incluía a Mari, mi otra anfitriona, peluquera vocacional y estupenda samaritana; pero, sin el menor asomo de duda, Madrid me estresaba.

Así fue que, como un rayo, crucé el día de la charla, realicé mis primeras consultas y el sábado, de pronto, visitábamos Toledo y alrededores. El domingo despedía, desorientado, una semana inédita, productiva, agitada

Mis amigos comenzaron a manifestarse en función de sus horarios. Nuestras citas cumplían, además, la misión de saciar el estómago e instruirme en el ocio capitalino. Si con Tinín y Laurita me estrenaba ante las pizzas del Vesubio, los hedonistas Raquel y César se encargaron de mostrarme Casa Mingo, famosa por su sidra y su pollo, y las cañas baratas de El Museo del Jamón, frente al Mercado de San Miguel. En Lavapiés, con Diego, repetiría en El Rincón Guay; y por Chueca, en El Tigre, nos hincharíamos de fritanga barata.

Se diría que la pregonada crisis no causaba estragos, ni tampoco el frío seco del inaugurado otoño pues las terrazas y restaurantes exhibían, en todo momento, una clientela insaciable.

– Algunos tienen, pero la mayoría vive en números rojos, por encima de sus posibilidades -sentenciaba Mari mientras degustábamos un rioja en el Stop Madrid de Hortaleza.

Diego, por su parte, insistía en la mendicidad palpable entre las filas del comedor de Jacinto Benavente o en la nocturnidad sonámbula que rondaba la Plaza Mayor.

Saturado de vida social, y con la barriga confusa, decliné en un último momento la invitación a un restaurante chino en Vallecas.

Y mientras Madrid engullía, gastaba y polemizaba, frívolo, sobre la apertura del Primark de Gran Vía, recibí, ilusionado, una nueva propuesta: otra charla, esta vez, para un Círculo de Mujeres, en el barrio de Fuenlabrada.

Debido a la naturaleza del grupo, me esforcé por elaborar un guión que se centrara en el arquetipo femenino, abarcando desde los signos negativos -de funciones receptivas y fusionantes-, a las casas de agua -o escenarios de la carta subconscientes- así como Venus y la Luna, símbolos respectivos, del erotismo y los valores; y de la familia y la maternidad. La intención era subrayar cómo una falta de sintonía entre dichos elementos podía generar comportamientos compulsivos en pareja, rechazo a la sexualidad y al embarazo, disonancias con la madre y otra larga gama de complejos según la idiosincracia del signo que ocupasen. Pero, en cualquier caso, independiente del contenido, las charlas, al final, siempre apuntaban hacia un objetivo esencial: dar a conocer la astrología.

No importa si no crees -y teniendo en cuenta la simplificación del horóscopo del periódico o la mala fama acumulada con tanto embaucador vidente, hasta resulta razonable- pero nunca está de más pasear, con curiosidad, por los orígenes de una tradición que se remonta a hace más de cinco mil años, repasar su relevancia histórica y su peso académico, admirar sus continuas alusiones a la mitología o declamar sus simbólicas apariciones en la obra de Dante, Shakespeare, Borges o García Márquez. El público, en general, se divierte; les doy carta blanca para que opinen y pregunten a su antojo y siempre gano bastante clientela.

En esta ocasión, la velada se desplegó fantástica. Una de las presentes había traído su carta y, sin tapujos, la ofreció para que la analizáramos como ejemplo. Lo cierto es que habríamos podido extendernos hasta bien tarde, pero la mayoría eran mamás con críos a quienes servir la cena. Pasé mi contacto; algunas ya se interesaron por una consulta en privado.

Cuando el viernes amanecí, mi cortisol, sin piedad, reclamaba desmadre. Una llamada de Raquel bastaría para acabar a la noche en Callao, bebiendo aparatosos gin tonics y continuar, más tarde, en la Sala Cool, quemando zapatillas. Madrid nos programaba una juerga comprimida y costosa: a las seis de la mañana comprobé, iracundo, cómo cortaban el techno, prendían las luces y nos mandaban a la calle a seguir gastando. Los vendedores de latas y pulseritas para el consecuente after acechaban a la puerta de la discoteca, puntuales como un reloj; opté por retirarme. Despedí a mis amigos, sorteé la audiencia, salí hasta Gran Vía, de camino, regreso a casa. Y aquella delicia de paseo bien hubiera merecido toda mi estancia en la ciudad.

La madrugada me regalaba un ajetreo reciclado: más opaco, más etéreo, más brillante y oscuro. Luces de autos y farolas; personajes solitarios, parejas y grupos; turistas y nacionales; mendigos y borrachos; cafés para llevar y comida rápida. En una esquina, un señor de ropas roídas sonaba la guitarra aplaudido por adolescentes. Sentados a un escalón una pareja latina confiaba sus penas a oídos de toda la avenida. Una travesti descomunal se contoneaba amparada por una comitiva gay y unos muchachos rapeaban entorno a un radiocasete ochentero. Me abordó un británico de lengua enredada para preguntar por cigarrillos. Una prostituta mulata quiso retenerme de su mano. Yo sonreía, fascinado y perplejo ante aquel milagro de fauna.

Hubiera caminado por horas pero, poco después, a mediodía, volvíamos a escapar de Madrid, esta vez rumbo a la sierra segoviana. A través de la ventanilla del coche discurría un paisaje tormentoso e inmenso, tan alejado de los contornos salados a los que Andalucía me acostumbraba. Visitaríamos, fugaces, la villa de Fresno de Cantespino; en la coqueta y medieval Ayllón admiraríamos su plaza y claustros, así como las vistas junto a La Martina, la torre vigía; en Riaza llenaríamos las garrafas con agua gélida de su pilón.

La tarde del domingo me organizaba, refugiado en el porche de la casita donde nos hospedábamos. Llovía suavemente y olía a tierra fresca; un abundante rebaño de ovejas pastaba más allá de la verja, al final del camino. Después de una serie de llamadas había conseguido organizar las consultas para la semana siguiente. Además, me faltaban amigos por citar y estaban, por supuesto, aquellos que deseaba volver a ver. Mi familia, desde Málaga, me reclamaba para un cumpleaños histórico y en una cafetería de Lavapiés se barajaba la posibilidad de un taller astrológico.

Agarré mi chaqueta. Tan sólo se oía el susurro de la lluvia, algún débil cencerro. Necesitaba paz.

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