La puta del tren


Hace ya unos años —fue mi primer invierno en Berlín— trabajé para una compañía-tiburón que enviaba a sus empleados a Amsterdan de juerga. Unas minivacaciones para engatusar el cerebro y diluir cualquier atisbo de espíritu emprendedor. Siempre antes de las Navidades.

Pues bien: sucedió que durante aquella escapada, a media Europa la asoló un temporal. Se cancelaron un sinfín de vuelos, las autopistas colapsaron e incluso el tráfico marítimo se detuvo. Para colmo, cuando por fin pude llegar al aeropuerto Easyjet me negó el embarque de regreso porque mi DNI estaba caducado. Tuve que despedirme de mis compañeros y volver a la capital a pasar la noche. Al menos, el tiburón pagaba mi despiste. A la tarde siguiente, subí a un tren con rumbo a Alemania.

De la primera parte del trayecto conservo un recuerdo estático. Me veo de pie con la maleta entre las piernas, asegurado a una barra. Voy en un vagón atestado de caras mustias, que huele a fritura. Y más allá de los cristales sólo oscuridad y nieve.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude sentarme. Luego el asiento al lado mía quedó libre, el aire poco a poco se aligeró y mi humor también. Recuerdo que saqué una novela de Baricco —Castelli di rabia, creo— y me auguré sosiego por el resto del viaje. Cuánto me equivocaba. Apenas completé unas páginas, sintonicé una conversación o, mejor dicho, un monólogo a mis espaldas: de una muchacha, en alemán cavernario, un cotorreo sin control. Sonaba tan estridente que tuve que girarme y, filas atrás, reconocí a un anciano y a una morenita de melena muy rizada que a gritos hablaba de postres al horno mientras sacudía las manos cargadas de abalorios. Les cogí tremenda manía —sobre todo a ella— y para aislarme recurrí a los auriculares.

Cuando apagué la música, el tren viajaba en silencio. Apenas se distinguía el murmullo del vaivén en los raíles. Miré hacia atrás y comprobé que la muchacha, sin nadie a su lado, había prendido la lamparita del techo y concentraba su atención en un voluminoso libro abierto sobre los muslos. Se había recogido el pelo en un moño, como una palmera, y movía los labios, puede que al compás del texto. Intrigado, cada poco, la espiaba.

Después, al cruzar la frontera, el tren se detuvo. Según mi billete tocaba transbordar, así que guardé la novela, agarré los bártulos y descendí a una estación desierta. Flotaba un frío manufacturado en otra dimensión y no tardé en perder la conciencia de rodillas para abajo. Ya me flagelaba por mi pésimo destino cuando en la puerta del vagón apareció ella, tan menuda y ardiente, batallando con una maleta exagerada:

— Soll ich Ihnen helfen? —pregunté.

Me ocupé de la valija. Y luego de otra, reluciente y todavía mayor. Nuestros acentos nos revelaron y en seguida me enteré que la chica era dominicana y también viajaba a Berlín.

— Menos mal, mi amor —dijo—. Necesitaba —y puso especial énfasis en el verbo— hablar español.

Dijo que se llamaba María. María-algo-más, pero que todos la conocían como María-a-secas. Era bonita, delgada y hasta frágil; con botas de tacón, pantalones ajustados y un abrigo muy peludo. En sus dedos brillaban un montón de sortijas, las muñecas tintinaban de pulseras y la envolvía un perfume denso. Sacó tabaco de un bolso de marca y me ofreció un cigarrillo:

— ¿Tardará mucho?

Apenas logré encogerme de hombros. Estaba congelado.

—No soporto esperar —confesó ella.

Se dedicó a fumar y a taconear mientras aguardábamos en el andén.

Cuando el tren llegó, le subí el equipaje y me pareció normal sentarnos juntos. De hecho, nada me resultaba más sensato: Teníamos que compartir aquella odisea a través del invierno y la curiosidad me entusiasmaba, como a un crío. María, feliz por comunicarse en su idioma, me explicó que venía de visitar a unos amigos en un pueblo holandés. Vivía desde hacía cuatro años a las afueras de Berlín y traía la maleta repleta de regalos para sus hijos.

Le ofrecí chocolate negro que había comprado en Amsterdam.

— Me encantan los dulces —dijo.

Sus manos parecían delicadas; las uñas largas, la manicura perfecta. Se había quedado en un suéter que contenía sin tapujos sus rotundas tetas. Me preguntó por mi familia y mi lugar de origen. Parecía inquietarle que yo pasara las fiestas solo.

— ¿Y tú crees en Dios?

— Más o menos.
— Para mí, Dios es lo más importante de mi vida —aceptó otra pastilla de chocolate.

Entonces añadió:

— Bueno, mi amor, yo es que en realidad trabajo como puta.

Me pilló desprevenido; tanto que lo que respondí fue:

— Vaya… ¿Y… estás contenta? ¿Te gusta lo que haces?

No me cabe duda que a María mis preguntas le parecieron muy razonables. Aún así se demoró en contestar. Lo primero era saborear el cacao.

— Bueno, mi amor… —dijo por fin, todavía con la boca llena—. Ahora estuve en este pueblo que te comenté. Mes y medio, por sacarme un dinero y también porque llegan las Navidades. Hay que comprar regalos a mis hijos y esas cosas…

Rebuscó en su bolso:

— Mira.

Me tendió una tarjeta con un teléfono y una dirección de un lado y, del otro, la foto de un tipo bigotudo rodeado de féminas, en la barra de un bar. Era una imagen casposa, más ridícula que profesional:

— ¿Aquí es donde has trabajado? —pregunté.
— Así es.
— ¿Y este señor quién es?
— El dueño.
— ¿Y estas son tus compañeras?
— Así es.

Definió al patrón como alguien bonachón, un señor ya jubilado que las alimentaba bien y tenía siempre un médico a disposición de las trabajadoras. Y es que en Holanda, según María, lo de la prostitución era otro nivel.

Volví a estudiar la instantánea: parecía el cartel de una peli de los setenta. Un erotic-spaghetti-western-manneken-pis.

— Esta es Sabrina, de Polonia. Y esta Karen, de Ucrania.

Nombró a otras. La mayoría venía de Europa del Este.

— Con algunas, al principio, tuve mis problemas —indicó que no quería más dulce—. Sobre todo cuando ven que una gusta.
— ¿Mucha envidia?
— Claro, mi amor. Llega una nueva que arrasa con todo y las otras se revolucionan… Y es que las mujeres somos muy putas… —se rió con su propio chiste y me mostró unos dientes, lindísimos—. Y yo con este cuerpo, con estos pechos… pues imagínate. Pero al final me las gané a todas.

El sistema en el burdel era más antiguo que el hilo negro. El cliente tomaba su copa, las muchachas se arrimaban y él decidía. El patrón estipulaba las tarifas con sus correspondientes comisiones. Por supuesto, en privado, las normas cambiaban.

— Una sabe hacer sus cosas para ganarse un extra… Además —añadió—, yo tengo mis trucos para que se vayan en seguida. Cinco minutos: chucu-chucu-chú —agitó una mano—, ¿qué digo? ¡Menos! Y listo.

Gracias a sus malabares, María casi se había doblado el sueldo. Uno de los clientes solía dejarle formidables propinas; se se había enamorado de ella y hasta le propuso casamiento.

— Me pagaba por no hacer nada, por estar a su lado —dijo—. Hay tanta gente sola que lo que quiere es hablar.

En el local el resto del tiempo se cumplía una vida doméstica. Se lavaba, cocinaba, visitaba el pueblo o se la pasaban conectadas a Internet. A veces se peinaban o disfrazaban. También se discutía. Casi todas tenían un hijo al que echaban de menos, el corazón roto por algún desamor, deudas y/o adicciones.

Me contó que la ucraniana había enfermado grave y ella la cuidó con mucho cariño. Otra chica quedó embarazada y tuvo que abortar. A una la echaron por consumir demasiado.

— Los clientes te ofrecen y también te piden cosas raras, muy raras.

No quiso entrar en detalle.

— Que Dios me perdone si en algo le falto.

Por su cumpleaños las chicas le prepararon un pastel de manzana. Le habían regalado ropa interior, adornaron con guirnaldas la cocina y uno de los salones.

— Se lleva una un buen recuerdo, ¿no? Hay que dejar las puertas abiertas nunca se sabe.

De pronto me miró como si hubiese descubierto algo milagroso en mi rostro:

— Tú pareces muy buen hombre.

Me preguntó la edad. No reveló la suya, pero seguro que era más joven que yo

Luego, cuando callamos, extrajo el libro grueso de antes —resultó ser una Biblia de estilo medieval— y lo abrió donde la cinta indicaba. Permanecí quieto, a su lado, relajado, gozando del mecer del tren. María seguía con un dedo los versículos y musitaba hasta que se quedó dormida. Rescaté la Biblia y la devolví al bolso que tenía a los pies. Parecía una niña pequeña, una niña vieja. Unas finas arruguitas le brotaban de los ojos.

— Mira —me dijo al despertarse y se sacó de entre los pechos una cadena con colgante—: Mis hijos.

Era una de estas chapas hortera con el grabado de dos críos.

— Tienen tres y cuatro años.

Vivían con el padre, en Berlín.

— Antes no me dejaba verlos —explicó.

También tenía más fotos. Sacó una cartera y en su interior vi estampas de santos, calendarios, otra tarjeta del burdel que me obsequió y más retratos.

— Estos son mis hijos en Santo Domingo.

Llevaba nueve años sin verlos. Volvió a preguntarme por la Nochebuena, si extrañaba a la familia, qué se comía en España, ¿qué me parecían los alemanes?

A la entrada a Berlín le tocaba apearse. Intercambiamos números de teléfono y la registré como «María-a-secas». Luego empujamos las maletas hasta una de las puertas —faltaba poco para la estación—, nos abrazamos, deseamos felices fiestas y celebramos la fortuna de habernos conocido.

Cuando el tren se detuvo, ya no habíamos prometido reencontrarnos pronto. María descendió y yo le tendí los bultos.

— ¿Te apetece venirte? —me preguntó en el último momento.

— Mañana trabajo —fue mi excusa.

Asintió resignada, me mandó un beso y la vi alejarse en el andén.

Por supuesto, nunca nos llamamos. El tiempo, desde entonces, ha volado, como de costumbre. Perdí aquel móvil con todos los contactos, los inviernos de Europa se han suavizado y en mi nuevo empleo ni me regalan los buenos días.

Sin embargo, durante mi última mudanza surgió la tarjeta del burdel y se removió mi memoria. La he colgado con un imán en el termostato: por el lado casposo, claro, el de la barra del bar, con el bonachón y las chicas y en la cual María no aparece.

Dudo que ella aterrice en este cuento —a pesar de su pasión lectora— pero no hay que perder la esperanza.

Entre tanto, si alguien sabe de esta mujer encantadora, de nombre María, María-a-secas, que le pase urgente mi sincera dedicatoria:

ERES GENIAL.


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