La crisis de los cuarenta: ni demasiado viejos, ni demasiado jóvenes


Me pasó que entre los amigos de Berlín y los de Málaga ya sumo unos cuantos que no terminan de aclararse con sus vidas. Uniendo cabos, resulta, además, que todos rondan la cuarentena. Y como mucha gente me encuentra cara de diccionario, no falta quien me pregunta: Oye, ¿tú sabes qué le pasa a Fulanito? ¿Por qué está tan raro Menganito?  A ver, dinos, ¿tú qué crees que les pasa?

Lo normal, entonces, es que me encoja de hombros y suelte un ¡Yo qué sé!, para luego añadir: Pues tendrán la crisis de los cuarenta…

La crisis de los cuarenta: aquella idea vaga

En realidad, si contesto así, es un poco por salir del paso y no porque tenga demasiada idea. Esta crisis, también conocida como crisis de la mediana edad, siempre se me había antojado una noción borrosa -aunque ya me quedan menos para cumplir los cuarenta-; un mito que intuyes que puede existir cuando descubres que tu vecina se ha divorciado y se ha requetesoltado la melena. O que ese colega de tu padre se ha hecho fan de las cremas de belleza y corre, o intenta correr, maratones una vez al mes. El cine y la literatura, además, colaboran en la preservación de los tópicos: desde American Beauty, a Come, Reza, Ama pasando por los relatos de John Cheever o la Lolita de Nabokov. Historias de divorcios, de sueños frustrados, búsquedas espirituales y flirteos con jovencitas.

Mis colegas, con menos parafernalia que en la ficción, también padecen lo suyo: hay quien no tiene pareja, quien la tiene y no la aguanta, quien detesta su trabajo, quien quiere cambiar de ciudad y hasta de nombre. En todos anida, en cualquier caso, una especie de desaliento, de desorientación. El pasado se aleja indescifrable, el presente los bloquea con una marea de opciones que no termina de convencer y el futuro… el futuro es incierto y hasta casi pesimista. Y sobre todo, y en sus propias palabras, mis amigos se quejan de vivir en un tiempo y unas situaciones para las que se descubren demasiado viejos o demasiado jóvenes.

La crisis de los cuarenta en astrología: Urano, el despertador

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Maitena y la crisis de los cuarenta

 

Si me lees o conoces, sabrás que me pirran los astros y que me empeño en analizar todo mediante el zodíaco y mis pajas esotéricas. La crisis de los cuarenta tampoco se escapa y en astrología se tiende a explicar echando mano a los tránsitos planetarios. Estos no son otra cosa que los aspectos que los planetas en el cielo forman respecto a los planetas de cada carta natal. Así, esa época -en realidad, podría iniciarse a partir de los 38 años y prolongarse bien pasados los 45- coincide con las cuadraturas y la oposición de los planetas más alejados del sol -Urano, Neptuno y Plutón- a su ubicación original en la carta de cualquier nacido. Esto quiere decir que si, por ejemplo, he nacido con Neptuno en Capricornio -como los astros no paran quietos y continúan su viaje por el cielo- para cuando ronde los cuarenta, Neptuno se hallará en Aries, formando una cuadratura con mi Neptuno natal. Les adelanto a los menos iniciados en el horóscopo que cualquier cuadratura u oposición en la carta vienen a suponer un reto o, de una manera menos metafórica, un jodido grano en el culo.

De los tres planetas mencionados, sólo voy a centrarme en Urano, ya que creo que representa de manera muy clara muchos de los tópicos reclamados por la crisis de los cuarenta. Urano se asocia al inconformismo, la locura, la individualización, la rebelión, la libertad, el capricho, el romper ataduras y los cambios violentos. Cualquier contacto de Urano en nuestra carta -en este caso, la oposición al Urano natal- siempre nos va a llevar a cuestionarnos si estamos a gusto con lo que hacemos, si existen ataduras que deseamos romper, qué cosas nos tienen hasta las narices y qué hay dentro de nosotros que aún no tuvimos la valentía de expresar. Urano nos va a pedir honestidad. De hecho, a este planeta se le apoda el despertador: o espabilas o espabilas. Fijaos entonces en la analogía con todo lo que, según la literatura y el cine, se cuenta que sucede durante la crisis de los cuarenta: divorcios, romances fugaces y excéntricos, un embarazo imprevisto o esa maternidad tan anhelada, cambios de trabajo, mudanzas, el descubrimiento de la verdadera pasión, el gran viaje que cambia mi vida, un intento por aferrarme a la juventud perdida y drásticos puntos y aparte. La fuerza de Urano no se anda con medias tintas: si lo que creías que antes te servía, ya no vale, es muy posiblemente que no sirviera de mucho antes. Así que míster Uranito se encarga de hacerlo trizas y ¡hala! a empezar de nuevo.

Hace un par de días, sin ir más lejos, le hice la carta a un hombre de cuarenta y dos años. Era un tipo discreto, de estos que en la sesión apenas interrumpen  y sólo al final te revelan si has dado o no en el clavo de las predicciones. En cualquier caso, no me equivoqué con él: Este hombre –que tenia la casa 5 cargada de planetas en Libra– se había dado cuenta que ya no quería más a su pareja y había iniciado un período de soltería que coincidía con nuevas ofertas de trabajo y cierto caos familiar. Todo a tal velocidad que el tipo no alcanzaba a saber bien dónde tenía la cara.

– Es el despertador –le dije.

– Pues vaya si se nota…

Tampoco pretendo infundir el miedo de que a esta edad la vida nos va a dar la vuelta como a un calcetín. Siempre lo digo: toda carta es completa, todos somos todo y mientras más consciente cada uno sea de quién es y lo que le rodea, menos repercusión con los tránsitos. Lo que sí es probable es que si te has pegado un tiempito a base de autoengaños y mentiras piadosas, don Urano quizá te pase el cuestionario.

Por supuesto, siempre habrá que analizar la carta al completo, ver qué signos y qué casas se oponen. Yo, además, por deformación cabalística, también analizo los planetas en Libra -que rige el período de los 42 a 49 o el inicio de la segunda mitad de la vida. En la escuela de Huber usan la técnica de la Progresión de la Edad y estudian la casa 8, que corresponde con las muertes y transformaciones. De manera que detalles no faltan a los que recurrir si se quiere cualificar este período.

El astrólogo cordobés Rafa Cañete recupera en este artículo el concepto junguiano de enantodriomía, un bonito palabro con el que se compara el devenir de la vida con la elíptica del sol observado desde la tierra. Así, el nacimiento equivaldría a un amanecer y al atardecer le correspondería la muerte. Siguiendo con la analogía y de acuerdo con Jung, la etapa en torno a los cuarenta ocuparía el zénit o punto más alto del sol, el mediodía: esto, por un lado, bien puede expresar que algunas personas vean su mayor sueño cumplirse por estas fechas o experimenten un auténtico control sobre sus vidas, empoderados y vitales (nada de crisis, como veis). Pero Jung va más allá y lo que sugiere es que a partir de los cuarenta se produce una suerte de compensación o efecto péndulo que viene a transformarnos justo en lo opuesto a lo que hemos sido hasta entonces. Así, un tímido se volverá extrovertido; un irresponsable se hará sensato; un ateo, se volcará en la espiritualidad, etc. Una especie de equilibrio como en una balanza, un baile de opuestos, como el ying y el yang. Esta visión, en cualquier caso, me consuela: aún cabe la esperanza de que en esta encarnación pierda la virginidad y ojalá me de tiempo a una orgía o dos.

Y como ya estaréis hartos de pastiche new age, pasemos a la ciencia.

La crisis de los cuarenta y lo que dice la ciencia

Pues chicos, sin ponernos muy teóricos os adelanto que la Señorita Ciencia no termina de confirmar la  crisis de los cuarenta. Que sí, que la gente se deprime; que sí, que el personal sufre sus altibajos, patatín-patatán, a la bim-bom-bam pero los estudios concluyen que la insatisfacción, depresión y cuestionamiento espiritual pueden aparecer en individuos de edades muy diversas y atendiendo a factores socioculturales varios.

En lo que estos análisis sí coinciden en que a partir de los cuarenta se acumulan los llamados agentes estresantes: que si arruguita por aquí, barriguita cervecera por allá, que si los primeros achaques, que si sentimientos de culpabilidad por los sueños truncados… No es raro que terminemos atrapados en el período que Erikson denominaba de estancamiento.

Para esta etapa se han acuñado conceptos como el de generación sandwich, o ese intervalo en el que, además de cuidar de nuestros hijos, hemos de preocuparnos de nuestros mayores, que empiezan a necesitarnos. Más adelante, la muerte de nuestros padres puede suponer un golpe importante, sobre todo si coincide con una adolescencia rebelde de los hijos o la emancipación de estos (el síndrome del nido vacío). La menopausia podría incitar al varón a la búsqueda de aventuras con mujeres más jóvenes y fecundables. Pero si os dais cuenta, para entonces, entre una cosa y otra, ya llevamos diez años sin aclararnos las ideas  y no merece la pena andar tanto tiempo de crisis.

En realidad, la mayoría de estos estudios se plantean desde una perspectiva occidental. Posiblemente una mujer guatemalteca celebre su cuarenta cumpleaños rodeada de bisnietos mientras que una madre de Suecia acabe de destetar a su primer hijo, cada una con preocupaciones bien diferentes. Tampoco creo que un indio aborigen o un agricultor de Mozambique se cuestionen un ascenso o una nueva trayectoria profesional. Los análisis en sociedades hindúes y japonesas demostraron que los individuos de dichos países no sufrían crisis de mediana edad relevante. Así que menos rollo y más pan al bollo.

De todas formas, es interesante hacer mención a las conclusiones del estudio de Blanchflower y Oswald: la respetada curva U de la felicidad. De acuerdo con los economistas, el nivel de satisfacción durante la vida realiza la trayectoria de una U, algo así como que hasta los veinte años somos superfelices; luego, desciende nuestra satisfacción; desde los cuarenta a los cincuenta tocamos fondo y la cagamos; y, por fin, remontamos y volvemos a ser superfelices a eso de los sesenta o setenta. Un movimiento contrario al planteado por Jung.

Por último, deciros que una investigación exclusiva en chimpancés y orangutanes ha corroborado que estos animales siguen el mismo patrón en forma de U y experimentan un período crítico a mitad de la vida. Y ya sabéis que el hombre viene del mono y ante la duda, la más tetuda.

Entonces, ¿en qué quedamos? Crisis o no. 

Pues acabé por ponerme en contacto con Sabrina, mi psicóloga canaria, y con Edu, un colega de Granada, y de aquellas charlas llegué a la conclusión, de que si no es por un lado, por otro, la crisis nos viene. De pequeños, porque se trata de una etapa fundamental y nuestros padres lo hacen lo mejor que pueden; de adolescentes, porque la cara se te llena de espinillas y nos falla la cobertura; a los veinte… a los veinte no sé, pero algo seguro que hay. Y de oca en oca oca y tiro porque me toca y llego a los cuarenta, a los cincuenta y así nunca se termina.

En España basta con encender la radio o la tele para empaparte de crisis. Pero cuéntale a un mexicano o a un argentino de nuestros problemas, se partirán de risa por lo miedicas que somos. Así que o sí o sí, vivimos en tiempos de crisis: crisis forever & crisis is cool. Tanto que hay una tremenda proliferación de escuelas de autoayuda; el coaching se puso de moda y, ojo, que ya no se medita: ahora es mindfulness.

Quizá mi consejo más honesto sería que aprendiéramos a desdramatizar un poco. Al fin y al cabo, de esas crisis muy pocos se mueren. Si algo no te gusta, no esperes a los cuarenta -ni a los cincuenta ni a los quince-, empieza ya a trabajar por mejorarlo. Cada decisión y la vida se vive las venticuatro horas del día. Y basta con eso de que se es demasiado viejo o demasiado joven: cada uno que escuche y haga lo que su cuerpito serrano le pida.

*

Al final, para la próxima que me pregunten por Fulanito o Menganito, seguro que me encogeré de hombros, pero esta vez les pienso responder: ¿Y a ti qué coño te importa?

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Mil gracias por leer. Por compartir. Por comentar.

Nos leemos muy pronto.

Emilio P. Millán

 

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