Guadalajara, Jalisco


Once días, once (número mágico, dirán algunos), fueron los que pasé en la capital del estado, cuna de la música mariachi, famosa por la calidez de sus gentes –conocidas como los tapatíos- y por un contagioso e ineludible ambiente festivo. Sea lo que fuere, incluso me plantee si sería un lugar donde echar raíces. Raíces pasajeras, claro.

Con más de cinco millones de habitantes, Guadalajara es la segunda urbe más poblada del país, pero dista mucho del ajetreo contaminado de la capital defeña. Se respira mejor, se gasta menos y la oferta cultural y nocturna se adapta a todo tipo de paladares. Estamos en la ciudad de los mariachis, del auténtico tequila y, junto al DF y Vallarta, de la apertura sexual.

Terminé en casa de los generosos Edgar y Eduardo, una pareja que acababa de mudarse a pocas calles del templo Expiatorio, muy cerca del centro, de manera que empezaba mi visita con una ubicación excepcional. Con couchsurfing la experiencia generalmente es positiva pero siempre diferente, y el anfitrión tiene mucho que opinar al respecto. En este caso, los chicos tenían una estimulante vida social y me dejé arrastrar por ella. En un par de días ya había acumulado una lista con números de teléfono de nuevos amigos, gente divertida, dispuesta a compartir mis días en la ciudad.

Sin ir más lejos, el mismo viernes, un par de horas después de mi llegada, me encontraba disfrutando de una exclusiva cena en casa de unos colegas de mis anfitriones. El vino no faltaba en las musicales copas, rellenadas tras cada brindis, y la comida preparada por el chef sobre la gran barra americana humeaba deliciosamente. Yo alternaba inglés y español con los invitados, brincaba de un tema a otro. Se hablaba de cine, de Berlín, de la filosofía del viajar. La opción vegetariana era fantástica. ¿Qué más podía pedir?

El sábado amanecimos para preparar la azotea. A la tarde, Edgar y Eduardo organizaban una parrillada con viejos amigos de la comunidad couchsurfing. A pesar de la amenaza de lluvias, la tarde continuó fresca. Fue un gusto conocer a varios viajeros establecidos en la ciudad y escuchar sus vivencias. Parecía que Guadalajara tenía gancho. Entre los asistentes se encontraba Armando, un jovencito jalisciense que ya dirigía su propio hostal, a un breve paseo de la casa donde me hallaba.

La barbacoa se prolongó hasta bien entrada la noche y la inercia del alcohol nos empujó a salir a la calle. Acabamos en un atestado bar de ambiente llamado California, de cerveza barata, música horrible y conversación fácil. Se me presentaban los tipos, que si mi número de teléfono, que si contacto en Facebook, ¿nos hacemos una foto? Y de Kilye pasábamos a Shakira, y luego a Lady GaGa, y tiro porque me toca.

Cerrado el bar, pasadas las tres, mis anfitriones cumplieron con su parada obligatoria: los perritos calientes del puesto ambulante y muy nocturno El Chino. La abundante clientela hacía honor al afamado hotdog.

Por fin el domingo me lancé al centro a descubrir la ciudad: Linda es Guadalajara.

Dejé atrás la plaza del Expiatorio y su catedral neogótica y atravesé el parque Revolución, invadida por skaters y grafiteros. El centro es una sucesión de plazas emblemáticas flanqueadas por edificios históricos, que cubre desde la plaza de los Mártires hasta el Instituto Cabañas. Ya en la avenida Juárez me detuve en el jardín del Carmen y el exconvento del mismo nombre. El interior albergaba una retrospectiva fotográfica sobre Octavio Paz -con motivo del centenario de su nacimiento- así como varias exhibiciones de artistas contemporáneos: una, de pinturas sobre la violencia mexicana; otra, una variación de las imágenes del tarot de Marsella, a modo de collage y frases filosas.

Pocos metros adelante se alza el edificio de Teléfonos, con una escultura de Jorge Matute Remus. La historia del inmueble y del escultor roza la genialidad: Con la ampliación de la avenida Juárez, en 1927, se estimó necesario el derrumbe del edificio –esto significaba, además la suspensión, por medio año, del servicio de teléfonos, pues había que desmantelar y reinstalar el equipo. Pues este Matute Ramus se las ingenió para desplazar el bloque sobre rieles, sin cortar ningún cable, y con los funcionarios trabajando dentro. Se deslizó el inmueble durante cuatro días un total de doce metros. Se evitó su demolición.

Desemboqué en la plaza de Guadalajara, ante la fabulosa catedral. Según entendí, su sacristía cobija una pintura de Bartolomé Murillo, que no alcancé a ver, pues la visité con prisa, como acostumbro con los templos.

El centro vibraba de gente. Vendedores ambulantes, artistas callejeros, familias gritonas y parejas ensimismadas. Tras la catedral, en la plaza de la Liberación, habían alzado carpas que ofrecían actividades para niños. Un grupo de jóvenes convocaba activistas para una manifestación pacífica una semana después. Hube de pintar en un mural y dejar la mano señalada junto con mis deseos para la aldea global.

Al final de la plaza, el neoclásico Teatro Degollado, publicitaba, en un cartel, sus martes de ópera gratis. Tomé nota. Detrás del teatro, una fachada en relieve, recreando la fundación de la ciudad, el día de los enamorados del 1542, servía como escenario de las incansables fotos de los turistas. La enorme plaza Tapatía se extendía más adelante, con una impresionante fuente monumento a la Inmolación de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, uno de los dioses principales de la cultura mesoamericana.

La última de las plazas se sitúa frente al Instituto Cultural Cabañas. Posee con dos grupos escultóricos de Sergio Bustamante. Bustamante es un artista sinaloense residente en Guadalajara, cuyas surrealistas figuras de bronce pueden admirarse en varias ciudades mexicanas. En esta ocasión, dos grupos de mágicas sillas invitan al espectador a acomodarse -si la temperatura no ha calentado seriamente el metal- o a indagar en sus formas: sus respaldos cuasi humanos, sus pezuñas por patas, sus botones y sombreros, en una divertida combinación que nos habla de Merlín y otros magos, de la imaginación y los sueños, de los viajes.

Continúe caminando, a pesar del soporífero calor. Pasé junto al mercado de San Juan de Dios, entre semana, bullicioso, y, detrás del templo de Euduviges, hallé la plaza de los Mariachis, todavía tranquila, reservándose para la noche. A la sombra conversaban algunos mariachis, ignorando a los escasos curiosos. Se cuenta que aquí nació este famoso género musical. Pero no es hasta la noche que la plaza se transforma, y los grupos se forman para cantar y tocar a quien esté dispuesto a regalarles unos buenos pesos. Yo regalé los míos, pero sólo a un indigente que me abordó con tanta espontaneidad y unos ojos azules tan imposibles, que no pude decir no.

Desandé despacio, busqué el aire acondicionado de un café y aproveché para leer todos los folletos turísticos que había recogido. Cuando salí del local, encontré aún más gente en las calles.
En la coqueta plaza de las Armas, con su quiosco central art nouveau, unos jóvenes bailaban break y saltaban, utilizando buzones y barandillas como trampolín, sobre un entusiasmado público. En la esquina, otros chavales improvisaban ritmos pegadizos con instrumentos reciclados. Se acercaron a saludarme: uno de los chicos de la cena. Ya me sentía como en casa, reencontrando a conocidos en un día de domingo.

Oscureció. Cuál fue mi sorpresa cuando, al llegar a la plaza del Expiatorio, descubrí un mercadillo orgánico. Además de comida vegetariana y vegana, vendían libros y artesanía. Con uno de los libreros, me cebé a criticar el mundillo de la literatura de autoayuda. Una señora me invitó a visitar su huerto. Otra chica se unió para discutir sobre pesticidas y la falta de garantía que el vegetarianismo supone para una dieta sana. Me vendieron una crema de cacahuete estupenda, hecha con aceite de oliva y miel. Estamos aquí sábados y domingo, me informó la tendera, Pero intenta venir antes, porque ya todo se ha acabado. Comprobé el reloj. Eran las once y media. Temperatura fantástica. ¿Quién se quería ir a dormir?

El lunes localicé la sombreada terraza de una tetería donde escribir concentrado. En una de mis caminatas, descubrí la embajada de los Estados Unidos (la otra está en Ciudad de México), repleta de rejas, uniformados y cámaras. Una hilera de mexicanos sumisos esperaba en la entrada. A modo de chiste, un gato que rondaba por la acera, se deslizó entre los barrotes, pasándose por el rabo la supervigilancia yanqui.

Como Edgar y Ernesto aún no tenían ducha oficial en su casa, me habían prestado su tarjeta del gimnasio. Decidí ir a entrenar. Rato después, charlaba con un corpulento parisino. En dos años había montado su academia de idiomas y aprendido un español –o mejor sería decir, mexicano, por el abundante uso de modismos- casi perfecto.

El martes visité el Instituto Cultural Cabañas. Este amplio y hermoso edificio, construido entre 1805 y 1810, había servido en sus orígenes como orfanato, llegando a albergar a más de quinientos niños. Hoy día, considerado Patrimonio de la Humanidad, se utiliza como centro de exhibiciones de artistas modernos. Yo me topé con una muestra de Daniel Buren. Buren es conocido por sus instalaciones –las características franjas y simetrías minimalistas- con las que decora y reinventa espacios clásicos. En 1986, sembró la polémica cuando colocó una enorme columna en el mismo gran patio del Palacio Real de París. Desde entonces, ha desplegado su colorido e ingenio en lugares como el Guggenheim de Nueva York o el Pompidou. Su obra es insubordinada, contundente y efímera, pues mucho de lo que diseña pasa a ser destruido, finalizada la exposición.

Esta vez había llenado los veintitrés patios del antiguo orfanato con sus habituales rayas, así como con cabañas de espejos y telas luminosas que se mecían en la brisa, creando una ilusión que, sonriente, embaucaba los sentidos. Las columnas y arcos cubiertos de verdes y amarillos me recordaban una juventud de caseta flamenca. Las telas respiraban y, desde la lejanía, se atrevían a acariciar y susurrar. Y las cabañas, entre limoneros y naranjos, invitaban a adentrar en un mundo donde las imágenes eternamente se multiplican.

Aparte, el Instituto incluye en su rotonda principal uno de los murales más importantes de José Clemente Orozco. Junto con Siqueiros y Rivera, José Clemente Orozco conforma el pilar básico del muralismo mexicano. Si Siqueiros sintetiza y Rivera idealiza, Orozco deforma y embrutece. Su pintura tiende a golpear por su visceralidad y dramatismo. La exposición es directa, sin rodeos ni moralinas. Ya su obra me sorprendió en el Colegio de San Ildefonso, en el DF, así que, con mucho tino, mantuve mis expectativas para esta creación. Abundan las llamas, de nuevo, envolviendo las figuras, en retorcidas contorsiones. También las referencias a la Conquista, con una imagen de Hernán Cortés –esta vez, sin la Malinche- opuesto a un misionero que se ampara en el vocabulario de la Biblia. Del resto, muchas son alegorías sobre la tecnología y el control del poder, que ya algunos interpretaron como una advertencia hacia el inminente fascismo que asolaba la época. La obra de Orozco, como apunta Octavio Paz, es universal y carece, más allá de dualidades, de verdaderos malos buenos.

No satisfecho mi apetito cultural, acudí hasta el Teatro Degollado a formar fila para mi entrada gratuita. Edgar me había contactado desde el trabajo y se reunió conmigo más tarde. Conseguimos estupendos asientos para un teatro colmado hasta su tercera planta. Era una ópera cómica y ligera, llamada Rita, muy divertida, con música de Donizetti. Pero lo confieso: casi me duermo.

A la salida nos esperaba Ernesto. Visitamos una cantina típica del centro, con mucha cerveza y tacos grasientos. Y luego, ¿por qué no?, una visita fugaz al California.

El miércoles regresé a la tetería, entrené dorsales con el mastodonte galo. A la noche, desde Ensenada, Baja California, llegaba otro amigo de la pareja, Juan Carlos, así que nos reunimos en una terraza para recibirlo. Además, comparecieron otros amigos del grupo, como Armando, el del hostal, junto con uno de sus huéspedes: Martin. Se trataba de un polaco con bigote retro que desde hacía dos años exploraba el planeta en compañía de su esposa. Ahora se desplazaban en una motocicleta adquirida en Gringolandia. Si la mujer había preferido descansar, Martin no pudo evitar la tentación de una cerveza con aquella agradable temperatura. Ni negarse a los bailes que siguieron.

Una de las chicas propuso el nombre: Sumidero. Nos dividimos en varios autos para llegar al local. Colorido y folclórico, repleto de iconos del país, desde fotos de El Santo a diseños con chapas de cervezas mexicanas, el bar andaba de bote en bote. Aun así, todo el personal se divertía a lo grande, bailando cual masa única y empujando amistosamente para acceder a la barra. La música cubría generosa el repertorio nacional desde Molotov y Café Tacuba a Juan Gabriel y Carlos Alfredo, y todos, absolutamente todos, cantaban como salvajes, entre saltos y pisotones, empapándonos de alcohol. Completamos la velada con el California y el perrito caliente de turno. Amanecía cuando regresamos.

Pocas horas después, un voluntarioso Armando vino a despertarnos a Juan Carlos y a mí, y a acompañarnos, en su coche, junto con Martin y la guapísima Magda, al bullicioso mercado de Tonalá. El mercado, otra de las atracciones de Guadalajara, debe su fama a sus precios, que desbancan las mejores ofertas del resto del país. Abundan las baratijas, la cerámica y las imitaciones, y se extiende sin tregua por callejuelaslaberínticas, de manera que uno puede con gusto perderse entre los puestos, en busca de la ganga perfecta. Claro que nuestra resaca no combinaba con aquel barullo. Alcanzamos a comprar unas gafas de sol y devorar unos buñuelos de cajeta (dulcísimo postre a base de leche de cabra, azúcar morena y canela) y huimos hasta Tlaquepaque.

Fue un descanso pasear por sus tranquilas y peatonales calles, que mantienen cierto espíritu de pueblecito, y en un pestañeo te aíslan de la ciudad. Tlaquepaque, que antaño fuera barrio residencial de la ciudad, se ha transformado en una zona chic, repleta de boutiques, talleres-museo de artesanía y hotelitos de diseño. De vez en cuando, una mágica escultura de Bustamante, nos saludaba desde una acera.

Juan Carlos se acercó a uno de los pajareros que ofrecía sus artes bajo la sombra de un árbol. El señor abrió su jaula e invitó a Paquito a salir. Estupefacto, presencié, cómo el pajarito brincaba fuera de la jaula y se situaba delante del dueño. A continuación, el señor le ofrecía una cajita con varios compartimentos –que aludían a diferentes aspectos de la vida, tipo amor, salud, trabajo-, y Paquito extraía un papelito plegado de cada uno que el dueño fue tendiendo a Juan Carlos. Paquito, como recompensas, recibió comida y regresó feliz a su jaula. Juan Carlos también pareció contento con las predicciones. En la floreada plaza central, alentados por Armando, degustamos el tejuíno, una bebida típica a base de maíz fermentado, que se adereza con lima, chile, y sal, ¿con qué si no?

A media tarde volvimos a la ciudad, pues Armando tenía que organizar su hostal para el encuentro semanal de los couchsurfing. Los polacos se retiraron a descansar, pero Juan Carlos y yo, aún con ganas de explorar, nos acercamos a un café llamado Viva Chapata, que nos había atraído por el menú en la pizarra de su entrada y la promesa de un rico café. En una de sus paredes interiores, lucía un estupendo retrato del revolucionario mexicano. Pues lo hizo uno de tus paisanos, me explicó el dueño, que ahora vive aquí.

A la noche ya acusaba cansancio, pero me acerqué al hostal, que andaba hasta arriba de locales, viajeros y espontáneos invitados. A las tres, cuando ya se discutía el bar donde continuar la juerga, me escabullí a dormir.

Al despertar, el viernes, además de a Juan Carlos, encontré a una nueva compañera de cuarto: una argentina que había asistido a la reunión la noche anterior. La muchacha se levantó con una resaca digna y conjeturando sobre su futuro en la ciudad, porque ella a Argentina no se regresaba.

El día transcurrió sereno: no perdoné mi escritura ni el entrenamiento. Hubo amago de salir a la noche, pero no cuajó. Juan Carlos y yo volvimos al hostal para despedirnos de la pareja polaca, que al día siguiente partían hacia Guanajuato.

El sábado visité con Juan Carlos el Museo de las Artes y el Paraninfo, detrás del templo Expiatorio. El edificio acogía una heterogénea exposición sobre artistas tapatíos y un espacio-taller donde por un rato nos convertimos en niños, pudiendo pudimos sobre cartulinas y colgar nuestros diseños en la congregada pared.

El telón de fondo del escenario del Paraninfo, así como su bóveda, presenta murales de Orozco. Más que nunca, las imágenes sobrecogen: una marcha de cuerpos desnudos contenidos con una patada ideológica, un trío de gordos militares opuesto a otro de famélicas figuras. En primerísimo plano, un hombre recostado y desnudo, la cabeza vendada. La guerra, la impotencia, el dolor y la manipulación que Orozco representara casi un siglo atrás, siguen hoy tanto o más vigentes.Junto a la plaza del Expiatorio habían montado un mercado de jóvenes creadores que vendían desde zapatos de tacón pintados a mano a y piedras desodorantes. Curioseamos un buen rato. Almorzamos tarde en una crepería que Juan Carlos conocía.

A la tarde, no lo pude evitar. La idea me había surgido la semana anterior, así que regresé a casa, agarré el Ganesha, el cuarzo y el tarot, la manta hindú, confeccioné un cartel. Un poco más tarde, me había sentado en los escalones de la fuente del Expiatorio, entre el resto de puestos, con los accesorios bien dispuestos sobre la manta y un letrero que rezaba: Carta Astral.

Pasaron un par de horas y el mercadillo ya se funcionaba a todo gas. Prácticamente, nadie me echaba cuentas y yo mitigaba mi invisibilidad leyendo y escribiendo. Los niños correteaban de un lado a otro. En una esquina, una banda tocaba música. De cuando en cuando, algún curioso se acercaba a descifrar el cartel. Hasta que apareció una madre con su hija: Mi hija quiere hacerse uno de esos, dijo. Como la mayoría de las plazas grandes de México tienen wifi gratuito, unos minutos más tarde ya había levantado la carta natal de la joven: Acuario con el sol en doce. Estudiaba arquitectura y seguía todavía enamorada de su ex, un Leo. En medio de la plática, nos interrumpió otra chica de aspecto muy hippy. Ya tenía otro cliente. La última fue una alicantina que estudiaba en Guadalajara. Nos dieron las tantas charlando, pero es que en las calles se estaba en la gloria.

Cuando por fin tenía algo que celebrar, nadie se animaba a salir. Sin pensarlo dos veces, me acicalé y me metí en una discoteca a menear el esqueleto. Pero a las cinco ya estaba de vuelta en casa, mordiendo la almohada.

No alcancé a dormir demasiado. A la mañana siguiente encontré una nota en la cocina, junto a unas llaves. Edgar, que había marchado con Eduardo, a ayudarlo en su tienda, me invitaba a usar su bicicleta y pasear por la Vía Recreativa. Pues a pedalear en aquel domingo soleado.

La idea de la Vía Recreativa es cojonuda. Cada fin de semana, de ocho de la mañana a dos de la tarde, cortan el tráfico motorizado en la principal arteria de Guadalajara –hablamos de la avenida Juárez y su prolongación, que se extiende durante varios kilómetros atravesando toda la ciudad. Como consecuencia, ciclistas, patinadores y skaters, entre otros, asaltan las calles para pasearse a sus anchas sin invasión de los automóviles. No sólo eso, el personal se engalana o disfraza para la ocasión. A mi lado, circulaban señores con sombreros de copa, jóvenes de vestidos galácticos, grupos con caretas divertidas, por no hablar de los triciclos retro, de los trineos de perros y otras inventivas. Puro lúdico y dominical.

Eso sí, a las dos en punto, sin rodeos, la avenida se inundó de ruidos y humo. Los coches regresaban, y no se andaban con chiquitas.

Después de devolver la bicicleta, caminé hasta el centro. Aún me faltaban unos murales de Orozco por conocer, los del Palacio de Gobierno.

En la amplia escalinata del edificio, la figura central y omnipresente es Miguel Hidalgo, el cura que con su llamada al alzamiento, el Grito de Dolores, el 16 de septiembre de1810, marcó el inicio –al menos alegóricamente- de la guerra de Independencia contra los españoles. La fecha se celebra como día de la República Mexicana y a Hidalgo se le considera ídolo de la independencia. Parece, pues, que esta vez, Orozco se centra en lo local, con este imponente retrato del religioso –de nuevo entre fulgurantes llamas. Pero no se queda sólo en ese discurso.Basta observar los paneles laterales: la asamblea de payasos, las esvásticas, hoces y martillos, para reconocer de nuevo la moderna y descarnada sinceridad artista. Muerte, corrupción y desengaño ideológico a la orden del día. Pasé largo tiempo en aquella escalinata.

Por la tarde, tuve menos suerte en el mercadillo, con sólo una clienta: una piscis con mayor certidumbre de lo habitual. Las ganancias me las fulminé en un festín vegano exquisito.

Los días posteriores ultimé un texto, localicé alojamiento para el destino siguiente, seguí levantando pesas con el parisino. A la noche, repetíamos en el California.

Justo la última, el local no estaba tan lleno. Sin embargo, me tocaron la espalda, pidiendo permiso. No era quien esperaba, aunque luego ya no importó.Once días, once (número mágico, dirán algunos), fueron los que pasé en la capital del estado, cuna de la música mariachi, famosa por la calidez de sus gentes –conocidas como los tapatíos- y por un contagioso e ineludible ambiente festivo. Sea lo que fuere, incluso me plantee si sería un lugar donde echar raíces. Raíces pasajeras, claro.

Con más de cinco millones de habitantes, Guadalajara es la segunda urbe más poblada del país, pero dista mucho del ajetreo contaminado de la capital defeña. Se respira mejor, se gasta menos y la oferta cultural y nocturna se adapta a todo tipo de paladares. Estamos en la ciudad de los mariachis, del auténtico tequila y, junto al DF y Vallarta, de la apertura sexual.

Terminé en casa de los generosos Edgar y Eduardo, una pareja que acababa de mudarse a pocas calles del templo Expiatorio, muy cerca del centro, de manera que empezaba mi visita con una ubicación excepcional. Con couchsurfing la experiencia generalmente es positiva pero siempre diferente, y el anfitrión tiene mucho que opinar al respecto. En este caso, los chicos tenían una estimulante vida social y me dejé arrastrar por ella. En un par de días ya había acumulado una lista con números de teléfono de nuevos amigos, gente divertida, dispuesta a compartir mis días en la ciudad.

Sin ir más lejos, el mismo viernes, un par de horas después de mi llegada, me encontraba disfrutando de una exclusiva cena en casa de unos colegas de mis anfitriones. El vino no faltaba en las musicales copas, rellenadas tras cada brindis, y la comida preparada por el chef sobre la gran barra americana humeaba deliciosamente. Yo alternaba inglés y español con los invitados, brincaba de un tema a otro. Se hablaba de cine, de Berlín, de la filosofía del viajar. La opción vegetariana era fantástica. ¿Qué más podía pedir?

El sábado amanecimos para preparar la azotea. A la tarde, Edgar y Eduardo organizaban una parrillada con viejos amigos de la comunidad couchsurfing. A pesar de la amenaza de lluvias, la tarde continuó fresca. Fue un gusto conocer a varios viajeros establecidos en la ciudad y escuchar sus vivencias. Parecía que Guadalajara tenía gancho. Entre los asistentes se encontraba Armando, un jovencito jalisciense que ya dirigía su propio hostal, a un breve paseo de la casa donde me hallaba.

La barbacoa se prolongó hasta bien entrada la noche y la inercia del alcohol nos empujó a salir a la calle. Acabamos en un atestado bar de ambiente llamado California, de cerveza barata, música horrible y conversación fácil. Se me presentaban los tipos, que si mi número de teléfono, que si contacto en Facebook, ¿nos hacemos una foto? Y de Kilye pasábamos a Shakira, y luego a Lady GaGa, y tiro porque me toca.

Cerrado el bar, pasadas las tres, mis anfitriones cumplieron con su parada obligatoria: los perritos calientes del puesto ambulante y muy nocturno El Chino. La abundante clientela hacía honor al afamado hotdog.

Por fin el domingo me lancé al centro a descubrir la ciudad: Linda es Guadalajara.

Dejé atrás la plaza del Expiatorio y su catedral neogótica y atravesé el parque Revolución, invadida por skaters y grafiteros. El centro es una sucesión de plazas emblemáticas flanqueadas por edificios históricos, que cubre desde la plaza de los Mártires hasta el Instituto Cabañas. Ya en la avenida Juárez me detuve en el jardín del Carmen y el exconvento del mismo nombre. El interior albergaba una retrospectiva fotográfica sobre Octavio Paz -con motivo del centenario de su nacimiento- así como varias exhibiciones de artistas contemporáneos: una, de pinturas sobre la violencia mexicana; otra, una variación de las imágenes del tarot de Marsella, a modo de collage y frases filosas.

Pocos metros adelante se alza el edificio de Teléfonos, con una escultura de Jorge Matute Remus. La historia del inmueble y del escultor roza la genialidad: Con la ampliación de la avenida Juárez, en 1927, se estimó necesario el derrumbe del edificio –esto significaba, además la suspensión, por medio año, del servicio de teléfonos, pues había que desmantelar y reinstalar el equipo. Pues este Matute Ramus se las ingenió para desplazar el bloque sobre rieles, sin cortar ningún cable, y con los funcionarios trabajando dentro. Se deslizó el inmueble durante cuatro días un total de doce metros. Se evitó su demolición.

Desemboqué en la plaza de Guadalajara, ante la fabulosa catedral. Según entendí, su sacristía cobija una pintura de Bartolomé Murillo, que no alcancé a ver, pues la visité con prisa, como acostumbro con los templos.

El centro vibraba de gente. Vendedores ambulantes, artistas callejeros, familias gritonas y parejas ensimismadas. Tras la catedral, en la plaza de la Liberación, habían alzado carpas que ofrecían actividades para niños. Un grupo de jóvenes convocaba activistas para una manifestación pacífica una semana después. Hube de pintar en un mural y dejar la mano señalada junto con mis deseos para la aldea global.

Al final de la plaza, el neoclásico Teatro Degollado, publicitaba, en un cartel, sus martes de ópera gratis. Tomé nota. Detrás del teatro, una fachada en relieve, recreando la fundación de la ciudad, el día de los enamorados del 1542, servía como escenario de las incansables fotos de los turistas. La enorme plaza Tapatía se extendía más adelante, con una impresionante fuente monumento a la Inmolación de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, uno de los dioses principales de la cultura mesoamericana.

La última de las plazas se sitúa frente al Instituto Cultural Cabañas. Posee con dos grupos escultóricos de Sergio Bustamante. Bustamante es un artista sinaloense residente en Guadalajara, cuyas surrealistas figuras de bronce pueden admirarse en varias ciudades mexicanas. En esta ocasión, dos grupos de mágicas sillas invitan al espectador a acomodarse -si la temperatura no ha calentado seriamente el metal- o a indagar en sus formas: sus respaldos cuasi humanos, sus pezuñas por patas, sus botones y sombreros, en una divertida combinación que nos habla de Merlín y otros magos, de la imaginación y los sueños, de los viajes.

Continúe caminando, a pesar del soporífero calor. Pasé junto al mercado de San Juan de Dios, entre semana, bullicioso, y, detrás del templo de Euduviges, hallé la plaza de los Mariachis, todavía tranquila, reservándose para la noche. A la sombra conversaban algunos mariachis, ignorando a los escasos curiosos. Se cuenta que aquí nació este famoso género musical. Pero no es hasta la noche que la plaza se transforma, y los grupos se forman para cantar y tocar a quien esté dispuesto a regalarles unos buenos pesos. Yo regalé los míos, pero sólo a un indigente que me abordó con tanta espontaneidad y unos ojos azules tan imposibles, que no pude decir no.

Desandé despacio, busqué el aire acondicionado de un café y aproveché para leer todos los folletos turísticos que había recogido. Cuando salí del local, encontré aún más gente en las calles.
En la coqueta plaza de las Armas, con su quiosco central art nouveau, unos jóvenes bailaban break y saltaban, utilizando buzones y barandillas como trampolín, sobre un entusiasmado público. En la esquina, otros chavales improvisaban ritmos pegadizos con instrumentos reciclados. Se acercaron a saludarme: uno de los chicos de la cena. Ya me sentía como en casa, reencontrando a conocidos en un día de domingo.

Oscureció. Cuál fue mi sorpresa cuando, al llegar a la plaza del Expiatorio, descubrí un mercadillo orgánico. Además de comida vegetariana y vegana, vendían libros y artesanía. Con uno de los libreros, me cebé a criticar el mundillo de la literatura de autoayuda. Una señora me invitó a visitar su huerto. Otra chica se unió para discutir sobre pesticidas y la falta de garantía que el vegetarianismo supone para una dieta sana. Me vendieron una crema de cacahuete estupenda, hecha con aceite de oliva y miel. Estamos aquí sábados y domingo, me informó la tendera, Pero intenta venir antes, porque ya todo se ha acabado. Comprobé el reloj. Eran las once y media. Temperatura fantástica. ¿Quién se quería ir a dormir?

El lunes localicé la sombreada terraza de una tetería donde escribir concentrado. En una de mis caminatas, descubrí la embajada de los Estados Unidos (la otra está en Ciudad de México), repleta de rejas, uniformados y cámaras. Una hilera de mexicanos sumisos esperaba en la entrada. A modo de chiste, un gato que rondaba por la acera, se deslizó entre los barrotes, pasándose por el rabo la supervigilancia yanqui.

Como Edgar y Ernesto aún no tenían ducha oficial en su casa, me habían prestado su tarjeta del gimnasio. Decidí ir a entrenar. Rato después, charlaba con un corpulento parisino. En dos años había montado su academia de idiomas y aprendido un español –o mejor sería decir, mexicano, por el abundante uso de modismos- casi perfecto.

El martes visité el Instituto Cultural Cabañas. Este amplio y hermoso edificio, construido entre 1805 y 1810, había servido en sus orígenes como orfanato, llegando a albergar a más de quinientos niños. Hoy día, considerado Patrimonio de la Humanidad, se utiliza como centro de exhibiciones de artistas modernos. Yo me topé con una muestra de Daniel Buren. Buren es conocido por sus instalaciones –las características franjas y simetrías minimalistas- con las que decora y reinventa espacios clásicos. En 1986, sembró la polémica cuando colocó una enorme columna en el mismo gran patio del Palacio Real de París. Desde entonces, ha desplegado su colorido e ingenio en lugares como el Guggenheim de Nueva York o el Pompidou. Su obra es insubordinada, contundente y efímera, pues mucho de lo que diseña pasa a ser destruido, finalizada la exposición.

Esta vez había llenado los veintitrés patios del antiguo orfanato con sus habituales rayas, así como con cabañas de espejos y telas luminosas que se mecían en la brisa, creando una ilusión que, sonriente, embaucaba los sentidos. Las columnas y arcos cubiertos de verdes y amarillos me recordaban una juventud de caseta flamenca. Las telas respiraban y, desde la lejanía, se atrevían a acariciar y susurrar. Y las cabañas, entre limoneros y naranjos, invitaban a adentrar en un mundo donde las imágenes eternamente se multiplican.

Aparte, el Instituto incluye en su rotonda principal uno de los murales más importantes de José Clemente Orozco. Junto con Siqueiros y Rivera, José Clemente Orozco conforma el pilar básico del muralismo mexicano. Si Siqueiros sintetiza y Rivera idealiza, Orozco deforma y embrutece. Su pintura tiende a golpear por su visceralidad y dramatismo. La exposición es directa, sin rodeos ni moralinas. Ya su obra me sorprendió en el Colegio de San Ildefonso, en el DF, así que, con mucho tino, mantuve mis expectativas para esta creación. Abundan las llamas, de nuevo, envolviendo las figuras, en retorcidas contorsiones. También las referencias a la Conquista, con una imagen de Hernán Cortés –esta vez, sin la Malinche- opuesto a un misionero que se ampara en el vocabulario de la Biblia. Del resto, muchas son alegorías sobre la tecnología y el control del poder, que ya algunos interpretaron como una advertencia hacia el inminente fascismo que asolaba la época. La obra de Orozco, como apunta Octavio Paz, es universal y carece, más allá de dualidades, de verdaderos malos buenos.

No satisfecho mi apetito cultural, acudí hasta el Teatro Degollado a formar fila para mi entrada gratuita. Edgar me había contactado desde el trabajo y se reunió conmigo más tarde. Conseguimos estupendos asientos para un teatro colmado hasta su tercera planta. Era una ópera cómica y ligera, llamada Rita, muy divertida, con música de Donizetti. Pero lo confieso: casi me duermo.

A la salida nos esperaba Ernesto. Visitamos una cantina típica del centro, con mucha cerveza y tacos grasientos. Y luego, ¿por qué no?, una visita fugaz al California.

El miércoles regresé a la tetería, entrené dorsales con el mastodonte galo. A la noche, desde Ensenada, Baja California, llegaba otro amigo de la pareja, Juan Carlos, así que nos reunimos en una terraza para recibirlo. Además, comparecieron otros amigos del grupo, como Armando, el del hostal, junto con uno de sus huéspedes: Martin. Se trataba de un polaco con bigote retro que desde hacía dos años exploraba el planeta en compañía de su esposa. Ahora se desplazaban en una motocicleta adquirida en Gringolandia. Si la mujer había preferido descansar, Martin no pudo evitar la tentación de una cerveza con aquella agradable temperatura. Ni negarse a los bailes que siguieron.

Una de las chicas propuso el nombre: Sumidero. Nos dividimos en varios autos para llegar al local. Colorido y folclórico, repleto de iconos del país, desde fotos de El Santo a diseños con chapas de cervezas mexicanas, el bar andaba de bote en bote. Aun así, todo el personal se divertía a lo grande, bailando cual masa única y empujando amistosamente para acceder a la barra. La música cubría generosa el repertorio nacional desde Molotov y Café Tacuba a Juan Gabriel y Carlos Alfredo, y todos, absolutamente todos, cantaban como salvajes, entre saltos y pisotones, empapándonos de alcohol. Completamos la velada con el California y el perrito caliente de turno. Amanecía cuando regresamos.

Pocas horas después, un voluntarioso Armando vino a despertarnos a Juan Carlos y a mí, y a acompañarnos, en su coche, junto con Martin y la guapísima Magda, al bullicioso mercado de Tonalá. El mercado, otra de las atracciones de Guadalajara, debe su fama a sus precios, que desbancan las mejores ofertas del resto del país. Abundan las baratijas, la cerámica y las imitaciones, y se extiende sin tregua por callejuelaslaberínticas, de manera que uno puede con gusto perderse entre los puestos, en busca de la ganga perfecta. Claro que nuestra resaca no combinaba con aquel barullo. Alcanzamos a comprar unas gafas de sol y devorar unos buñuelos de cajeta (dulcísimo postre a base de leche de cabra, azúcar morena y canela) y huimos hasta Tlaquepaque.

Fue un descanso pasear por sus tranquilas y peatonales calles, que mantienen cierto espíritu de pueblecito, y en un pestañeo te aíslan de la ciudad. Tlaquepaque, que antaño fuera barrio residencial de la ciudad, se ha transformado en una zona chic, repleta de boutiques, talleres-museo de artesanía y hotelitos de diseño. De vez en cuando, una mágica escultura de Bustamante, nos saludaba desde una acera.

Juan Carlos se acercó a uno de los pajareros que ofrecía sus artes bajo la sombra de un árbol. El señor abrió su jaula e invitó a Paquito a salir. Estupefacto, presencié, cómo el pajarito brincaba fuera de la jaula y se situaba delante del dueño. A continuación, el señor le ofrecía una cajita con varios compartimentos –que aludían a diferentes aspectos de la vida, tipo amor, salud, trabajo-, y Paquito extraía un papelito plegado de cada uno que el dueño fue tendiendo a Juan Carlos. Paquito, como recompensas, recibió comida y regresó feliz a su jaula. Juan Carlos también pareció contento con las predicciones. En la floreada plaza central, alentados por Armando, degustamos el tejuíno, una bebida típica a base de maíz fermentado, que se adereza con lima, chile, y sal, ¿con qué si no?

A media tarde volvimos a la ciudad, pues Armando tenía que organizar su hostal para el encuentro semanal de los couchsurfing. Los polacos se retiraron a descansar, pero Juan Carlos y yo, aún con ganas de explorar, nos acercamos a un café llamado Viva Chapata, que nos había atraído por el menú en la pizarra de su entrada y la promesa de un rico café. En una de sus paredes interiores, lucía un estupendo retrato del revolucionario mexicano. Pues lo hizo uno de tus paisanos, me explicó el dueño, que ahora vive aquí.

A la noche ya acusaba cansancio, pero me acerqué al hostal, que andaba hasta arriba de locales, viajeros y espontáneos invitados. A las tres, cuando ya se discutía el bar donde continuar la juerga, me escabullí a dormir.

Al despertar, el viernes, además de a Juan Carlos, encontré a una nueva compañera de cuarto: una argentina que había asistido a la reunión la noche anterior. La muchacha se levantó con una resaca digna y conjeturando sobre su futuro en la ciudad, porque ella a Argentina no se regresaba.

El día transcurrió sereno: no perdoné mi escritura ni el entrenamiento. Hubo amago de salir a la noche, pero no cuajó. Juan Carlos y yo volvimos al hostal para despedirnos de la pareja polaca, que al día siguiente partían hacia Guanajuato.

El sábado visité con Juan Carlos el Museo de las Artes y el Paraninfo, detrás del templo Expiatorio. El edificio acogía una heterogénea exposición sobre artistas tapatíos y un espacio-taller donde por un rato nos convertimos en niños, pudiendo pudimos sobre cartulinas y colgar nuestros diseños en la congregada pared.

El telón de fondo del escenario del Paraninfo, así como su bóveda, presenta murales de Orozco. Más que nunca, las imágenes sobrecogen: una marcha de cuerpos desnudos contenidos con una patada ideológica, un trío de gordos militares opuesto a otro de famélicas figuras. En primerísimo plano, un hombre recostado y desnudo, la cabeza vendada. La guerra, la impotencia, el dolor y la manipulación que Orozco representara casi un siglo atrás, siguen hoy tanto o más vigentes.Junto a la plaza del Expiatorio habían montado un mercado de jóvenes creadores que vendían desde zapatos de tacón pintados a mano a y piedras desodorantes. Curioseamos un buen rato. Almorzamos tarde en una crepería que Juan Carlos conocía.

A la tarde, no lo pude evitar. La idea me había surgido la semana anterior, así que regresé a casa, agarré el Ganesha, el cuarzo y el tarot, la manta hindú, confeccioné un cartel. Un poco más tarde, me había sentado en los escalones de la fuente del Expiatorio, entre el resto de puestos, con los accesorios bien dispuestos sobre la manta y un letrero que rezaba: Carta Astral.

Pasaron un par de horas y el mercadillo ya se funcionaba a todo gas. Prácticamente, nadie me echaba cuentas y yo mitigaba mi invisibilidad leyendo y escribiendo. Los niños correteaban de un lado a otro. En una esquina, una banda tocaba música. De cuando en cuando, algún curioso se acercaba a descifrar el cartel. Hasta que apareció una madre con su hija: Mi hija quiere hacerse uno de esos, dijo. Como la mayoría de las plazas grandes de México tienen wifi gratuito, unos minutos más tarde ya había levantado la carta natal de la joven: Acuario con el sol en doce. Estudiaba arquitectura y seguía todavía enamorada de su ex, un Leo. En medio de la plática, nos interrumpió otra chica de aspecto muy hippy. Ya tenía otro cliente. La última fue una alicantina que estudiaba en Guadalajara. Nos dieron las tantas charlando, pero es que en las calles se estaba en la gloria.

Cuando por fin tenía algo que celebrar, nadie se animaba a salir. Sin pensarlo dos veces, me acicalé y me metí en una discoteca a menear el esqueleto. Pero a las cinco ya estaba de vuelta en casa, mordiendo la almohada.

No alcancé a dormir demasiado. A la mañana siguiente encontré una nota en la cocina, junto a unas llaves. Edgar, que había marchado con Eduardo, a ayudarlo en su tienda, me invitaba a usar su bicicleta y pasear por la Vía Recreativa. Pues a pedalear en aquel domingo soleado.

La idea de la Vía Recreativa es cojonuda. Cada fin de semana, de ocho de la mañana a dos de la tarde, cortan el tráfico motorizado en la principal arteria de Guadalajara –hablamos de la avenida Juárez y su prolongación, que se extiende durante varios kilómetros atravesando toda la ciudad. Como consecuencia, ciclistas, patinadores y skaters, entre otros, asaltan las calles para pasearse a sus anchas sin invasión de los automóviles. No sólo eso, el personal se engalana o disfraza para la ocasión. A mi lado, circulaban señores con sombreros de copa, jóvenes de vestidos galácticos, grupos con caretas divertidas, por no hablar de los triciclos retro, de los trineos de perros y otras inventivas. Puro lúdico y dominical.

Eso sí, a las dos en punto, sin rodeos, la avenida se inundó de ruidos y humo. Los coches regresaban, y no se andaban con chiquitas.

Después de devolver la bicicleta, caminé hasta el centro. Aún me faltaban unos murales de Orozco por conocer, los del Palacio de Gobierno.

En la amplia escalinata del edificio, la figura central y omnipresente es Miguel Hidalgo, el cura que con su llamada al alzamiento, el Grito de Dolores, el 16 de septiembre de1810, marcó el inicio –al menos alegóricamente- de la guerra de Independencia contra los españoles. La fecha se celebra como día de la República Mexicana y a Hidalgo se le considera ídolo de la independencia. Parece, pues, que esta vez, Orozco se centra en lo local, con este imponente retrato del religioso –de nuevo entre fulgurantes llamas. Pero no se queda sólo en ese discurso.Basta observar los paneles laterales: la asamblea de payasos, las esvásticas, hoces y martillos, para reconocer de nuevo la moderna y descarnada sinceridad artista. Muerte, corrupción y desengaño ideológico a la orden del día. Pasé largo tiempo en aquella escalinata.

Por la tarde, tuve menos suerte en el mercadillo, con sólo una clienta: una piscis con mayor certidumbre de lo habitual. Las ganancias me las fulminé en un festín vegano exquisito.

Los días posteriores ultimé un texto, localicé alojamiento para el destino siguiente, seguí levantando pesas con el parisino. A la noche, repetíamos en el California.

Justo la última, el local no estaba tan lleno. Sin embargo, me tocaron la espalda, pidiendo permiso. No era quien esperaba, aunque luego ya no importó.

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