Es la gente, no el lugar


Y es que no se me ocurre otra explicación, ya que Río Dulce -también conocido como Fronteras- tiene poco, por no decir nada, que ofrecer.

En cualquier caso, llego al anochecer a este pueblito a pie de la laguna, después de un largo y absurdo día de transbordos, trámites y manifestaciones indígenas. Me encuentro en una calle congestionada de tráfico, donde el polvo de la carretera se confunde con el humo de los escapes y un sinfín de transeúntes y comerciantes se afanan en sus asuntos, ajenos al estrépito y a la contaminación. Cuando pregunto, nadie parece darme las indicaciones adecuadas. Entro en un hotel que parece un prostíbulo, me piden esperar y no regresan. Así, que dejándome llevar por la inercia, deambulo un pedazo más por aquella calle caótica y, por fin, doblo una esquina hasta un terraplén que desemboca a la ribera del lago. Y a una pizzería. Allí, un extranjero cortés y paciente, quizá el propietario, me resume la situación: No, no, aquí no hay mucho que hacer; sí, claro, tienes varios hoteles en la carretera. ¿Y algo más para viajeros, para mochileros?, le pregunto (la guía me la robaron en el bus a Cobán, y no tengo ni idea de dónde estoy). En ese caso, continúa, tienes este tal sitio, que queda enfrente, te recogen en una lancha, muy relajado, es donde van los turistas, a tanto la noche.
¿Algo más barato?, le insisto. Para no variar, mi presupuesto es reducido. Claro, entonces, lo que te queda es el Hotel Backpackers. Eso es lo más barato y tienes que cruzar el puente, me avisa.

No tardo en arrepentirme por tacaño, insensato y falto de flexibilidad. El puente es largo como un kilómetro, yo he pasado catorce intranquilas horas de viaje y lo único que quiero es sentar el culo. Aún así, camino, no hay vuelta atrás. Por supuesto, ya he ultimado que al día siguiente me largo de ese lugar. A mi lado suben los pesados camiones, sus faros, enormes ojos de luz, rompen la negrura de la noche.

Siguiendo instrucciones, finalizado el puente, giro a la derecha y, tras otro paseo, alcanzo el hotel. Hotel Backpackers. Un nombre indeciso, un edificio incapaz de reconocer su categoría (como una tarde noche o un almuerzo cena). O polifacético, quién sabe. Me atiende una mulata rechoncha a la que le importa un pito si he atravesado su país en huelga. Treinta quetzales la noche en dormitorio compartido. Sin sábanas ni almohada. Cruzo un pequeño embarcadero, las aguas golpean contra la madera. Arriba, el puente sostiene el continuo peregrinaje de carros. En el dormitorio, me deshago de la mochila, cuento las literas, veintidós plazas en total. Sólo unas pocas ocupadas.

Para cenar, la recepcionista me señala las opciones: el café-restaurante del hotel; también puedo regresar al pueblo. No hay dolor, me digo, así que desando el puente. A mitad del recorrido, en su parte más alta me detengo. Sé que el agua me rodea: la presiento delante, a mis espaldas, pero no distingo nada. Ceno en uno de los numerosos puestos callejeros, con mi correspondiente dosis de dióxido de carbono. Cuando vuelvo, derrotado, a mi habitación, las luces ya están apagadas. Los pocos, duermen, o hay alguno que lee con su lamparilla. Me cubro con mi saco. Por hoy ya basta.

Sin embargo, al día siguiente, cuando salgo del dormitorio, me sorprende un sol benefactor y un paisaje luminoso desde la otra ribera. No es lo esperado. Me restriego las legañas, noto el cuerpo aún dolorido y, a tientas, me ajusto el bañador. El chapuzón me desquita los males. Poco a poco mis músculos despiertan. Nado. A escasos metros, una plataforma flotante mece una apetecible tumbona de madera. Los rayos centellean en la calma superficie. Esta se ondula, de pronto: una lancha lejana.

Con el bañador húmedo paso a la cafetería. Compruebo en el reloj que ni siquiera es tan tarde. El café sabe horrible y la conexión deja que desear, pero alcanzo a entrar en Facebook. Estudio a mi alrededor: Una pareja del dormitorio con sus portátiles. Un chico muy delgado de lentes redondas que otea el horizonte. Otra pareja. Otra mesa…
Me incorporo:
– ¿Mary?
Nos conocimos en San Pedro de Atitlán. Toledona, fuerte. Con alma de madre, casi de abuela.
– ¡Emilio!
La acompaña William, un español de raíces venezolanas y ojos hundidos, geógrafo, periodista. Aprovechan su día de descanso de Casa Guatemala, una organización donde cooperan como voluntarios y sirve de refugio y hogar de numerosos huérfanos y niños pobres de la zona. Casa Guatemala y Hotel Backpackers están vinculados, me aclaran. Mary ya casi termina su experiencia allá y ahora desea probar fortuna en California, me explica. Para ello ha de tramitar visas, vuelos, contactos. Por eso, propone: Vamos a un lugar en el pueblito donde podemos usar internet gratis, el mejor.

Cruzamos el puente. Hemos dejado atrás varios muelles atestados de veleros y lanchas de gringos, y a nuestro derredor se abre el lago, generoso, salpicado de islotes y bordeado de verde esmeralda. El sol abrasa. Son tan sólo las diez de la mañana y encuentro el pueblo-calle igual o más contaminado, ruidoso y desgraciado si cabe, pero este calor, después de un primer mes de lluvias en Guatemala, se me antoja una bendición.

Resulta que vamos a parar a la pizzería donde me atendieron la noche anterior -a la luz del día puedo reconocer un porche de madera, leer el cartel con su nombre: Sundog. El local permanece cerrado pero nos colamos en la terraza. En una pizarra cuelga la clave del wifi. Mary organiza sus asuntos, William, los suyos: postula para una beca española de investigación. Dice que la vuelta a la península le pesa sobre los hombros, sobre todo después de más de un año en Casa Guatemala -con sus respectivas y complicadas salidas cada tres meses para renovar el visado. Cuando habla de su trabajo con los niños, inspira una emoción inmensa. Muestra de una carpeta los enternecedores dibujos de los críos con dedicatorias repletas de faltas ortográficas. Vine solo, dice, y me vuelvo con una familia.

Después del almuerzo, en Backpackers me doy otro chapuzón. Me seco al sol y se me arrima un chaval de estatura muy corta, apenas me rebasa la cintura. Risueño, moreno, con rostro de galán de cine clásico, Danilo, su nombre. Acogido cuando niño en la Casa Guatemala, ahora trabaja en la panadería del hotel. Aprovecho para preguntar: casi todos los camareros de la cafetería, los chavalillos de diecisiete, dieciocho años, apenas empezando la universidad, han pasado por el centro. Ahora la organización les facilita los estudios a cambio de ciertas horas de trabajo. Entre la carrera y las jornadas en el bar apenas les sobra tiempo. Danilo ya concluyó su ingeniería, añade. En enero cumple veintinueve.

De nuevo en el agua coincido con una pareja de Melbourne. Atardece. Nos sentamos en el embarcadero. Me cuentan que se están permitiendo unas vacaciones antes de volver a su ciudad natal. Han pasado un año en Nueva York como profesores: él adoró la experiencia, ella casi entra en depresión, bromea. New York is a fucking lie.

Cuando, antes de dormir, reviso el correo, descubro un encargo de dos informes natales. Reflexiono. Cada uno supone entre cinco y seis horas de trabajo así que quizá debería pasar un par de días más aquí.

Amanece hermoso, soleado. De la puerta del dormitorio salto directo al agua. Durante la mañana, trabajo un poco y, más tarde, salvo el puente, hago mis compras en el único supermercado. Alguien me explica que la carretera es ruta principal del país, justificando el tráfico. Yo juraría que es más ancha que el pueblito en sí. Luego, de vuelta, en la cima del puente, me divierto observando a los automóviles, que se detienen a su gusto, los pasajeros que descienden a fotografiar el paisaje. Y a pesar del embotellamiento, nadie parece molestarse. Un señor aprovecha para vender cocos helados. Me abre uno, le clava una pajita. Con mis bolsas de frutos secos y mi refresco, soy el tipo más feliz sobre la tierra.

En el dormitorio hay una chica nueva. El rostro anguloso, un corte de pelo agresivo, el tatuaje de un indio de juguete en el antebrazo. Charla animadamente con el chico delgado de lentes. Me acerco, resulta que se conocen de Flores. Ella es Ágata, de Polonia, traductora para una importante cadena de televisión, adicta al autostop, sin ticket de vuelta. Él es Ivo, parisino, puro pellejo, trabajando cada mañana por unas horas en el velero de una belga y, si la cosa funciona, zarpará con la dueña rumbo a Nicaragua y Colombia. Aparece Tomek, de la República Chega, también nuevo: rubio, de ojos claros, delicado como un príncipe de cuento, su intención es comprar un barco de la zona.

Nos acomodamos en el embarcadero. Danilo se une a practicar inglés. Pedimos unas cervezas. Enfrente, el restaurante se llena. Es noche de karaoke y un presentador va pasando el micrófono de boca en boca, invitando al señalado a cantar la estrofa correspondiente. Suenan voces de gallo, de bruja, gangosas, con frenillo, de perro… y los temas son sobre todo melódicos: rancheras, alguna canción pop, algún bolero. Resulta tan horrible que uno no puede evitar sonreír. Y pasa la medianoche, nos vamos a dormir, pero fuera continúan cantando.

Con Ágata visito la Finca del Paraíso, a media hora de Río Dulce. Encontramos un par de familias locales, un tour organizado que, en cuanto llegamos, se marcha. Se trata de una pequeña poza con una honesta caída de cinco metros, rodeada de bosque. El agua nos acoge fresca; entre las rendijas de las ramas de los árboles, se cuela la luz del sol. Nadamos hasta la cascada y, ¡sorpresa!, el chorro es cálido, reconfortante, una delicia. Esa es la singularidad de la Finca El Paraíso: sus aguas proceden de corrientes sulfúricas a altas temperaturas, en pleno contraste con la poza. Un spa natural. Cada uno tantea, busca el hueco, la postura para ajustarse a la pared rocosa, cerrar los ojos, dejar pasar el tiempo. El agua se encarga de lo demás. Luego exploramos la zona, escalamos hasta el origen de la cascada, donde pequeños charcos humeantes brotan a la superficie. Nos hemos quedado solos; tan sólo permanece el guarda, que juguetea con un palo sobre la tierra. Ágata supone que se aburre, yo opino que es mejor que vender seguros por teléfono. Cuando le preguntamos, lo reconoce: sí, se aburre. Aprovechamos otra sesión antiestrés.

De vuelta a Backpackers, para combatir la pereza, nos lanzamos al lago desde el embarcadero. Ágata se apropia de la tumbona flotante. Yo prosigo el estudio de las cartas. Ivo, al que hemos apodado Frenchie, anda desmoralizado y de muy mal humor tras su día en el velero. Le agobian las dudas, de pronto, ni siquiera entiende por qué está viajando. Ya lo hizo durante dos años, pasó por Australia, India, Europa del Este. Entonces compró la guitarra que lo acompaña pero se resiste a dejarse tocar. Tengo crisis existencial, se lamenta. Así que nos sentamos en el embarcadero, a remojarnos los pies, con la intención de aligerarle las preocupaciones. Tomek abandona la pantalla del ordenador -no ha parado de investigar sin tregua sus posibilidades de compra; acumula listas de Excel con columnas de precios, medidas, nudos, mástiles-, se une a nosotros. Ágata nos invita a unas cervezas.

El restaurante muda de iluminación y se abarrota de locales. De hecho, todo el hotel está lleno de chapines -como se autodenominan los guatemaltecos- que vienen a disfrutar de la noche disco, anunciada en las carteles del puente. La música comienza, seguro que se escucha en todo el pueblito. Desde nuestra perspectiva, aseguraríamos que el personal se lo pasa bomba: los presentes se mueven como una sola masa al son de la cumbia, bachata, salsa, merengue, reguetón. Mucho baile, seguro, y mucho alcohol. A la una, para cuando cortan los ritmos, las voces de los presentes resuenan por todo el hotel: hay borrachos que gritan, los que tropiezan, los que intercambian a berridos números de teléfono; están los que previenen a la pareja para que no caiga al agua, los que llaman a taxistas para que los recojan; los motores de lanchas que arriban, y de las lanchas que parten. El despelote se mantiene hasta bien entrada la noche. Para colmo, en la habitación vecina, un tipo vomita por él y por todos sus compañeros, y, entre cada arcada, suspira y gruñe como un animal moribundo. Tardo en dormir.

Se me escapan un par de días. Concluyo las cartas natales, voy al supermercado, me regalo un centenar de chapuzones. Ágata se despide, la veo alejarse en una lancha rumbo a Livingstone. Tomek continúa impasible ante el ordenador con una eterna botella de agua a su lado. Y Frenchie ha terminado por abandonar la idea de viajar en velero, medio enferma, deja de comer. Somos los veteranos del dormitorio. Cada uno se ha apropiado de un colchón extra para descansar mejor. El resto de camas se vacía y llena a diario: viajeros de paso que pernoctan, fugaces, antes de proseguir hacia Flores, Livingstone, Honduras, Belice. Hemos descubierto, además, que las ratas nos visitan cada tanto: el pan de Ivo desaparece, mi caja de cacahuetes presenta unas amenazadoras marcas de dientes.

Por la noche, acostumbrarnos a remojarnos los pies. Danilo se suele unir, le entusiasma mi ukelele. Conozco a Juanjo, camarero de la cafetería, que estudia derecho y parece mayor para su edad. Le gusta el hip hop español, las españolas y pasar su tiempo libre viendo vídeos de youtube en un viejo portátil. Y a Luisa, también camarera, cuyo sueño es viajar a París a aprender francés. De pelo largo y recogido en una sola trenza, increíblemente guapa, cuando sonríe revela las paletas enfundadas de dorado.

Mary regresa a Backpackers. La acompañan Cecile y otras dos voluntarias españolas. Cecile, de Cáceres, dulce y voluptuosa, sólo pasará un mes en la organización aunque ya en sus dos primeras semanas asegura haber aprendido más que en varios años de oficio. Teóricamente tengo un horario fijo, narra, pero los pacientes me llegan en cualquier momento y no sé decir que no; al final, me paso el día completamente ocupada. Medios mínimos, continúa, Medicamentos mínimos, Información mínima. Las otras chicas, trabajadoras sociales, se ocupan de los grupos de niñas: jefas de sala, así se las conoce. Más allá de las molestias de los madrugones y del repetido menú (frijoles y arroz, arroz y frijoles), parecen menos apuradas, aunque coinciden que no es un voluntariado fácil.

Las tres se marchan en lancha de vuelta a la asociación pero Mary se queda: va a pasar su última noche en el hotel. Compartimos unas cervezas y risas, planes. Mañana sale temprano hacia México. Lo piensa cruzar rápido, destino a San Francisco, donde un contacto la espera para trabajar en un café, hacer pasta antes de volar a España desde Los Ángeles. El vuelo es a finales de año. Filosofamos sobre la vida y el viaje, los arribas, los abajos. Nos interrumpe Juanjo con unas estrofas de rap ibérico y Mary lo secunda, ya se conocen, claro. Cuando el chaval se marcha, Mary suspira, exhalando el humo de su cigarrillo:
– Menudo personaje- dice.
– ¿Por? -le pregunto.
– A Juanjo lo expulsaron de Casa Guatemala.
– ¿En serio?, ¿y por qué?
Mary apaga su cigarrillo.
-¿Por qué? Pues porque son unos obtusos… Pues porque estos son unos chavales y están en la edad… -Me sigue aclarando-: Imagínate. Ochenta niños por un lado, de trece a dieciséis años. Y ochenta niñas por otro. Y allí sin tele, ni internet, ni luz ni nada. Y las hormonas desatadas. Pues, claro, pasan cosas. Lo normal.
Al parecer, entre los niños se impone una separación dictatorial que también afecta a los voluntarios; los cooperantes masculinos tienen muy restringido el trato con las nenas. Hace un par de años se descubrió un caso por abusos. Un cuidador español.
– Pero lo que es, es -resume Mary.

Regreso al pueblo a entregar los informes natales. He de adjuntar unos archivos y necesito un ordenador para hacerlo. El único cíber cobra carísimo, la conexión aburre: con harta paciencia, alcanzo a enviar los documentos. Luego, a la salida me tropiezo con Danilo, en su día libre, quien se decide a acompañarme durante el resto de recados. Vamos al súper. He de aminorar la velocidad de mis pasos, adaptarme a los suyos y, en una de las veces que me detengo a hablar con él, me descubro contemplándolo desde las alturas con una mezcla de ternura y fascinación.

Al volver a Backpackers me espera una estupenda sorpresa:
– ¡Ágata!
La descubro recostada en una tumbona, pañuelo a la cabeza, cerveza en mano; pura pose chic. Lo admite: después de unos plácidos días en Livingstone, se le antojó reencontrarnos
Así que a la tarde nos reunimos de nuevo los cuatro viajeros. Frenchie desenfunda la guitarra y practica. Afirma haberse recuperado de la flojera, pero no va continuar su trabajo con la belga. Operación velero abortada.
Visitamos el pueblo para cenar. En un pequeño local nos sirven tortillas de harina, a modo de pizza, que cubren con huevos revueltos, frijoles y picante. Exquisito, y muy barato.

El segundo fin de semana se me echa encima. El viernes noche nos atrevemos a integrarnos en el bullicioso restaurante. Danilo nos acompaña. El presentador de esta ocasión tiene voz radiofónica y el rostro hinchado y colorado del calor. Cuando nos cede el micrófono, Danilo y yo desentonamos con Así fue, a lo Juan Gabriel o la Pantoja. Luego tenemos el gusto de escuchar a Jenny, que viene de El Salvador y tiene ciertas dificultades para compartir el micrófono, así como a una veintena más de locales, fanáticos del romanticismo y sin un mínimo de reparo. Cuando cambian los vídeos de las pantallas y dan paso al momento disco, nos tiramos a la pista a menear el esqueleto. Los temas son clásicos como No te metas con mi cucu, Amor de mis amores, Caballito de Palo y Samba do Janeiro y el ambiente es súper festivo, ni una silla ocupada, y todos los asistentes bailan, sonríen y miran directamente a los ojos, los cuerpos sudan, se hidratan, con mucho alcohol. Cuando nos retiramos a dormir, la música aún continúa por mucho rato.

El sábado truena, diluvia sin parar. El agua y la conexión desaparecen buena parte del día. No se pueden usar ni internet ni las duchas y las tazas de wáter acumulan mierda. Me pregunto quién limpiará todo aquello.
Frenchie y Ágata aprovechan la borrasca para ultimar planes: mañana se largan a Xela.
Cuando a la noche, regresa la luz, el restaurante se transforma en un negocio de La Vegas. El vocerío aguantará hasta la madrugada. Y esta vez, en uno de los cuartos contiguos, una pareja fornica como si el mundo estuviera a punto de desaparecer.

A la mañana siguientes, hemos contabilizado cinco polvos y, cuando vamos saliendo del dormitorio, ya preparan el siguiente.
Me despido de Ágata y Frenchie, ha sido un gusto conocerlos. Happy travels.

El resto del día oscila tonto, quizá por la la falta de sueño. Tomek regresa a sus investigaciones: pantalla con fotos, botella de agua. Yo pruebo una siesta y me despierto con la certeza: Mañana me marcho, le confirmo a Danio. Ya no podremos bailar otro Caballito de Palo, opina.

Es lunes y madrugo. En recepción me indican que a las nueve parte una lancha para Livingstone y, como me sobra tiempo para preparar la mochila, ordeno un café en el bar. No tarda en aparecer Tomek, con su ordenador, su botella. Se une en mi mesa, pregunta a qué hora me marcho. Luego me explica que a la tarde tiene varias citas con distintos vendedores, está ilusionado.
Llega una lancha y de ella se baja Cecile, que enfila hasta nosotros, se sienta. Viene algo agitada: ha pasado la noche velando a una moribunda de cáncer de la aldea vecina y tuvo que interrumpir los cuidados para atender a una niña herida con un cuchillo en el cuello. Abre y cierra el menú, insistente, sin apenas mirarlo. Necesita recuperarse, aprovechar para hacer las compras en su día libre, consolarse con la familia por Internet.

Compruebo el reloj. Todavía me queda tiempo. Me acerco a la barra y pido otro café. Es café soluble, horrible, aunque ya me acostumbré a beberlo. Los camareros me lo sirven en vaso, con una jarrita de leche hirviendo al lado, para que lo mezcle al gusto. Observo el horizonte. Quizá mejore el tiempo, me digo. En la lejanía, unos solitarios rayos pelean por disolver el nublado.

Con mi bebida caliente, regreso a la mesa. Mis dos compañeros andan inmersos en sus aparatos electrónicos, y posiblemente ni siquiera me escuchen. Sin embargo, cuando lo pienso, no puedo evitar compartirlo en voz alta:
– ¿Sabéis qué? -entonces me miran-. Me quedo otro día más.

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