El mito del peyote. Parte II: Realidad


Aún tuvimos que recorrer un estupendo tramo hasta encontrar el lugar adecuado. La tarde vencía, sin prisa, alargando las sombras, anaranjando los contornos. El perrillo nos perseguía a discreta distancia. A veces nos adelantaba, entre alegres ladridos, rodeaba, volvía a adelantar.

Aparecieron otros venados. Myrna, por ejemplo, avistó varios muy seguido, todos de cinco gajos. Carlos dio con uno de nueve. Siempre acudíamos corriendo, cual tropel de niños de guardería, a extasiarnos ante el cacto, mientras el privilegiado descubridor realizaba la correspondiente ofrenda.

Ubicado el enclave, un llano próximo a un abundante grupo de cactus y arbustos secos, descansamos las mochilas y proseguimos con nuestro trabajo. Recogimos piedras blancas, siguiendo indicaciones de Jose, que dispusimos en el suelo formando un amplio círculo. En su centro dibujamos una circunferencia menor, que albergaría a la hoguera o Abuelo Fuego (considerado padre del sol en la cosmología huichol). Reunimos también trozos de madera y excrementos secos de vaca, estos de fácil combustión. Fue durante los preparativos que, por fin, los pies de un matorral, encontré un peyote. Pura simetría por sus ocho pétalos, asemejaba una extraordinaria flor del espacio. Los compañeros me cedieron tabaco, pipas de calabaza. De nuevo hube de postrarme, humilde, ante la planta, espolvorearla con los regalos. Feliz proseguí con la recolección de ramas.

Montamos las dos tiendas. El viento rugía vehemente y ya nos habíamos puesto la ropa de abrigo. Cayó la noche. Salieron la luna y las estrellas.

Carlos sería el encargado de que el fuego resistiera hasta el amanecer. Nos sentamos alrededor de la estrenada lumbre. Mis colegas habían extendido un pañuelo ante ellos y, con delicadeza y rigurosidad, preparaban sus respectivos altares. Ordenaban semillas, piedras, velas, sobre la tela, de acuerdo a sus colores y a otros criterios. Todos me compartían algo generosamente, lo depositaban en mis manos, previa bendición. Ariana me entregó un pañuelo rojo y yo inventaba mi propio diseño. Había traído la figura de un Ganesha, que acostumbra a viajar conmigo, y unos cuarzos adquiridos en Bernal. Por su parte, Jose había dispuesto majestuosamente su altar sobre varias piedras, a modo de pórtico o templo, e incluía coches de juguetes, largos collares de cuentas y unos puntiagudos cuernos de ciervo.

Cierta agitación, que había conseguido desplazar al cansancio, se respiraba en el ambiente. El fuego crepitaba y su humo se mezclaba con el de los sahumerios de los compañeros, quienes concentrados, murmuraban oraciones, dibujaban con las manos figuras en el aire, cual símbolos de Reiki.

Repartidos unos cirios, Myrna prendió el suyo, usando el fuego de la hoguera, y esa mecha encendió la vela del compañero. Así, hasta que el círculo se completó. Jose, su cara alienígena sombreada por las llamas, nos observaba como queriéndose asomar a las profundidades de nuestro interior. Invocó a Ometéotl, dios mexica de la dualidad. A continuación, distribuyó unos trozos de cuerda. Explicó que, por cada historia de nuestro pasado que deseáramos cerrar (un viejo amor no olvidado, un malentendido entre amigos sin resolver, la culpa insistente por aquel robo o mentira), debíamos realizar un nudo en el cordón. Nos invitó a cooperar, a verbalizar nuestras vivencias personales. A cada aportación, siete pares de manos se afanaban en un nuevo nudo. Devolví la cuerda retorcida, encogida, deformada.

Luego cada uno se presentó y expresó sus expectativas ante el viaje que nos precedía. Para entonces, lo confieso, me sentía algo nervioso. Los otros apostaban a lo grande, combinando en la expresión de sus anhelos tanto dramatismo como heroicidad. Ariana ni siquiera había podido contener las lágrimas. Honesto, me expresé. Lo que mi escepticismo y susceptibilidad permitieron.

Comenzaron los cantos. A veces, en lengua indígena; otras, en español. Repetitivos y fáciles de seguir, acompañados por el tambor de Omar, me hacían evocar historias de indios del oeste, con sus plumas, tipis, señales de humo y pinturas en la cara. Enaltecían el sol y la luna, el fuego, el águila. Hablaban de búsqueda, enfermedad, reencarnación. En ocasiones, cada uno debía completar un silencio y cantar su propia versión. Hoy es un buen día para morir, proclamaba uno de los versos. Alcanzamos la medianoche. Entonces, Jose dio inicio a la cacería y cada uno salió del círculo en una dirección diferente a buscar su venado.

Tarea bien compleja. La exigua iluminación de los astros y una triste linterna, me obligaba a encorvarme de continuo para poder inspeccionar las bases de los matojos. Doblado como una ele me internaba en el desierto. El perro me rondó, agradecí su compañía. Le hablaba, bromeaba en voz alta, le supliqué ayuda.

Alguien gritó en la lejanía: Omar. Nos congregamos junto a él y las linternas alumbraron: uno de cinco. Jose le tendió un fulgurante cuchillo de obsidiana. Tras su plegaria de gratitud, Omar retiró la tierra alrededor del cacto y, diestramente, lo rebanó de un corte. Regó con semillas la parte amputada, que cubrió con arena. En un lustro, la planta se habría regenerado. Regresó al fuego, a custodiar el cuchillo hasta un nuevo descubrimiento mientras el resto continuó con la búsqueda.

Mi impaciencia no cooperaba. Me desorientaba con facilidad e incluso movía en círculos. De repente, perdía la hoguera de vista, desaparecida tras un matojo o me descubría revisando los pies del mismo cactus de unos minutos previos. Intenté sin fortuna dar con el peyote que había avistado al final de la tarde. Entre tanto, mis compañeros festejaron otros hallazgos. Al final, sólo quedamos Ariana, que había desistido y se calentaba junto a la lumbre, Eduardo y yo. Estoy desesperado, le confié a Jose, bastante enojado, Y encima, me duelen los riñones. Me sonrió: Sigue buscando, dijo, que cuando lo encuentres, dejarán de dolerte. Y cuánta razón tenía.

En cualquier caso, cuando Myrna me prestó su potente linterna, mis riñones lo agradecieron. Con Eduardo, me alejé del campamento. Nos animábamos y consolábamos. Entonces empecé a tropezarme con peyotes gigantescos: enormes rosetones de trece, quince, diecisiete gajos, solos o en familia, unidos, malformados. La motivación jaló de mi voluntad. La suerte merodeaba cercana. Eduardo por fin halló una pareja bien coqueta, de cinco gajos cada miembro. Me cedió uno, así que ya tenía mi peyote. ¡Cómo salté de alegría! La carne del cacto apenas se resistió cuando usé el cuchillo.

Proseguimos con la ceremonia. De nuevo alrededor de la eterna hoguera, teníamos ante nosotros cada uno un plato donde confiar la pieza. Limpiamos el peyote de unos bultitos amarillos que adornan cada gajo. Lo abrimos, como se da la vuelta a un calcetín, para extraer la pelusilla de su parte central. Separados los gajos, seleccionamos uno con el que nos frotamos la cara. Era rugoso al tacto, más seco que húmedo. Nos marcamos la frente y las mejillas, para que el venado nos reconociera, y descendimos por el cuello, las muñecas, los tobillos.

Jose nos propuso regalar un pedacito de nuestra pieza a Ariana. Se repartió chocolate, mordimos de él. Poco después, cada uno acercaba su primer gajo a la boca. Hay que masticar bien, recomendó Jose. Entre mis dientes, algo crujía, liberando un sabor amargo, entre mar y tierra. Continué hasta triturarlo lo suficiente, picaba el paladar tragué.

De mano en mano circulaban un par de tazas de café. Habíamos retomado los cantos. A veces nos incorporábamos para danzar al primitivo ritmo del tambor. Las mujeres entonaron unos cánticos a la femineidad. Una sonaja aterrizó en mi regazo. Volví a brincar, la sacudía, emocionado. Poco a poco, los platos se vaciaban.

El primero en abandonar el círculo para seguir cazando fue Carlos. Omar y yo no tardamos en salir. Algunos efectos del peyote se hacían patentes. Mis sentidos parecían haberse agudizado, el cansancio esfumado y, por supuesto, los riñones no dolían. Me hallaba en una especie de estado de alerta, avizor. Esquivaba los espinos, me agachaba aquí, escudriñaba allá, ágil, agitado. No tuve suerte, pero Omar sí. La caza se dividió y el plato desfiló para que todos agarráramos una parte.

Más cantos. Se añadió agua a la olla, más café, cardamomo. Ramas al fuego. A medida que la noche se dilataba, mi inquietud crecía. Volvimos a salir. Descubrí uno de nueve y no pude ignorarlo. Practiqué un corte algo irregular. Las nubes cubrían las estrellas. En la distancia se oyó un tren de mercancías.

Se gritaron a la hoguera palabras hermosas. Cada uno recordó un mantra que el resto repitió. Algunos sollozaban. Un llanto atávico, tan desgarrador, que sólo me atrevía a espiarlos de reojo. Nuevos cantos. Cada vez que Eduardo me tendía la taza, sentía mis manos brillar, como si irradiaran energía. Omar se había dormido profundamente.

El amanecer se retrasó y el peyote hacía de las suyas. Sentía a los otros lejanos, mi desconfianza reforzada. Las mujeres se alejaron del círculo para vomitar. Nadie hablaba. Se evitaba el contacto visual.

De repente, Omar despertó y comenzó a aporrear el tambor enérgicamente, instándonos a bailar, alzar las rodillas, levantar polvo. Alguien reparó en la ausencia del perro.

Al fondo, tras las montañas se adivinaba la claridad. Jose entonó una oración al sol. Los otros los siguieron. Algunos extrajeron unas caracolas y soplaron al amanecer. El sonido marítimo se fundió con el paisaje, que se desperazaba, mientras la recién llegada brisa agitaba trenzas y túnicas, cintas en la frente, en un homenaje al astro rey que se prolongó durante largo tiempo. Me sentí afortunado de presenciar aquel estrafalario y mágico espectáculo.

Luego corrimos alrededor del fuego, en ambos sentidos, perseguidos por Jose, que blandía los cuernos de venado. Después, fatigados, de pie, ante la hoguera, Jose nos animó a mirarnos directamente a la cara. Nuestros rostros estaban sucios, hinchados por el llanto y la mescalina. Jose inició una triste letanía en lengua indígena mientras aguardábamos en funerario silencio. De Más llantos. Más dolor. Carlos se arrancó la camiseta, furioso, y la arrojó al fuego. Uno por uno, Jose nos rodeó, murmurando aquel indescifrable lamento, clavando los cuernos en distintas partes de nuestro cuerpo. Concluía en el corazón.

Poco después se dio por finalizada la ceremonia. El sol ya calentaba y nos dispusimos a recoger el campamento. Fue cuando percibí que algo no funcionaba. Para empezar, desarmar la tienda se convirtió en una odisea: las fuerzas me fallaban, la tela de la tienda me resultaba extraordinaria al tacto y no alcanzaba a coordinar mis movimientos. El desierto en su totalidad parecía un lugar nuevo, ajeno, casi inhóspito, que me aprisionaba bajo una poderosa bóveda celeste. Fue tan repentina y brusca la zozobra que busqué consuelo en Jose. No te preocupes, me respondió, se le había puesto cara de bobo, Estamos todos así, el viaje no ha hecho más que comenzar.

La caminata de regreso se endureció. Desfilábamos silenciosos, sólo las mujeres conversaban entre ellas. Yo deseaba hablar pero no tenía energía. Bastante me costaba concentrarme en moverme. Sentía tal desconexión que hubiera podido cerrar los ojos y desaparecer para siempre. Fue un acto de descomunal voluntad el que me empujó a mover los pies, a seguir al grupo.

Se tomó un atajo, dijeron. De pronto, el perro estaba con nosotros. Me sumé a las mujeres, requería nutrición maternal, pronuncié mis primeras palabras. Arriana se me antojaba lo más parecido a mi madre, por su trabajo interno, su dolor. Repartimos naranjas y limas. Había que evitar beber agua.

Eduardo pasó a mi lado, aquel gigante de rostro noble, cubierto de suciedad y lágrimas secas. “Un verdadero gusto”, sonrió al hablarme. Y yo quise llorar lo que no había hecho hasta entonces. Las mujeres se rezagaron. Vomitaban de nuevo.

A medida que marchábamos, el brillante paisaje desértico se mezclaba con ráfagas de imágenes de la noche. Mi cabeza era pura confusión, donde la realidad y lo onírico se entrelazaban vertiginosamente. Luego viví un instante de calma: El sol quiso hablarme, algún pájaro revoloteó. Todo se ajustó a un plan perfecto. Sentí armonía. Comprensión. Podía volar, pensé. Podía ser un jaguar, pensé. Reconocí el poder de la mente. Mente somos todos.

Me adelanté hasta Omar, que se empeñaba en librar de espinas un bonito cayado. A mis espaldas, Carlos avanzaba con la vista fija en el suelo, desenterrando quién sabe qué. Gracias a la charla acribilladora de Omar, alcancé a enraizarme algo más. Se nos unió Jose, que también parecía haberse repuesto un poco. Frente a un rancho, aprovechamos la sombra de un árbol. Algunos dormitaron. Mi corazón bombeaba con violencia.

Hubo que andar tanto y con aquel sol infernal. Bajo mi gorra acomodé un pañuelo que me protegía parte de la cara. Atrás quedaron otros ranchos, las vías del tren. El perro nos seguía fiel.

En Wadley aprovechamos otra sombra, por fin compramos refrescos. Algunos durmieron. Poco a poco sentía que iba recuperando el control sobre mí mismo. El grupo se dividió: Omar y Eduardo se subieron a un bus que les permitiría llegar al DF. El resto batallamos lo que pareció una eternidad hasta dar con una camioneta para Real de Catorce.

El viaje en la parte trasera, en aquel clima diabólico, terminó de achicharrarnos. Al perro lo arrojamos en una curva pues se había empeñado en acompañarnos en el regreso.

Cuando la camioneta atravesó el túnel de Ogarrio, nos devolvió a Real derrotados, convertidos en mendigos de piel abrasada y estómago feroz. Comimos, volvimos a la casa de huéspedes. Creo que Myrna fue la única que se duchó. El resto nos relajamos en la cama y no nos levantamos. Mi corazón aún latía con fuerza. El sueño lanzó sus redes. Poco después las recogió.

***

A la mañana siguiente, escuché, brumosas, las voces de Jose y las mujeres. Este partía a caballo a Wirikuta a presentar los rezos.

Desperté más tarde. Agradecí la ducha. Lavé la ropa. Acusaba cierto cansancio físico, pero no extremo, ajeno a los acontecimientos anteriores. Los que quedábamos fuimos a una cafetería. Nos deleitamos ante las posibilidades del menú. Las mujeres pidieron suculentos bocadillos. Mi cortado supo a bebida de dioses. Serenos, caminamos por las callejuelas del pueblito, que se preparaba para el fin de semana.

En el bazar El Gitano, mis compañeros preguntaban por mezclas para sus braseros, péndulos energéticos, una camiseta para regalar a Jose por su cumpleaños. El dueño, un extranjero con un español impecable y arrugas tostadas en la zona, mezcla entre Indiana Jones y Cocodrilo Dundee, atendía con amabilidad, informando detalladamente sobre cada artículo. Me interesé por unos coloridos cuadros de estambre, de seres fantásticos y diseños geométricos, dispuestos sobre una estantería. En el revés, se explicaba con escritura irregular y numerosas faltas de ortografía, la leyenda relativa a la imagen.

Son obra de un famoso artista huichol, apuntó el propietario, Visiones que lo asaltaban en el trance, durante la creación de los cuadros.

Le hice ver que algunos de los nombres mencionados en el revés parecían japoneses.

Así es, confirmó, La civilización huichol y japonesa están emparentadas. Ambas proceden de una isla milenaria inmemorable hundida en el Pacífico. A menudo nos visitan los japoneses, a practicar el ritual. Yo he estado en varias ocasiones con ellos y los huicholes, empeyotado, y han sido experiencias únicas, inolvidables. Ahora hablaba para todos: La gente cree que con comer peyote una vez ya es suficiente, pero es necesario darle cierta regularidad. Sólo a partir de la quinta ingesta comienzas a abrir otros portales, a poder viajar en el tiempo, a atisbar lo que hay por entender.

Mis compañeros escuchaban entusiasmados. Aplaudían la posibilidad de un regreso al año siguiente.

En otra mesa descansaban unas pesadas llaves de hierro, cerraduras. Pregunté por su procedencia.

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¡Participando aprendemos todos!