Cuatro bodas y un funeral


La muerte de mi abuela me ha sacudido esta mañana mientras desayunaba. Un mensaje de mi madre por la aplicación de facebook, como respuesta a mi saludo, me comparte la noticia: Telepatía, dice, La abuela acaba de irse a otro plano. Le envío un par de audios para aclarar lo inevitable pero los archivos se mantienen pendientes: puede que esté organizándose con la funeraria o contactando a otros miembros de la familia, estas cosas engorrosas de cuando la gente se muere.

A mi lado, Rachel y Steven, compañeros de trabajo, también beben café. Nos hayamos acomodados en las butacas de madera del jardín del hotel. El día es soleado, las cimas de los volcanes se perfilan brillantes en el cielo claro.
– Are you coming back? -me pregunta Rachel.
No, por supuesto que no voy a regresar; la distancia resulta demasiado grande y, de alguna manera, siento que me excusa, aunque parece que también me culpabiliza.

Rachel manosea su iphone: su hermana, de hecho, le ha escrito para contarle que en seis meses se casa y mi amiga no desea volver a su ciudad para una dichosa boda, justo apenas ha comenzado su viaje. Yo ni prefiero opinar: para mí son dos situaciones diferentes o puede que no. La verdad es que me siento un tanto confundido.

Lo curioso es que este fin de semana se celebra una boda en el hotel donde trabajamos, una celebración discreta con una veintena de invitados que han reservado todo el complejo, garantizando su intimidad. Algunos huéspedes ya llegaron: se suceden entre ellos los apretones de manos, los cálidos abrazos. Según entendí, se trata de amigos que se conocen desde el instituto, procedentes de una pequeña región de los Estados Unidos llamada Delaware. Va a ser un finde atareado y no puedo evitar recordar el título de la película Cuatro bodas y un funeral.

El resto del día lo paso desorientado, sin emociones definidas. Un mensaje escueto de mi hermana reconfirma la defunción de mi abuela. La mujer superó los ochenta y nueve años y gozaba de una respetable salud mental, así que, más que lamentar, habría que celebrar su estupendo paso a la otra dimensión. Pero estos son razonamientos lógicos y la muerte, más que al cerebro, ataca al corazón. Además, representó un papel relevante en mi infancia y juventud; ni qué decir para el resto de mi familia, que es, ante todo y sobre todo, un complejo matriarcado. Así que me arrastro por la jornada sin brújula, disparando la noticia, de vez en cuando, a cualquiera que se me acerque: Mi abuela ha muerto. Los otros me miran con cierta extrañeza pues pronuncio las palabras como si no me pertenecieran. Yo sólo sé acusarlo a la distancia. Por supuesto ningún futuro difunto se comunica con sus allegados para avisarles que estirará la pata pero de haber estado en mi tierra habría podido acompañar a los míos. Incluso desde cualquier ciudad de Europa se sienten menos las distancias: las franjas horarias coinciden y ryanair oferta vuelos tirados de precio.

Luego evoco una llamada misteriosa, recibida una noche de noviembre, recién mudado a Berlín. Se trataba de una amiga que viajaba por la India y cuya abuela acaba de fallecer. Necesitaba desahogarse. También recuerdo la historia de Soqui, a quien conocí en Flores, al norte de Guatemala. Oriunda de Buenos Aires, guerrera, de las que sin pagar ni un duro por transporte se atraviesan de punta a punta el continente, se propuso, tras un año de aventuras, regalarle a su familia una visita sorpresa. Cuando llegó a su casa -no había avisado a nadie-, le notificaron que su madre había muerto de un infarto unas horas antes. Así que con un aviso mejor no contemos.

El hotel se va llenando, se repiten los check-ins y la puesta de sol embellece el encuentro de los colegas. También llegaron los novios (él, barbudo y grande como un vikingo; ella delgada, angelical) y los padres de estos. Detrás de la barra no paro de abrir cervezas, descorcho botellas, preparo cócteles y, por falta de vasos limpios, recurro a los de plástico. Luego he de servir la cena con ayuda de un par de compañeros, mientras los invitados continúan embriagándose como corsarios. Y aún faltan algunos: he de organizar el transporte desde el aeropuerto para dos vuelos aterrizados en la Ciudad de Guatemala. Para cuando presentamos el postre ya acarreo una mala hostia apoteósica. Después recojo los platos devolviendo eternas sonrisas y respondiendo a cada uno de los piropos sobre la comida porque, si no lo sabéis, en los Estados Unidos todo está woooooonderful, amaaaaazing and deliiiiiiiicious. Así que thank you very much, you are very welcome and thank you very much again. Claro, no sintonizo con el ánimo festiva y termino discutiendo con uno de mis compañeros, con alguien la tenía que pagar.

Aparecen los últimos huéspedes, se les atiende en el reservado de una mesa. Como no da tiempo a reponer el vino blanco y servirlo frío, sumergimos las botellas en cubetas con hielo para que adquieran una temperatura decente. Sigo sin saber de mi familia, deben estar en el velatorio, deduzco por la hora; aquí ya han puesto música. El padre de la novia flirtea con una de mis compañeras, se le arrima pegajosamente, balanceándose, con una copa en la mano y una mancha descomunal sobre la camisa. Pasada la medianoche el volcán erupciona y desde la distancia se reconoce la lava candente deslizándose por la ladera.

A la mañana siguiente no estoy de ánimo para impartir la clase de yoga. Sin embargo, una chica me pide un masaje y acepto. Es amiga de la novia, el pelo muy claro, igual que la piel, blanca y sensible. La joven me comenta que ha pasado una semana muy intensa y, en cierta manera, duda si el masaje realmente le beneficiará. Yo sonrío: Si existe un tapón, en algún momento habrá que desbloquearlo.

El masaje tailandés se basa en la digitopuntura, es decir, la presión -principalmente con los pulgares- de diversos puntos y líneas conocidas como meridianos. De acuerdo con la medicina china tradicional, se trata de conductores energéticos que circulan por todo el cuerpo. No se podría definir, de primeras, como un masaje placentero, pero la contracción incómoda y a veces dolorosa del músculo viene acompañada de una expansión y apertura que se traducen en bienestar y una profunda relajación.

Pasada la primera media hora, la chica ya se ha adaptado y disfruta. Realizamos algunos estiramientos que recuerdan posturas yóguicas, trabajamos la espalda y luego la vuelvo a hacer tumbar boca arriba. Para finalizar aplico algo de reiki: sólo en la cabeza y en el estómago, un poco de calor para redondear la sesión. Paulatinamente percibo como sus suspiros satisfechos se transforman en ahogos, el rostro se congestiona, batalla contra el sollozo. No resistance, le digo, No te resistas, y se permite abandonarse a su tristeza. Yo continúo desplazando mis manos por diferentes zonas mientras ella llora hasta que, por fin, su respiración se acomoda. Entonces me marcho, la dejo.

Descubro una incesante actividad en el jardín del hotel: todo son preparativos para la ceremonia. Un día fantástico para casarse, comenta alguien a mi lado. Han atado ramos de flores alrededor de los árboles, cambiado la disposición de las bancos y mesas, añadido sombrillas para resguardar del sol. En ropa interior, la novia se pasea, supervisando; se hace pruebas con dos vestidos diferentes, ayudada por unas amigas. Otros invitados ensayan con guitarras y beben cerveza. Según tengo entendido, realizarán un pequeño ritual dequakers -o cuáqueros, una hermandad religiosa disidente de orígenes británicos- donde el novio recibe cantando a la futura esposa. Alguien confecciona una diadema de florecillas para la novia y esta se estudia ante un espejo que la madre sostiene.

Apenas una semana atrás la casa de los novios fue desvalijada: los ladrones robaron unas estupendas cámaras de fotos con todos los recuerdos del viaje de la pareja, dos ordenadores, un ipad nuevo -dentro de los dispositivos además había material preparado para la boda como listas de canciones, proyecciones y plantillas de menúes, además de varios documentos importantes. También se llevaron dinero y hasta los anillos. Sin embargo, observando a mi alrededor opinaría que, al menos, a simple vista, ninguno de los presentes parece acusar semejante pérdida.

Y por fin recibo un mensaje de mi hermana, acordamos conectarnos por skype: ya están todos de vuelta en casa de mi madre, recién llegados del funeral. Mi hermana me narra el sinfín de personas que asistieron al entierro: vecinos, familiares políticos, amigos. El cuerpo de mi abuela se ha incinerado. Parece absurdo, pero me siento tentado a preguntarle si alguien registró la tarde en vídeo o de alguna otra manera. Luego charlamos sobre otros asuntos, bromeamos, como siempre. Mi madre aún no desea hablar conmigo.

El jardín se torna ruidoso, los fotógrafos han llegado y están realizando muestras de color, de ángulos. La mayoría de los invitados ya se cambiaron; los encuentro guapos, bonitos, y es que flota en el aire cierta belleza y sencillez. Desde lejos, la chica a la que le he dado el masaje me hace un gesto que viene a significar Luego hablamos. Mi familia se despide, se encuentran muy cansados y pronto irán a dormir.

Permanezco un rato más sentado en el porche. A las tres se celebra la ceremonia. Luego se sucederán los aperitivos y música en directo de un dúo de Antigua. Más tarde, la cena, y después los mismos invitados y el novio darán un concierto. Se cortará el pastel y, para medianoche, hay sopa. Otro día largo, sin duda; debo ducharme y arreglarme para trabajar. A sugerencia de uno de los compañeros, todos nos vestiremos medio elegantes. Me han prestado una corbata y una camisa celeste que, por cierto, me queda enorme.

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