Cuando el viajar cansa


A Lorenzo, el escorpión

Hoy viajo cansado.
Muy muy muy cansado.
Hoy es ese día en que las fuerzas faltan, la duda oprime y todo, absolutamente todo, se tambalea.

En realidad, no es indispensable cruzar fronteras para que el suelo tiemble. Lo puede hacer en cualquier lugar, en cualquier momento. Pero si, además, escasean los remedios de lo cotidiano (un abrazo amigo, la desordenada lista de la compra), el vértigo, aliado con la nostalgia, acobarda. Y vaya.

Hice cuentas. En los últimos diez días he dormido en siete escenarios diferentes: he acampado en un patio de cemento, he compartido la estrecha tienda en varios puntos de montaña, he disfrutado de un colchón de matrimonio en un caserón helado y en Xilitla me cedieron una camilla de hospital aséptica e incómoda a partes iguales.

Por respeto a mi naturaleza acostumbro a viajar despacio, me regalo tiempo para la introspección, la lectura, un sencillo café en la sombra de una plaza. Los motivos de la maratón de los últimos días se hallan en el encuentro fortuito con dos hastiados de la rutina, que se unieron a mí, yo me uní a ellos, y juntos recorrimos la Sierra Gorda y parte de la Huasteca. Las prisas y las pobres horas de sueño, bien merecieron la pena.

Claro que, a veces, las razones son lo de menos. Si la luna completa su órbita cada veintiocho días, yo, como cualquiera, también vivo mis ciclos. Y si unas tardes atrás en el bosque retrocedía hasta mi niñez y corría como cachorrillo detrás de unas luciérnagas, hoy apenas consigo arrastrar los pies, maldigo la mochila, pesada cual losa, y me siento casi tan anciano como el árido paisaje que se proyecta tras la ventanilla del bus.

Con preguntas milenarias. Sin fuerzas. Ni motivos. A cada kilómetro, envejezco.

Había amanecido esta mañana en el patio del indio Miguel Fernández, quien me ofreciera un hueco donde acampar a cambio de unas monedas. Mi objetivo era presenciar el espectáculo matutino del Sótano de las Golondrinas, una impresionante cueva vertical de más de quinientos metros de profundidad, en cuyo interior anidan más de un millón de vencejos. Cada mañana, cuando los rayos del sol penetran en la caverna, las aves ascienden, aprovechando las corrientes de la gruta y parten hacia el Golfo de México, hasta el Atlántico. Sólo regresan al atardecer.

Ya la víspera anterior puede contemplar el fantástico retorno de los pájaros. En el vuelo en picado, superan los 150 km/h, pues deben romper las potentes corrientes del interior de la gruta. El sonido que emiten durante el descenso asemeja un mar de olas extraño o el rasgar interminable de un sinfín de espadas.

Así que el despertador ha sonado a las seis y poco, pero hasta las siete he apurado alternando costado. Ya se oía ruido en el patio y, al asomar la cabeza fuera de la tienda, he encontrado a Lorenzo y Valentín, que jugueteaban discretos en una esquina. Los hijos de Miguel me ayudaron anoche a alzar la tienda, se apoderaron del ukelele y me hicieron compañía hasta que la mamá los mandó a dormir. Conversan en tenec, el dialecto de la zona, aunque a mí se dirigen en un tímido español perfecto. En un rato, tienen clase en un rato, pero Lorenzo va a guiarme hasta el sótano, como sugiere la madre.

Las aves parten de siete a ocho, así que debemos apresurarnos. Lorenzo me insta a seguirlo por un nuevo sendero. Sus piecitos descalzos brincan ágiles de roca en roca. Como está más despierto que yo y agarró la confianza, parlotea sin descanso: que si por allá se encuentran otros camino, que por acá hay otras casitas, que si también rondan unos armadillos que enroscan la cola. Se detiene de cuando en cuando para investigar un insecto de la tierra, una etiqueta de papel o cualquier otro cachivache que merezca su atención. Yo batallo para no caerme y lo apremio: Vamos, Lorenzo, aligera. Pero luego topamos con los vendedores, apenas armando sus puestos. Una señora me contesta, los pájaros aún no aparecieron.

Así que al alcanzar la gigantesca boca de la gruta, encontramos un sosegado público: no supera la decena, todos mexicanos, estimo, a la expectativa. Detrás de las montañas, el sol se alza leve y una suave brisa se escapa entre las ramas de los árboles. La cueva aún descansa a oscuras. Parece que los vencejos no quieren madrugar.

Reemplazando al papá de Lorenzo que tuvo que marchar a la ciudad, armado con cuernas y arneses, otro indio ofrece la posibilidad de asomarse a la caída, previos nudos y aseguramiento sobre una piedra. Desde las alturas, el fondo húmedo y misterioso no se revela. El resto del tiempo nos conformamos con esperar tras las cintas de protección.

Transcurre una media hora muy tranquila. Se conversa en susurros. Aparecen nuevos turistas. Mientras, la luz del sol se acerca paulatina a la boca de la cueva. Lorenzo se hurga bajo las uñas. La escuela ya debe haber empezado, le advierto, pero me ignora descaradamente. Luego le pregunto si ya vio las golondrinas. Muchas veces, responde, Con mi papá. Una bandada de cotorritas cruza sobre nuestras cabezas.

De repente, alguien lo anuncia: Ya vienen. En efecto, desde el interior de la cueva se siente la gestación de un poderoso murmullo, algo que despierta.El arrobo cobra fuerza, gana altura, gravita; se contiene, por unos instantes, como si dudara al respecto, y ahí surgen las aves ascendiendo en espiral, sus círculos cada vez más amplios hasta situarse a varios metros sobre la boca de la gruta. Ante nosotros, flota una corona alada, que se decide: se desenrolla propulsando sus pájaros hacia el Atlántico. Lo hace con una belleza y precisión innegable, casi tecnológica. En ocasiones, el pájaro debe completar varias veces el círculo antes de aprovechar la corriente perfecta. Otras choca con sus compatriotas, pero sin perturbar el ritmo frenético de aquel tráfico desenfrenado. Difiere el sonido del de ayer, amortiguado, parece una lluvia dulce. A veces, el conjunto se enrosca, se hunde en la gruta, para regresar momentos después.

Nadie habla, empequeñecidos ante la visión, los cuellos estirados, los móviles que registran. Atrás mía, Lorenzo se ha incorporado: tiene sus ojos almendrados fijos en un evento que tantas veces contempló.

Los círculos se suceden. Flotan sobre la gruta cual señal de humo, y luego se deshacen hacia el oeste, siempre hacia el oeste. El espectáculo perdura unos veinte minutos más.

Para regresar, Lorenzo escoge otro camino. Nos detenemos a menudo: porque se cansa (El camino es empinado, dice) o para compartir sus apreciaciones (unos gusanitos que gusta de aplastar, una esterilla que antaño estaba blandita, su fuente favorita donde tenemos que refrescarnos). En la ladera se distingue un crucifijo y me suelta una larga historia, de la que apenas entiendo la mitad, sobre el accidente de un camionero que allí perdió la vida. Iba muy borracho, concluye como moraleja.

Cuando llegamos a su casa, me apresuro por querer recoger. Ya apunto un impaciente mal humor. Lo quiero todo para ayer. Pero Lorenzo disfruta ayudando. Así que, a su diferente ritmo, desmontamos la tienda, doblamos las cobijas, preparamos el macuto. ¿Y tu madre?, le pregunto, Llámala. Silenciosa, surge del interior de la casa, todo el tiempo había estado allí. Le pago, doy las gracias. Al voltearme, descubro a Lorenzo enganchado a la mochila pequeña. Esa no, le digo, Esa pesa mucho, Lleva esta. Le paso el ukelele enfundado. La hora de entrada a la escuela hace rato que pasó.

Esta vez me guía por un escarpado sendero que conduce a la carretera principal. La guitarra se puede transportar de dos maneras, comenta feliz; ha reparado en las diversas asas del estuche. En la calzada avistamos un camión en la lejanía. Le hago señas al conductor pero nos adelanta. Es que nosotros, explica Lorenzo, nos ponemos a un lado y hacemos así con la mano, sus dedos se juntan y señalan la calzada.

Propone continuar hasta una tiendita más abajo, donde se divisa una camioneta. Es cuando le pregunto por la edad. Mi cumple es el 26 de julio, dice, Tengo seis años. Y añade: Soy un escorpión.

El dueño de la camioneta acepta acercarme hasta Aquismón. Compro una cocacola a Lorenzo, un café para mí. Le ayudo a abrir la botella. ¿Y ahora qué haces?, le pregunto. Ahorita voy a casa, responde. Nos despedimos.

El tipo que me lleva resulta ser un norteño de sombrero vaquero, viajero infatigable, que maldice cada dos sentencias. Durante el trayecto me entretiene recordando divertidas e inspiradoras aventuras. Había amasado cierta fortuna con la reventa ilegal de camiones. También trabajó clandestinamente en los EEUU en una fábrica de papel higiénico, hasta que lo deportaron. Había recorrido Sudamérica hasta la Patagonia. Para entonces, el dinero escaseaba. Se alimentaba sobre todo de peces del río, que asaba envueltos en hojas de plátano o aguacate. Aprendió a pintar. Hacía una década se había casado y establecido en Aquismón. Narra sus peripecias a gritos, escupiendo salvajemente a través de una dentadura equina, las manos regordetas adorna las palabras. Pero yo quiero que mi hija viaje, dice, Que conozca Europa, Por su padre

En la plaza de Aquismón he de esperar hasta que se llene un taxi colectivo, de los que van al cruce donde salen los buses. Me adentro en una destartalada cabaña a desayunar. La oferta sin carne equivale a huevos en salsa verde o roja. Que sea verde, le pido a la dueña. Tiene el pelo largo y muy blanco, recogido en una suave coleta, los ojillos claros, nublados y las orejas aventadas con unos lindos pendientes. No luce arrugas, pero es mayor de lo que aparenta. Cuánto calor, ¿verdad?, menciona. Lo corroboro.

Me sirve el desayuno y nos enfrascamos en una conversación algo rocambolesca. Primero repara en mi collar y dilatadores, pregunta si soy artesano. Después, cuando le comento que apenas regreso del Sótano, deduce que he acampado allí. ¿Y no venderás la tienda?, inquiere. Le explico que aún espero usarla. Pero podrías comprar una nueva allá en tu tierra… la frase se extingue en un débil hilo de voz.

Es para mi niña, continúa, y señala el fondo de la cabaña. Distingo una habitación en penumbra: un enorme ventilador ronronea junto a lo que parece una cama. Sobre ella, una silueta parece moverse, levemente. Se trata de su nieta, repudiada por la madre, a la que ha cuidado desde bebé. Padece una rara enfermedad que le impide oír y hablar. Lo peor, añade la mujer, es que se está quedando ciega, La saco y mueve los brazos, Va tanteando, No ve.

Me explica que los médicos no saben qué hacer. El gobierno por supuesto que no ayuda y de la familia tampoco recibe apoyo. Sus hijos se han enredado en matrimonios difíciles: un yerno alcohólico, una nuera que arrastra asuntos de parejas previas. Narra sus desventuras con calma, resignación, intercalando amables saludos a los transeúntes de la plaza. Luego su memoria retrocede hasta su juventud, los ojillos brillan. Rememora un romance por correo con un gringo. Era a través de una revista de antaño, dice, llamada Pasión. Luego se corrió el rumor que los americanos secuestraban a las muchachas. Un posible encuentro en la frontera se truncó. Además, ella tenía que cuidar de su madre. Dejó de escribir.

Se han llenado varios colectivos, decido montar en el próximo.

Entonces, me pregunta cuando me despido, ¿te encargo un carro de golf para que me pueda pasear con mi niña?

En el cruce me quieren vender un billete a San Luis Potosí a precio casi absurdo. Ya me lo habían advertido, pero aquello se escapa del presupuesto. Para colmo, conspiraciones de la vida, desde hace varios días, el cajero se resiste a darme dinero. Así que esos son mis últimos pesos. Los chicos comentan que hay otra opción más económica pasando por Ciudad Vallés. Más lenta también. Y yo ya no quiero esperar. Tras insistir y bromear, consigo que abaraten el precio.

Aún así, me toca aguardar otra hora. Algunos se acercan, como es habitual, a conversar. Los mismos vendedores de billetes también quieren saber. Las preguntas se repiten: de dónde vengo, cómo es España, si me gusta la comida, a veces, incluso, qué idioma se habla.

El bus llega casi vacío. Cómodo, silencioso, me protejo del aire acondicionado con una camisa. A través del cristal ahumado el paisaje se reseca y aplana, abandona verdes por amarillos, naranjas. Ya me siento un anciano, triste, sin respuestas. Son cinco horas y media. Dormito.

En la estación de San Luis Potosí, probé en otro cajero. Sin suerte. Me quedaban trescientos pesos y mi mente disparada analizaba alternativas.

Alcancé un bus hasta el centro de la ciudad. En dos ocasiones, el chófer me ladró que aún faltaba hasta mi destino. Cuando volví a preguntar, me había pasado de parada hacía mucho.

Hube de bajar y esperar un bus en sentido contrario. Al subir al atestado vehículo, la mochila pequeña se cayó y, de ahí, luego, el ukelele. Torpe recogí mis pertenencias ante la mirada silenciosa de los viajeros. Definitivamente no era mi día.

Por supuesto, bajé en el lugar correspondiente pero tuve que caminar casi media hora más. El siguiente cajero no funcionó. Otro ostentaba una cola interminable. BBVA aceptó los dígitos, respiré.

Me senté en una cafetería a organizarme. Me notaba exhausto, pero con dinero en el bolsillo y un café ante mí, parecía que la luna proseguía su curso.

Recordé una revista National Geographic que había comprado días atrás. La extraje de la mochila y abrí aleatoriamente. Hallé un artículo que analizaba la desigual distribución de tierras entre hombres y mujeres. Lo acompañaban varios gráficos y barras, sobre el mapa del planeta. Aún debía buscar alojamiento. Probé el café.

Me sumergí en el texto. Mientras leía, no pude evitar la sonrisa. En mi cabeza, sutil, juguetona, como siempre, la pregunta se recomponía: Ya fantaseaba sobre mi próximo destino.

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