Bogotá Revisited


Supongo que pasar de los cien mil habitantes de Sogamoso a los casi ocho millones de Bogotá puede suponer un salto cuántico indeseable. De hecho, la mayoría de mis compañeros en la finca, finalizado el voluntariado, han atravesado la capital, veloces, rumbo a cualquier otro destino más tranquilo donde proseguir con su aventura. Digamos que, a mí, me ha sucedido todo lo contrario. Se lo explicaba a Francia, hace un par de días, a la salida de un taller de Danzaterapia: Será el efecto rebote después de mes y poco entre cabras y pavos reales, pero es que este reencuentro con la megaurbe me tiene en pleno éxtasis. Encuentro inspiración en cada esquina, llámese semáforo, centro comercial o bidón de basura pintorreado. Cruzo un paso de cebra y experimento un orgasmo poético. Vamos, que no me quiero ir.

Puede que forme parte de mi naturaleza.

– Es que tú eres chico de ciudad -pregunta o afirma mi interlocutora. Nos acabamos de conocer en aquella actividad gratuita.

La verdad que no lo sé. Lo que sí parece es que mientras más gente, más kilómetros y más cosmopolita, mejor me sonríe la suerte.

Muchos factores colaboran, claro. La red de generosos amigos se ha desplegado y unos colegas del Shato me reciben en su casa en el barrio de La Soledad. Se trata de un apartamento muy bien situado en la última planta, con unas vistas arrebatadoras de la ciudad y del cerro de Montserrate. Por las mañanas, el luminoso salón actúa como local de ensayo pues los chicos bailan contemporáneo y se han ganado una beca para montar un show. De hecho, el lunes actúan en una obra:

– ¿Vendrás? -me proponen.

Acepto, encantado: bienvenida cultura.

Day, por su parte, otra amiga de amiga, se ha encargado de organizarme la agenda semanal con varios eventos de facebook. Aparentemente, yo sólo tenía planeado pasar en Bogotá un par de días, rescatar mi tableta y, una vez decidido mi próximo destino, partir. Menudo iluso.

En cualquier caso, en mi primera mañana ya me tiro a la calle. Es domingo y llovizna, lo cual no sorprende en esta ciudad elevada y rebosante de gente. Entro en calor con un paseo por el Parque Nacional, entre practicantes de aerobic, jugadores de baloncesto, fútbol y hasta hockey sobre patines. Por las húmedas pendientes ruedan o suben con esfuerzo las bicicletas de montaña. Una marcha desfila, recordando el atroz asesinato de Rosa Elvira Cely -sucedido en 2012. Algunos de los presentes aporrean timbales, suenan flautas. Otros portan enormes rosas rojas de fieltro. Ni una Rosa más, se lee en los carteles.

La carrera Séptima se ha cerrado al tráfico de autos y la cruzan ciclistas,skaters, patinadores, zigzagueando a una multitud que se demora ante puestos de comida, libros, baratijas y demás. Hay artesanos, retratistas, músicos, magos, negocios de apuesta que recuerdan a la feria: ¿podrá usted derribar la pirámide de vasos de un solo golpe? ¿será capaz de deslizar el aro por el alambre sin que suene la alarma? ¿en qué cubilete se esconderá la temblorosa cobaya? Una de las verjas que atravieso me revela un mercado de pulgas al más puro estilo berlinés y me pierdo un rato entre pósters de cine, chatarra y manjares colombianos.

Ya conocía esta importante avenida dominical de mi primera estancia en la capital -tres meses y medio atrás-, pero no puedo evitar engatusarme con la muchedumbre y el ruido, mientras revisito cada rincón. De hecho, acabo extraviándome por La Candelaria -que se me antoja un Albaicín con sus casitas bajas, sus cuestas y su estudiado ambiente hippy. En la plaza Chorro de Quevedo, la juventud se sienta en los escalones a beber cerveza y aplaudir las bromas de un malabarista de fuego. Más tarde, desciendo una calle estrecha que huele a incienso y pachuli y desemboco en la 13, cautivado por sus deliciosos grafitis. Después, en la plaza de los Periodistas, me detengo a escuchar a un improvisado grupo que toca la tambora y canta cumbia. Las nubes del cielo se apartaron, caprichosas, y mágicos rayos de luz doran las fachadas de algunos edificios, y hasta la iglesia de Montserrate.

Mi jornada cultural se inicia el lunes. En la obra Patafuerte, los bailarines, seis muchachos, intercalan patadas a un balón de fútbol con saltos, puñetazos y torsiones del cuerpo que recuerdan llaves de aikido, enmarcados en una atmósfera agresiva, enérgica. En medio de la pieza, una narración conecta al espectador con el día a día de la juventud bogotana, la ineptitud de la policía y el argot del lenguaje capitalino. El público -en su mayor parte, alumnas de la universidad- ríe con las desventuras del personaje.

A la tarde, Day me convida a la cafetería El gato gris, de nuevo en La Candelaria. Desde la azotea se distingue un mar interminable de tejados, el sol ha aparecido, las vistas son exquisitas. Después, deambulamos por el centro, sin prisa, ni destino. En un pasaje comercial, me emociono con las vitrinas de ropa de diseño y el ronroneo procedente de los estudios de tatuadores; descubrimos un local que alberga varias canchas de fútbol sala y nos entretenemos apostando por el equipo ganador; visitamos la cafetería-librería de un colega suyo.

Cuando parece que nos vamos a despedir, caminamos por la Séptima, Day me propone un ejercicio, un juego. Mi amiga estudió en la compañía Teatro de los Sentidos, que mezcla la dramaturgia y lo sensorial, y yo acepto el desafío como un niño feliz. Me invita a sentarme en un banco, me venda los ojos. A partir de ese momento, me embarco en una fábula a susurros en la que he de encontrar el secreto, mi secreto. Guiado por ella, en la más absoluta oscuridad -no sólo es de noche y llevo una venda, sino que he cerrado los ojos-, recorro, por primera vez, las callejuelas del barrio de La Macarena.

El paseo es misterioso: las voces de los transeúntes rebotan en mi cabeza, el tráfico se impone, intenso, neumáticos, cláxones, tubos de escape… y luego el arrullo de una fuente. Day me murmura detalles de un cuento que confeccionamos entre los dos: detenemos a alguien para que nos revele el paradero del secreto, montamos a caballo, nos ocultamos de los malos y hasta divisamos señales de humo. En ocasiones, libera mi mano y me lanzo a la pura negrura, conducido por sus siseos dulces. Mi sentido del tacto renace: Cuidado, me advierte, Para salvar este camino, debes arrimarte al muro. Así que mis manos se arrastran por la superficie rugosa de una pared. Luego descubren un seto: hojas crujientes, olorosas, que no puedo dejar de acariciar.

Al final de la historia, me vuelve a acomodar y deja solo y quieto con los sentidos alerta. Me despojo de la venda, me hallo en el portal de una vivienda desconocida y, en mi regazo, aparece una chocolatina envuelta en papel dorado. Mire donde mire, reconozco la fantasía.

Un indigente me aborda, necesita dinero y lo único que se me ocurre es tenderle la golosina, que el viejo acepta, impresionado por el brillo del papel.

– Pero cómasela, cómasela -lo aliento.

El pobre, por poco, se ahoga.

Day regresa. Se arrima una callejera de Cali, que piropea mis ojos y nos narra el delito de su marido. Un indigente nos regala hojas de eucalipto y se enreda en un discurso sin sentido sobre la luna, el sol y saturno.

El martes me entretengo en las salas del Museo Nacional, antigua penitenciaria del país. A la tarde visito el barrio de Nicolás de Federmán para un taller de Danzaterapia. Mapu, la maestra, nos anima a explorar el espacio utilizando partes inusitadas de nuestro cuerpo: codos, rodillas, sienes, dedos de los pies se deslizan por muros, suelo, columnas y objetos en el interior de la sala con el propósito de que tomemos conciencia de nuestra forma, de nuestro control. La jornada finaliza con un oráculo y una danza ancestral al ritmo de timbales donde buscamos perder el control. Cenamos unas suculentas arepas de un puesto de la 53 con la 42 y el grupo se disuelve, cada uno a la búsqueda del bus adecuado.

Yo, por mi parte, camino. Disfruto de excelente ubicación, según me señalan, lo cual me ahorra los trasiegos del indeseable transporte. Por eso termino regresando a La Candelaria; me siento, de nuevo, en la plaza Simón Bolívar, y así, de plaza en plaza, de parque en parque, enganchado al tinto -un café negro, aguado y con azúcar- me deslizo por la semana, en una especie de volátil plenitud, bajo un cielo que nunca para quieto.

La gran revelación la supone el Planetario, donde me pierdo toda una mañana, saciando una curiosidad que despertó la astrología. Recostado en una butaca, cobijado por una estupenda cúpula, viajo a través del sistema solar, escucho el sonido de los planetas y aprendo de la mitología de las constelaciones. Diego, un estudiante de física y guía en el museo, consciente de mi interés, me acompaña por las salas y me hace probar todos los juegos y experimentos, colmándome la cabeza con conocimientos inverosímiles.

– Ven este sábado – me anima-, que tenemos un nuevo espectáculo, y así charlamos otro rato.

Buscando aseo me meto, de casualidad en el Teatro Idartes, y me trago dos conciertos, de música clásica y andina. La banda la conforman desde críos a ancianos; una orquesta multinivel, explica el director, que permite que cada uno aporte su maestría al grupo. Y sí que desafinan, pero son muy tiernos de presenciar.

Por supuesto que también me llegan historias terribles: de robos de coches, de cuchillos, pistolas, corrupción, amenazas. Francia me pide que la acompañe mientras gestiona unas llamadas, buscando alternativas para no regresar hasta su casa, en el alejado barrio de Sube. A veces, me confiesa, ha preferido pagar un hotel que subirse a un taxi. Finalmente, localiza a una amiga que la recibirá. Nos despedimos en una esquina y aún marcha intranquila.

En el Parque Nacional, unos estudiantes de matemáticas, que celebran el fin del semestre, me cuentan de atascos, del mal gobierno, de zonas no recomendadas.

– El bogotano, si quiere triunfar -sentencia uno de ellos-, tiene que madrugar.

Se levanta a las tres y media de la mañana para poder asistir a clase. Dice que, a partir de las seis, el transporte es infame.

Otro me señala con un bolígrafo una T en el mapa, una zona de narcotráfico. A veces, me explican, el cambio de una zona tranquila a peligrosa se produce, drásticamente, al cruzar una calle. Pero también se enorgullecen cuando describen las zonas verdes de la periferia; mencionan lagos, cascadas, el páramo de Usapaz, el mayor del mundo.

El jueves por la tarde, paseo hasta Chapinero Alto, donde me reencuentro con María y varios buenos conocidos en un divertidísimo taller de tantra. La profesora nos aprieta en su coche y conduce a la Zona Rosa, un despilfarro de luces, casinos, tacones de aguja y bares. Por el precio de una arepa, hubiera pagado dos almuerzos, pero saben ricas y, luego en el club, gracias a ella, no nos cobran entrada. Una banda caribeña mezcla cumbia y reggae. Luego acompañamos a los chicos a que tomen un taxi y ella me trae de vuelta hasta donde me hospedo. La idea es reencontrarnos: una cena el sábado, en su casa, quizá.

Los ensayos del salón me despiertan temprano. Saludo a los bailarines. Una chica nueva ha llegado al piso, de Bucaramanga, y entablamos conversación: de dónde soy, cuánto llevo viajando, cuáles son mis planes en la ciudad. Hago memoria: a la tarde, un taller de teatro; quisiera regresar al Museo de Botero, también un tour de grafitis por La Candelaria, una exposición fotográfica en la BLAA… La joven menciona un festival al aire libre, el fin de semana, Colombia al Parque, con grupos de fusión, que parece muy interesante. Una de sus bandas favoritas chilenas actúa.

Acepto el café que me ofrece una de las bailarinas. Otra de las chicas se para sobre sus manos, camina en equilibrio.

Benditas ciudades. Bendita urbe.

Y aún no me he ido.

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¡Participando aprendemos todos!

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