Batopilas, 1250


… rezaba el cartel a la entrada del pueblo, al otro lado del puente.

Terminaba, por fin, el vertiginoso descenso hasta el fondo de la Barranca del Cobre, por un camino infame de terracería, que además había incluido varias paradas improvisadas a gusto del conductor – para tomar un café, echarse un cigarrillo, admirar las impresionantes vistas- y una obligada ante las obras de la carretera –si es que pudiera merecer ese nombre. Entonces nos revelamos incapaces de decidir dónde soportar mejor aquel calor infrahumano: dentro o fuera del bus.

En Creel, a dos mil quinientos metros de altura, con los bosques de coníferas refrescando el ambiente, me lo habían advertido: En Batopilas, mucho calor. Pero ya no había vuelta atrás: después de seis horas de viaje para cubrir doscientos kilómetros cuesta abajo, el clima subtropical estrujaba nuestros gaznates hasta la asfixia.

El bus atravesó el puente – a un lado fluía un río caliente y débil; unas ruinas brillaban, más adelante- y nos condujo a través de la angosta calle principal hasta una esquina, donde, previa marcha atrás, se estacionó.

A escasos metros se abría la plaza principal. Hacía allá me dirigía, cuando un indio alto, con sombrero vaquero, me abordó: ¿Vas donde Montse?, preguntó. Desconfiado, evité responder con claridad. Sabía por la guía que la casa de Montse era la única anunciada con precio para mochileros. Donde Montse se está muy bien, dijo el indio, había echado a andar, dispuesto a guiarme, Muchos extranjeros donde Montse. Usaba frases cortas, telegráficas, como si alguno de los dos no manejara el idioma. Montse muy buena, Comida muy rica. Caminaba con paso rítmico y atlético. La boca equina, los ojos brillantes y las enormes fosas nasales le agitanaban el rostro.

La tan mencionada Montse me recibió en su patio frondoso, repleto de flores y macetas, varios árboles de mango, una hamaca, todos conjurados contra el maléfico sol. Vestía una falda ligera, larga; el pelo lacio y blanco rozándole los hombros. Robusta, de movimientos lentos, casi infantiles, deduje que había superado los setenta hacía algunos años. Se presentó con una voz rota, culminando aquella imagen de anciana típica de cuento de hadas. El cuarto que me mostró era menos que básico, con una cama, trastos viejos y una puerta semiabierta a otra recámara. Está bien, acepté, para un par de días, que era lo planeado. Oí su voz quebrada: Seguro que te gusta Batopilas, y acabas quedándote más. La sentí tan profética, que un escalofrío se escurrió por mi espalda. Agradeció a Lupe que me hubiera guiado hasta allá (Lupe, diminutivo de Guadalupe, usado en México para ambos sexos). El indio le echaba una mano en las tareas de casa, explicó mi anfitriona, antes de desaparecer.

Solté mis cosas, volví al patio. Lupe continuaba allí. Tú, ¿dubi-dubi?, me preguntó, acompañando la frase con un gesto que imitaba el inhalar de un cigarrillo. ¿Dubi-dubi?, repetí, divertido. Le aclaré que no fumaba marihuana.

Repasé en la guía las pocas atracciones del lugar –la Misión de Satevó, construida a finales del 1700, a varios kilómetros del pueblo, podía esperar al día siguiente-, me dispuse a salir. El ambiente es tan familiar en algunos hotelitos, que te sientes (o me siento) forzado a dar explicaciones: Voy a comprar comida y explorar el lugar, anuncié. Montse, que había regresado, aseguró que podría prepararme algo, algo muy, muy rico. Quizá, pensé, pero también más caro. Le objeté, además, que me abstenía de comer carne. Yo también, comentó, aunque una sombra cruzó su rostro aniñado: ¿Pero tú nunca, nunca, nunca comes carne? Sí, respondí, soy bastante flexible. La contestación pareció aclararle dudas y, antes de darme cuenta, me había servido una ensalada de pepino, tomate y aceite de oliva.

Tras el almuerzo, a pesar de la canícula, me tiré a la calle desierta, a aprovechar mi corta estancia. A la entrada del pueblo se encontraba la Hacienda Shepherd, un nombre muy sugerente para lo que se reveló como el conjunto derrumbado que había divisado desde el bus. Tuve que cruzar el río por unas rocas para alcanzarlo. Una madre lavaba sus trapos. Unos niños chapoteaban. Me saludaron. Las ruinas resultaron acogedoras y pintorescas. Su interior sin tejado se había abandonado a las hierbas y enredaderas, además de algún que otro limonero y naranjo, y las vacas circulaban a su antojo por las habitaciones a la búsqueda de pasto. En el aire zigzagueaban los colibríes. Saqué la cámara.

Tanto calor y fábula me condujeron de nuevo al río, ya solitario. Despojado de ropas, en calzoncillos, me sumergí en el agua tibia. El suelo era fangoso y poco profundo –se me escapaba sólo en el centro del cauce. Permanecí allí largo rato. Luego, una brisa rara se alzó y mi cuerpo sintió frío. Caminé semidesnudo de vuelta a casa.

Para cuando arribé a la plaza, ya me había secado y vestido. Algunos locales se apilaban bajo la sombra de los árboles y el museo, cerrado a mediodía, estaba ahora abierto. Lo regentaba Rafael, un profesor de historia de instituto, que me detalló la crónica del lugar mientras paseábamos ante las fotografías y antigüedades interiores. Batopilas, que en tarahumara significa río encajonado, había sido fundada por los españoles en 1632. En 1708, el descubrimiento de unos ricos yacimientos de plata permitió un acelerado florecimiento económico y alcanzaría albergar a casi cincuenta mil habitantes en sus días de mayor esplendor. Sus minas ostentaron tal fama, que atrajeron la llegada de grandes magnates e inversores. Uno de estos, Alexander Robery Shepherd, exgobernador de Washington, propulsó el desarrollo de la ciudad y facilitó la construcción de una planta hidroeléctrica. Batopilas, me aleccionó Rafael, había sido el segundo lugar del país, después del DF, en contar con electricidad, y el tercero en todo Iberoamérica. Shepherd, enriquecido con los lingotes de plata que enviaba a los EEUU –en un arduo periplo en el que los bloques eran transportados a caballo y en tren- se hizo construir una suntuosa mansión palaciega a la entrada del pueblo, de la que casi nada se conservaba. Varias fotos e ilustraciones me revelaron el boato de lo que ahora se había transformado en un jardín de recreo vacuno.

Prosiguió la clase de historia. Las fotografías de la entrada ilustraban varias ediciones de la gran fiesta del pueblo, que rememora su época dorada y en la que varios locales recorren, a la antigua usanza, la ruta de la plata, transportando falsos lingotes. Los impecables retratos en blanco y negro documentaban la vida del Batopilas cotidiano de a principios de siglo: miembros de la banda de música, bohemios de picnic en la montaña, retratos familiares con una caterva de hijos ordenados por altura. La fotografía había llegado de la mano de un ingenioso francés -casado, por cierto, con una española-, quien había fundado también una boyante fábrica de sodas. Entristecía imaginar que el lugar hubiera gozado de tal calidad de vida, cuando ahora es el municipio más pobre de Chihuahua, sus habitantes subsistiendo con menos de mil pesos al mes (ni a sesenta euros llega) y un alto índice de mortandad por la insuficiencia de agua potable. A partir de 1930, secas las minas, el pueblo había sufrido el declive y el éxodo.Donde Montse descubrí mucha más actividad. El resto de huéspedes había regresado: trabajadores barrigudos y desdentados -procedentes de la obra que nos había durante el viaje en bus- que compartían el resto de cuartos circundantes el patio. Montse interrumpió la charla con uno de los obreros. Resurgió con la caja de un ventilador: Si quieres usarlo, móntalo. Por supuesto que lo hice, y lo instalé en la parte trasera del patio, junto con una fogata de leña extinguida. Allí me acomodé a tocar el ukelele. Conforme atardecía, el río frente a mí se llenó de críos que jugaban y chiflaban a las niñas de la orilla.

Montse me preguntó qué quería de cena. Estaba acorralado. Huevos, respondí. Y una hora más tarde, ya oscuro, me llamaba a acompañarla ante una mesa redonda, bajo el techado del patio. Se oía a los obreros charlar desde sus cuartos, las puertas entornadas. Probé aquellos huevos revueltos acompañados de frijoles y casi me caigo de la silla de lo deliciosos que estaban. Tuve que felicitarla. Los frijoles los preparo en la cazuela de barro sobre la leña, explicó Montse, Las tortillas, con aceite de oliva. Cenamos despacio, en silencio, bajo una luz tenue. Hmmm, qué rico, murmuraba la señora, masticando lentamente, absorta en el placer del buen comer. La imaginé, por unos instantes, como una bruja terrible que pretendía cebarme para devorarme luego u ofrecerme en sacrificio a quién sabe qué deidad. Y es que aquello estaba demasiado rico.

Montse terminó pero permitió que me apartara más. No escatimo en el precio de la comida, habló, Me sale más barato que ir al doctor. Coincidí con ella y durante un rato nos sumergimos en una interesante conversación sobre los beneficios de una dieta saludable. Pero antes de las diez de la noche, se incorporó, me deseó buenas noches y apagó la luz, abandonándome a la negrura total.

Me trasladé a mi dormitorio a leer en la cama con el ventilador a escasos centímetros, para mitigar ese horripilante calor. Al recostarme boca arriba reconocí unas cucarachas enormes que intercambiaban esquinas en el techo. Me encaramé como pude sobre los trastos, zapatilla en mano, y ataqué sin piedad: una se desplomó muerta tras las viejas revistas; otra desapareció; la tercera permaneció fija e inalcanzable en el rincón más lejano. Con la visión de aquel gigantesco insecto estacionado sobre mi cabeza, me tapé, apagué la luz. El sueño fue débil, fragmentado, incómodo, creí notar algo que me rozaba la cara.

Cuando desperté a la mañana siguiente, Lupe ya trajinaba en el patio, regaba las flores. Me saludó con una amplia sonrisa, sus frases cortas, primitivas. Me desperezaba y estudié los cuadros de la pared: imágenes de una Montse en el día de su boda, primeros planos de una mujer muy hermosa, reconocimientos académicos. Esta irrumpió de su habitación, había estado escribiendo. Mis comentarios sobre la temperatura del cuarto parecieron molestarle, me recriminó por haber permanecido hasta tarde leyendo (la bombilla, según ella, calentaba la recámara). Debía haberme acostado temprano para madrugar y aprovechar el día.

Mientras me servía el desayuno, que incluía más tortillas, leche, avena y café, me confió que se hallaba enfrascada en la escritura de su segundo libro, el cual versaba sobre Batopilas. El primero, contó, ya había sido publicado y se trataba de una compilación de remedios tradicionales de abuelitas de la zona. Sabiduría ancestral, puntualizó. En él también mencionaba a varios locales, entre ellos, a Lupe, quien continuaba hidratando las plantas sin perder ni una palabra de nuestra conversación.

Hace poco, prosiguió Montse, contraje una bronquitis muy grave y el médico no sabía muy bien cómo tratarme, así que me apliqué sobre el pecho unas bolsas con excrementos de chivo en su interior. Montse me explicó que las heces del animal conservan un calor que ayuda a combatir los enfriamientos. Así se había curado. Otras recetas de su colección exigían ingredientes como piel de serpiente, piedras del fondo del río o cortezas de árboles desconocidos. Yo, como aprendiz a escritor y fanático de lo natural, la escuchaba con absoluta atención y respeto.

Terminado el desayuno, me quedó claro que el sol apretaba demasiado como para caminar hasta la Misión de Satevó. A la tarde lo haré, celebré, satisfecho por mi capacidad de organización y dispuesto a partir al día siguiente. Entonces, Montse me dijo: Mañana no hay servicio de buses. La piel de la espalda se me erizó: ¿Y si estaba realmente atrapado con un hada malvada cuyos siniestros propósitos no me habían sido revelados?

El golpe seco de los mangos, estrellándose contra el suelo del patio, despejó mis divagaciones. Lupe había recopilado los más vistosos y apartado junto a una maceta. Me ofreció uno de ellos. A bocados, arranqué la piel al fruto: ¿Dubi, dubi?, le pregunté, chistoso. Negó con la cabeza y se golpeó el bolsillo del pantalón: No, no, A la tarde, Más tranquilo. Quise saber de él. Me dijo que tenía cuarenta y pocos años, mujer, cuatro hijos, juntos vivían en una casita a pocas calles de allá. Montse regresó, blandía unos billetes y una lista de la compra. Encargó a Lupe varios alimentos y, de pronto, se habían enfrascado en una riña casi matrimonial: Montse lo acusaba de entretenerse y demorarse con cada recado, Lupe la tachaba de paranoica y de no dejarle respirar tranquilo.

Salí al pueblo, a ver si podía conectarme a Internet pero estaba cerrado. En una cafetería me sirvieron café de olla y confirmaron que hasta dos días después no habría autobús.

Cuando volví a la casa, Montse se afanaba en la cocina. Lupe venía de vigilar la olla de frijoles sobre la leña y ahora barría la entrada. Propuse ayudar y Montse me tendió dos fabulosas papayas que hube de pelar y despepitar. Entre tanto, Lupe me narraba historias del pueblo, de no hacía tanto, cuando todo el mundo cultivaba opio y marihuana –favorecidos por el clima- y se vivía, en gran medida, del tráfico de hierbas. Luego se puso feo, los cárteles comenzaron a pelear por la hegemonía en la producción y venta. Se llevaban a la gente fuera, me explicó Lupe, Mucha gente, Fuera, Fuera donde los ranchos, Desaparecían. El terror se propagó, nadie se atrevía a plantar. Las bandas organizaban retenes ilegales para controlar la obediencia; a la noche los tiroteos se sucedían. Más tarde, la guerra se desplazó a la sierra y el gobierno terminó enviando helicópteros. Muchos helicópteros en el cielo, Lupe movía sus largas manos en el aire, Mucho helicóptero, A disparar, A matar, Con metralleta, 300 personas. Montse se limitó a corroborarlo: Muchas cosas feas, dijo.

Entre tanto, yo había cumplido con mi papaya, troceada en cubiletes sobre una generosa fuente de barro. Montse me arrimó unas naranjas pequeñas, muy jugosas, típicas de la zona, que, siguiendo instrucciones, abrí, estrujé y arrojé con piel en el recipiente. Removí. Por último, con los dedos trituré unas bolas de pimienta roja, también de la comarca, que espolvoreé sobre la mezcla. Y al frigorífico, reservado como postre.

Nuestro almuerzo consistió en una sopa de verduras y lima, un contraste fantástico, inesperado y exquisito, y, por supuesto, la ambigua papaya, empapada en el dulcísimo zumo de las naranjitas y con el toque final picante gracias a la pimienta. Yo saboreaba cada bocado, mientras Montse rememoraba, orgullosa, los nueve meses de estancia de un estudiante de Harvard, que había redactado allí su tesis. A Montse, que había trabajado como traductora, la larga visita le permitió refrescar sus conocimientos de inglés.

Me servía el café; Montse el suyo, descafeinado, cuando llamaron y una pareja de tarahumaras entró al zaguán. Los tarahumaras o rarámuris, son una etnia típica del norte de México que, por su indumentaria, resultan muy fáciles de reconocer. Ellas visten faldas estampadas de colores casi fluorescentes; a veces, usan varias, lo que les otorga una apariencia esponjosa y volátil. Ellos gastan calzón corto, casi minifalda, y unos huaraches o sandalias realizados con llantas de coches que se atan con cordones hasta la rodilla. Rarámuri significa el de los pies ligeros, y hace referencia a su destacada calidad como corredores (se han proclamado campeones en varios maratones internacionales, entre ellos, uno español el año pasado). El chico era joven, apenas un adolescente. Ella resultaba demasiado rubia para parecer india. La delataban también sus zapatos ergonómicos y sus gafas de ver. Deduje que era extranjera. Al parecer, habían venido desde su asentamiento hasta el pueblito a gestionar unos asuntos y decidido pasar donde Montse, conocida entre algunos tarahumaras. Maravillado escuché a mi anfitriona dirigirse en lengua aborigen al chaval –este, avergonzado, se negaba a entrar en la casa y prefería permanecer en la entrada. La chica sí se sentó con nosotros. Se trataba de una antropóloga alemana que desde hacía unas semanas estudiaba la comunidad. Calenté más agua. Montse atendía fascinada los relatos de la germana y aprovechó la ocasión para mencionar su libro. Ya estaba a punto de venderle un ejemplar cuando me retiré a rasgar el ukelele, acompañado del ventilador.

Ya que al día siguiente no podía marcharme, tampoco sentía la obligación de visitar Satevó aquella misma tarde. Además, descubrí que Montse, cuando volvió de misa, había hecho planes por mí: Nos vamos mañana temprano, me informó, He encontrado quién nos lleve, Además, así soluciono un asunto, Hoy puedes bañarte y conectarte a Internet.

Pero el de Internet seguía sin abrir. De vuelta a casa, uno de los obreros me mostró su dedo hinchado: Alacrán, dijo, Me picó, y señaló en el suelo al animal inerte. Lo había atacado desde un montón de ropas recién lavadas.

Marché al río a bañarme. El sol descendía. Los mismos críos que se divertían y silbaban a las niñas. El acento era tan abrupto que a veces ni lograba entenderlos. Me sentía algo observado hasta que, de pronto, uno le gritó al otro: ¿Ze lo pregunto, wey?, y se volvió hacia mí: ¿Juegas? ¿A qué?, quise saber, y soné casi tan bruto como ellos. ¡Al morra!, y equivalía al pilla pilla. Así nos alcanzó la noche: nadando, buceando, escalando rocas y zambulléndonos en el punto contrario al que el contrincante imaginaba. De entre los chavales, uno de rostro melancólico se dejaba cazar tan fácilmente que me aburrí de perseguirlo. Otros dos, inseparables, gordito, uno de ellos, se reían con tanta fuerza que acababan ahogándose. Y el de la carilla traviesa se escurría como un renacuajo y cuando se hundía, nadie tenía ni la más remota idea de cuándo y dónde regresaría a la superficie.

A la cena repetimos sopa y papaya. Montse continuaba entusiasmada con la visita de la alemana. La había invitado a pernoctar unas noches en su casa para intercambiar conocimientos. Los tarahumaras, sentenció, son una fuente inagotable de sabiduría, Lo sé porque he convivido con ellos, Es tanto su conocimiento que tienen miedo a revelarlo. Y cuando se cansó de hablar, se levantó y apagó la luz.

Mi cuarto ardía. Encendí el ventilador. Exterminé una cucaracha. Y aunque debía madrugar, no me acosté temprano.

Cuando la alarma sonó todavía era noche. Montse me apremió. Se había vestido con un ligero vestido blanco y tocado la cabeza con una campestre pamela. Me vestí y salimos a la plaza oscura. Anduvimos unas calles hasta una esquina donde nos recogerían –aún no me quedaba claro cuál era el plan. Montse me pidió que buscara a Lupe. Subí una pendiente hasta una chabola y Lupe no tardó en atender mis voces. Apareció recién duchado, los mismos pantalones gastados, el sombrero vaquero. Cuando volvimos, nos esperaba un pick up con una señora madura al volante. Lupe ayudó a Montse a acomodarse junto a la piloto y nosotros nos aseguramos de pie en la parte trasera. El vehículo se detuvo para recoger otros aldeanos, cargarse de sucios sacos, repostar.

Clareaba cuando la camioneta agarró la carretera del río. Aferrado a la barra trasera, inmune a los baches, Lupe me compartía sus aventuras con un francés, huésped de Montse durante varios meses. Habían hecho buenas migas y acostumbraban a salir a pescar y cazar por la zona. Se perdían en la sierra e incluso visitaban Ulrique, el siguiente pueblo de la Barranca, a tres días de caminata. Al chaval sí le gustaba el dubi-dubi y compraba en ingentes cantidades. Por las imprevistas desapariciones, Lupe imaginaba que el galo andaba en algún trapicheo.

El pick up nos dejó a los tres a mitad del camino –yo seguía sin comprender. Lupe auxilió a Montse a subir una escalinata de piedra. Atravesamos el umbral bajo un arco de hierro y me encontré en un desolado cementerio. Montse dio órdenes a Lupe para la preparación de unas velas y me explicó, entonces, que en la última festividad de las madres no había podido visitar la tumba de la suya, y por eso regresaba. Exploré aquel campo árido de flores marchitas, lápidas derribadas y muertos. Si existen cementerios hermosos, aquél no era uno de ellos.

Tras cruzar de nuevo bajo el arco de hierro, Montse, sostenida por nuestras manos, relató cómo, en una visita al camposanto con su segundo marido, la estructura de metal se había desplomado bruscamente y casi hiere a su esposo. Este reconoció la advertencia y nunca más regresó al lugar.

La camioneta apareció con más sacos y nos llevó hasta un establo lleno de vacas, donde descargamos la mercancía. La señora, fuerte como un hombre, acompañada de los jóvenes, distribuyó el contenido de las bolsas por el establo. Trabajo duro el de ella, admiraba Montse, Viene tres veces al día a darles de comer. Las vacas se arrimaban ante los montones de alimento. Algunas estaban gordas y preñadas. Otras acababan de dar a luz y los terneros a duras penas mantenían el equilibrio. Una furgoneta se detuvo ante nosotros. El conductor se enredó a hablar con Lupe: necesitaban colaboración para derribar un tabique a la tarde.

La camioneta nos condujo los restantes kilómetros hasta la Misión de Satevó. La iglesia nos esperaba desde la lejanía, enmarcada entre montañas. Sin embargo, al aparcar el coche, la descubrimos cerrada. No me molestó: Otro templo más, pensé, más hermoso dentro que fuera. Lupe me indicó que apenas se usaba, y que uno de los últimos curas había muerto al caer del campanario. Sin premura, rodeé el edificio y, al completar el giro, reconocí a Lupe y Montse sentados en una barandilla de piedra. La imagen resultaba enternecedora: asemejaban una Dama y Vagabundo, un capítulo de Tom Sawyer, una escena de Paseando a Miss Daisy. Montse se negó a que les tomara la foto.

De regreso al pueblo, la conductora me cobró una locura por el trayecto, asegurando que me ofrecía un precio idóneo. Muy inconforme, pero sin rechistar, pagué. Lupe se retiró a su nueva faena. Yo pude conectarme a Internet y organizar mi alojamiento en Chihuahua.

Montse hacía garabatos sobre un bloc, sentada a la mesa redonda, apenas yo entraba: Lupe me ha vuelto a robar, dijo, Y encima se cree que no me doy cuenta. Entendí que necesitaba charlar y me senté frente a ella. Resultaba que Lupe aprovechaba el mínimo descuido para hurtar algo de la casa: productos de limpieza, cubertería, comida. Esta vez eran sobrecillos de azúcar y unos tomates. Son muy pobres, reconoció Montse. A veces, continuó, he tenido a su esposa en casa y es mucho pior. Me relató cómo la había sorprendido llevándose dinero. Y me duele, dijo, Y a pesar de que vigilo mucho, cada vez es pior. Le pregunté por qué no buscaba a otro que le ayudara con las tareas. Bueno, dijo, Yo soy muy mandona, Lupe me aguanta y es rápido, Por eso nos entendemos.

Más tarde me encargué de los frijoles. Los pasé de la olla a una sartén. El truco consistía en removerlos y aplastarlos con cierta continuidad, para que liberaran todo su sabor. Los acompañamos de una ensalada de pepino y avena.

La tarde se escurrió tranquila. Montse pareció olvidar el asunto del hurto, marchó a misa. Practiqué nuevos acordes en mi guitarra hawaiana. El dedo del obrero se había desinflado un poco: Alacrán, repitió, abriendo su boca sin dientes, Me picó. Volví al río al ocaso, saludé a los niños, pero no hubo juegos.

Después de la cena, bajo la débil bombilla, los viejos retratos y los títulos académicos, hice cuentas con Montse. Luego intercambiamos regalos: me deshice de un rosario que había recibido en Los Mochis y Montse me obsequió con un abundante puñado de la exótica pimienta. Nos habíamos cogido cariño, reconocimos. Antes de apagar la luz me dio instrucciones sobre cómo salir y cerrar la puerta desde fuera.

Maté algunos bichos, empaqué mis cosas.

Madrugaría mucho más a la mañana siguiente. Cerré la puerta tal como indicado. El bus ya esperaba en la esquina, su motor encendido, unos pocos pasajeros. Y sentado al volante, el mismo conductor, aunque esta vez no sufrimos paradas inusitadas.

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