Aquí nadie entra ni sale


Lo más significativo que recuerdo del día de la entrevista en el hostal fueron sus labios secos. Laura, mi futura jefa, una jovencita de veintitantos largos, hermosa como Blancanieves, acusaba grietas en los labios y le ofrecí cacao de mi riñonera.

– Gracias, muy amable -me respondió.

Unos días más tarde iniciaba mi trabajo como recepcionista de turno de noche. La tarea parecía sencilla. Consistía, sobre todo, en hacer acto de presencia durante doce soporíferas horas y abrir y cerrar la verja a los posibles huéspedes. En los intervalos entre timbrazos, si le apetecía, uno podía dar una cabezada en la hamaca o en el sillón.

Mi debut, sin embargo, no me permitió descansar. Coincidió con la noche del viernes, cuando el bar de la azotea celebraba fiesta y el hostal recibía una ingente cantidad de público. A partir de las nueve, el timbre no paró de sonar. Yo me dedicaba a apretar el interruptor junto al ordenador y cederle paso a una variopinta fauna callejera: un trío de músicos que prometía tocar son cubano, una chica con sus cariocas y la gasolina para el fuego, múltiples rastafaris, unas mulatas con acento caribeño y muchos otros espontáneos de paso vacilante, impregnados en alcohol. Desde el mostrador del vestíbulo estudiaba las esperas en los baños y cómo, al abrirse, estos regurgitaban una hilera de personajes acelerados. La bulla del bar creció tanto, que parecía que el techo de aquella casona fuera a desplomarse de un momento a otro.

Uno de los voluntarios se ofreció a sustituirme brevemente y aproveché para visitar la azotea: desde luego, aquello estaba de bote en bote. Se palpaba la mezcla de sustancias, abundaban los ojos vidriosos y el habla desafiante. Laura, frente al portátil, pinchaba salsa y hip hop; acepté un cubata que me tendieron. Se me antojaba una velada ansiosa, pero bajo control, y en cuanto terminé mi bebida regresé a la tarea.

A las tres de la mañana, bajó una muchacha, colocadísima, perseguida por dos camareros:

– No la dejes que se vaya, no le abras la puerta que se quiere ir sin pagar.

Se enredaron en una discusión. La chica forcejeó, golpeó a un voluntario, aparecieron más clientes.

– ¡Llama a la policía! ¡¡¡Llama a la policía, hijueputa!!! -me chillaba, histérica, mientras se agarraba a la verja y la sacudía como un mico.

Se enfureció tanto que de una patada agujereó la pared y quebró una tubería. El agua brotaba a raudales. Para entonces, la recepción se había abarrotado, no sólo de borrachos, sino también de huéspedes que salían de sus habitaciones, desvelados. Uno de ellos, un tunecino que había venido a visitar a su novia, alcanzó a descubrir la llave del conducto, fuera, en la calle, y detuvo aquella inundación bíblica. Claro que ya se había formado un charco inacabable y los voluntarios y la jefa se afanaban por mitigar el desastre. Así que la noche se cerró con final agridulce. El cielo bogotano, además, descargó una tromba impresionante y las goteras del techo obligaron a apartar las mesas del patio interior. De manera que había agua, agua por todas partes.

Contacté a los técnicos la mañana siguiente. Se reparó la avería y la jornada transcurrió sin referencias al episodio. Es más, el sábado se nos echaba encima, el bar funcionaba de nuevo. Yo me acosté temprano.

Fue que un par de días después, analizaba una tirada de cartas y Laura entró en mi cuarto.

– Me gustaría que me las leyeras.

– Con gusto -le respondí.

Entonces, cerró la puerta, se derrumbó en el suelo y empezó a sollozar. Confesó que llevaba noches sin dormir y que en la vigilia unas voces la asediaban, sobre todo la de su expareja, un amorío pasajero y reciente. Aquella voz le repetía: La cagaste, la cagaste, la cagaste. Admitió que aún guardaba rencor al novio, que su propia rabia la deprimía.

Le hice saber que valoraba su honestidad y durante las siguientes tardes le regalé charlas y reiki en su habitación oscura, repleta de amuletos y deidades hindúes, estanterías con libros de viajes y un pequeño altar en una esquina. La dejaba sola, relajada, su respiración profunda, pero después me confirmaba que seguía incapaz de descansar, sesteando a duras penas. El martes se negó a cenar con los voluntarios y la mañana del miércoles, después de una noche noctámbula, aprovechó la visita de unas amigas para sentarse en el salón a llorar abiertamente, sacudida por la congoja y la desesperación ante la falta de sueño. Volvió a mencionar las voces; parecía convencida de que su novio le practicaba brujería. Vendría su papá a verla y después se encerró en su cuarto.

Más tarde me narraron que se había largado. Había sacado el dinero de la caja y, sin dar explicaciones, ignorando las preguntas del recepcionista de turno, se había ido. Nos abandonaba a nuestro puñetero albedrío, sin fecha de regreso, sin normas.

Hubo que esforzarse por organizarnos: no se trataba de aprovecharse de la ausencia de la jefa, sino de manejar bien el negocio, incluso beneficiarlo. Así, se limpió la bodega, se apretaron los horarios y se planeó una fiesta para el viernes, pues la apertura del bar garantizaba ganancias. Habían llegado dos mexicanos a pintar un Ganesha en uno de los muros principales; alquilamos y montamos los andamios. Incluso se reparó el tejado para evitar las deprimentes goteras.

El viernes, de pronto, estábamos completos, lo cual interpreté como una señal cojonuda. Me tocaba otra vez en la recepción y, poco a poco, mientras se desarrollaba el turno, casi de manera imperceptible, le fui abriendo la verja a los cazadores de la noche.

La fiesta demoró en asalvajarse. No fue hasta pasada medianoche, con los músicos mercenarios de regreso y la incorporación de unos colombianos gritones que no paraban de encerrarse en el baño, que me aplastó la evidencia de que en la azotea no se cabía y que el escándalo debía sentirse, como mínimo, hasta en la Plaza Bolívar. Yo permanecía sereno, alternando café y chocolate caliente, y continuaba pulsando el interruptor y estrechando la mano a completos desconocidos que me veneraban por el mero hecho de permitirles el paso. El momento estelar se alcanzaría a las dos, cuando unos huéspedes británicos, acompañados de varios voluntarios y ebrios adheridos, convocaron asamblea en el vestíbulo para decidir si marchaban a la discoteca. Uno de ellos cayó rodando por las escaleras, pero lo alzaron como si nada. El show debía continuar.

Cinco minutos después de que la manada se largase apareció Laura. Traía la melena electrificada, la piel aún más pálida, parecía el fantasma de un cuento de terror moderno. Ignoró mi saludo y dijo:

– A partir de ahora, aquí nadie entra ni sale -y ascendió a su habitación, esquivando mis comentarios.

Alexis, uno de los camareros que se había escapado unos instantes del bar, se tropezó con ella y la siguió a su cuarto. Lo escuché: intentaba trabar contacto. Decidí subir también pero llamaron al timbre. Laura se asomó:

– Nadie entra ni sale.

No le hice caso. Lo peor fue que se trataba de unos clientes borrachos que exigían un flyer para acceder a la discoteca. Los despaché rápido, llegué al cuarto de Laura. Alexis la ametrallaba a preguntas lógicas pero la jefa no respondía: no revelaba dónde había estado, si tenía hambre o qué demonios le ocurría. Se paseaba, extraviada, por su habitación caótica, buscando sin encontrar, completamente ausente.

– Ahhhhh -gritó y sacudió las manos, como intentando desprenderse de algo.

– ¿Pero te puedo ayudar en algo? -le preguntó Alexis.

Laura recuperó la visión. Descolgó de la pared el cuadro de un Ganesha, que cedió a mi compañero.

– Quiero que te deshagas de esto.

Luego la vi salir, agacharse en el primer tramo de la escalera y arrancar de tras los peldaños otra imagen del elefante sagrado. Arrugó el póster.

– Y esto, fuera también.

Mi compañero se excusó para continuar trabajando y yo me quedé con Laura, en su cuarto. Se había tumbado en la cama, sus labios seguían resecos; le tendí el cacao.

– Échate de esto, dale -la animé.

No reaccionó.

– ¿Y cómo estás? -disimulé mi tono con espontaneidad-: ¿Viste qué bonito ha quedado el mural de los mexicanos?

– No, no, no, no lo quiero, hay que borrarlo, hay que borrar a Ganesha…

– ¿Que hay que borrarlo? ¿Y eso por qué?

– No, no, yo pensaba que era otra cosa pero no, no, no…

Parecía en estado de shock. Se incorporó para sacudir las manos entre balbuceos, insinuó un sollozo. Se volvió a acostar, cubrió su cabeza con los brazos, emitió otro chillido agudo.

En la cocina, calenté agua, le subí un té. Lo dejé enfriar sobre su mesita de noche.

– ¿Y qué tal, por dónde has estado?

De nuestra conversación sin sentido, me pareció entender que había pasado la noche en un hotel.

– He tenido pensamientos demasiado malos. La he cagado -repetía-, la he cagado.

– ¿Pero la has cagado por qué?

– No lo sé… He tenido pensamientos demasiado malos. De verdad que la he cagado, la he cagado…

– ¿Y tu móvil dónde está?

– Me lo robaron.

Le propuse contactar a su padre, me lloriqueó y, aunque intenté tocarla para calmarla, prefirió que saliera. La dejé arrodillada sobre el colchón, enrollada sobre sí misma.

A mí me faltaba turno por disfrutar: regresó la pandilla más ruidosa y borracha si cabe, hubo quien se comió mi sopa instantánea, el que olvidó su sombrero y quienes mal fornicaron en la sala de cine… un circo incolvidable. A las cinco y media se retiró la última superviviente, una adolescente regordeta que paseó por la recepción con los ojos entornados, devorando un puré de patatas frío hasta que, por fin, de un portazo, se metió en su cuarto. A las siete me sustituyó una voluntaria americana. Aproveché la diferencia de hora para un skype con un colega y no fue hasta las ocho y media que me deslicé en la cama. La luz de la habitación de Laura permanecía apagada, su puerta cerrada.

No alcancé a dormir demasiado. Compartí mi preocupación con los otros compañeros y se coincidió en comunicarme con el padre, si este llamaba. Si la situación empeoraba, contactaría al 123 para exponer el caso. Laura aún no había aparecido aunque sólo bastaba afinar el oído para escuchar los desesperados alaridos que llegaban desde su habitación. Después, abrió la puerta y se dedicó a deambular por el primer piso, abrazada a sí misma, musitando asuntos incomprensibles que autointerrumpía con sus gritos, entrando y saliendo de los cuartos, deteniéndose, de pronto, delante de cualquier muro. El hostal, mientras tanto, se desperezaba tras la juerga de la víspera y los resacosos huéspedes la saludaban sin comprender qué sucedía. Unas voluntarias le subieron comida pero la jefa se negó, retrocedió a su habitación: Que me dejen, que me dejen, suplicaba.

Yo salí a despejarme. De vuelta al hostal, pasadas las siete, alcancé a hablar con el padre:

– Su hija parece que está francamente mal -le expliqué-. Sería importante que viniera a verla.

Nos habíamos conocido en uno de mis primeros días, cuando acompañaba a Laura a comprar tejas para reparar el techo, y luego cruzado, el miércoles anterior, apenas unos segundos. La madre vivía en otro país, separada desde hacía mucho tiempo.

– Estoy fuera de la ciudad -lo oí al otro lado del auricular-. No llego hasta la noche, pero haré lo posible.

Unas horas más tarde me lo topé, yo salía de la ducha. Me estrechó la mano -era un hombre grande, con un halo clandestino y poderoso, que portaba una gabardina inmensa- y se escurrió en el cuarto de su hija. Cuando apareció, Laura lo seguía, gesticulando, brincando, lloriqueando como una cría de pataleta. El padre la despistó, convenciéndola de que yo me encargaba de acompañarlo, y me hizo salir con él a la calle lluviosa. Poco después, en la esquina, se despidió. Me estrechó de nuevo su mano enorme.

– Mañana enviaré a una familiar, que es psicóloga, porque Laura está descompensada. Ahora, que duerma.

Pero su hija, por supuesto, no dormía, sino que merodeaba el hostal como un espanto mientras los huéspedes se acicalaban para la fiesta. El bar ya había abierto y lo llenaban las primeras voces exageradas.

Poco después sonó el teléfono en la recepción: la madre. Laura se aferró a la barra de la escalera con otra rabieta:

– No, no, no quiero bajar. Que no.

Al final descendió, entre frágiles pasos, como un animalillo herido. Mantuvo una conversación esquiva:

– No, de verdad, ahora te tengo que dejar -se excusaba. Y volvía a su cantinela-: Es que lo he hecho demasiado mal, de verdad, mamá, lo he hecho muy mal… No, no, ahora no puedo, te tengo que dejar.

Al final le colgó. La vimos que marcaba en el aparato mientras repetía: A partir de ahora, nadie entra ni sale. Solicitó al auricular que viniese la policía, dio la dirección del hostal y colgó. De vuelta a su cuarto, antes de esconderse, me gritó:

– Que nadie entre ni salga, y me avisas en cuanto llegue la policía.

Yo no sabía si creerla. Me hallaba cansado, a pesar de los cafés con que había amortiguado el día. Al final, opté por prepararme una cena ligera y, en la sala de cine, me acomodé ante el ordenador, a ver una peli.

Cruzamos la medianoche. Algunos del bar se asomaron a chequear si la patrulla venía, pues el aroma a canuto se extendía hasta la entrada. Pero ni rastro de la pasma, ni de Laura tampoco. Hasta que, de pronto, al apartar la vista de la pantalla, descubrí a dos policías en la planta de abajo, recién llegados. Eran dos bajitos, de uniforme fluorescente y con cara de pánfilos, que ni inspiraban seguridad ni confianza. Laura reapareció y vino a sentarse con el más veterano de los agentes en un sofá, justo detrás mía.

– ¿Cómo le ayudamos, señorita? -yo podía oír todo lo que decían.

– Pues es que usted no lo va a entender -gimoteó Laura-. Lo que me pasa es que estoy mal, estoy muy mal; es como si hubiera perdido la cabeza.

Y luego añadió:

– Y además, es que estoy en peligro.

El otro tipo permanecía abajo. Lo abordé para ponerlo en antecedentes de la situación. Luego, su compañero le confirmó mi versión:

– Esta china está muy mal, hay que llamar a una ambulancia.

Laura había dejado de llorar, se había tendido en un sofá. La cubrimos con una colcha. Dejé a los policías, me mudé de cuarto para proseguir con la película.

Luego me preparé un chocolate caliente. Por las luces y el ruido, entendí que el bar se había animado. Volví a la sala de cine. El agente más joven detuvo la música dance de su móvil:

– Estamos intentando que vengan -explicó-, pero con estas ambulancias psiquiátricas, pues nunca se sabe, porque tardan.

El más veterano se había incorporado y escudriñaba una nota de la pared con la clave del wifi, que introdujo en su celular. Cuando me retiré, pasadas las dos y media, la ambulancia no había aparecido, Laura permanecía en el sofá y los polis se entretenían navegando por internet.

Me asombró descubrir a mi jefa en su habitación, a la mañana siguiente. Acababa de levantarme y la vi a través de la ventana de su cuarto, encorvada sobre la cama en una pose dolorosa. Vino una señora, que se presentó como su tía Mercedes y que, después de intentar hablar con la sobrina, se le quedó cara de despiste: Definitivamente, no entendía qué pasaba. Entonces apareció el padre con la decisión de llevarla al hospital. Querían que los acompañara, así que terminé de lavarme las legañas y, veloz, me vestí. Laura insistía en salir a condición de que cargáramos un archivador de su cuarto, que su tía guardó en una bolsa de plástico y aseguró contra su pecho.

Fuera pitó el taxi. Salimos. Por supuesto que lloviznaba. Monté delante, de copiloto, mientras que mi jefa era empujada detrás, entre los dos familiares, la piel transparente, los ojos en trance. El taxista nos condujo por las callejuelas de la Candelaria, en una maniobra que esquivase el inminente tráfico, pues Colombia jugaba por la Copa de las Amércias contra Perú en una hora. Laura murmuraba frases infantiles. De pronto, montado en aquel auto, mientras doblábamos una pronunciada esquina, me sorprendió la familiaridad de la escena. Fue una especie de recuerdo, o de predestinación, incluso de afinidad con lo sucedido. ¿Y quién me había mandado meterme en aquel fregado? Un follón que, de extraña manera, me sentía privilegiado de presenciar, como si me permitiese atar otros cabos, unir las piezas de un rompecabezas mayor.

Una vez llegamos a Urgencias, Laura entró con su padre, y su tía y yo debimos permanecer fuera, junto con un montón de familiares atentos a las novedades de sus enfermos. Muchos portaban la camiseta amarilla de la selección colombiana.

– ¿En España los hospitales están tan mal? -me preguntó Mercedes.

Miré a mi alrededor. No supe opinar, aunque resultaba miserable aguantar allá afuera, bajo la eterna lluvia. Nos trasladamos a una cafetería cercana y pedimos un perico (café con leche) que nos calentase. Mercedes supuso que la espera se alargaría y, ya fuera porque le incomodaba mi silencio o para mitigar su propia preocupación, se echó a hablar compulsivamente. Habló de su familia, habló de sus estudios de moda, habló de su sueño de convertirse en diseñadora, incluso me habló de un tipo con el que estuvo que le había puesto los cuernos y hasta le pegaba. Afuera una familia recibía una noticia trágica y se consolaba entre abrazos, lágrimas y toquecitos en la espalda.

Mercedes se cuestionaba si a su sobrina la habrían drogado con escopolamina, una sustancia extraída de plantas como el floripondio o el borrachero, y muy popular en Colombia. Se usa sobre todo en robos y violaciones, ya que la conciencia de la víctima se debilita y puede llegar a revelar las contraseñasde de las tarjetas de crédito o rendirse a prácticas sexuales. Por su falta de sabor, se camufla en la bebida, aunque hay quienes afirman que se puede mezclar en cigarrillos o aplicar en spray.

“A mí me la echaron una vez”, me contó la tía. “Pues es que en aquella época me tocó trabajar de seguridad al norte de la ciudad y, viviendo al sur, imagínese. Aquella noche yo cometí el error de salir muy tarde, como a las once y media. Me monté en el bus y en el bus hubo una pelea: alguien sacó una pistola y, claro, pues todos nos bajamos. Yo me acuerdo que había un puente peatonal para cruzar la autopista y que yo lo cruzaba y, entonces, escuché a alguien que me siseaba, shhhh, shhhh; me volví y noté que me caía algo. Y ya lo siguiente que recuerdo es que salía de una casa, que iba sola por la carretera”.

“Menos mal”, prosiguió, “que no me atropelló un coche, yendo como iba. A un tío mío lo asaltaron también, acababa de agarrar un buen pellizco de plata, sabe usted, y cuando lo liberaron, como había perdido la noción, cruzó una vía y un coche lo mató”.

– ¿Y usted no recuerda nada, Mercedes?

– Yo sólo recuerdo una luz rojiza y la figura de un hombre, pero muy borrosa.

En el hospital la sometieron a varias pruebas y no encontraron infecciones ni heridas, ni marcas de forcejeo. Al parecer, se había salvado de la violación por estar menstruando. Sólo le faltaba la cartera con apenas unos pesos. Sin embargo, la recuperación fue complicada, y es que algunos casos de escopolamina pueden presentar graves secuelas, como paranoia y depresión. Ella perdió la memoria y no reconoció a nadie durante dos meses.

La cafetería donde nos guarecíamos, para entonces, se había llenado de hinchas y una televisión diminuta atraía la atención de todos con el partido.

No fue hasta el segundo tiempo que apareció el padre de Laura. Ordenó de comer, se sentó a la mesa y expuso los hechos: en el análisis de sangre de su hija habían descubierto una dosis brutal de escopolamina. Posiblemente la habían drogado hacia la tarde o noche del viernes y los malhechores le habían hecho -usó esta expresión- “el paseíllo de las tarjetas”, infiriendo que habían extraído dinero de su cuenta. De momento, la joven se encontraba en observación, le habían puesto un suero y…

Los gritos de la cafetería lo interrumpieron. También él se giró a la pantalla, que mostraba la repetición de la jugada.

El partido acabó en empate.

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5 ideas sobre “Aquí nadie entra ni sale

  • Sío

    Heyyy,

    no creas que se me ha olvidado. Lo que ocurre es que, además de no contar con demasiado tiempo estos días, yo sufro de O.G.D.A., es decir, “oleadas galopantes de desidia aguda”. Ha sido así desde que recuerdo, y sólo ahora estoy empezando a vislumbrar la verdadera raíz de esta afección (no, no se trata sólo de pereza sin más), que es profundísima y se encuentra muy anclada, teniendo mucho que ver con la tan de moda ahora, procrastinación. Pero lo haré, porque me viene bien como tratamiento. Ocurre que no sabría por dónde empear. ¿Cómo mostrar una ciudad si tecleando en Google ya tienes empacho de información e imágenes? Necesito que me ilustre, señor bloguero curtido. ero si vienes tú mismo y lo hacemos entre los dos, mejor que mejor ^^

    A mí lo que me parece es que tú eres un cabeza loca XD Realmentre me frena (debes tener en cuenta que siendo mujer las cosas se ven desde otra perspectiva), es el hecho de que pueda estar expuesta a un peligro que es totalmente real y constante. Tendré mucho ascendente sagitario, y luna en acuario; pero un Saturno, conjunción con el mismo Júpiter, cortándole el rollo a base de bien. Son elementos, como mi Neptuno en el ASC y tantos otros, que con la madurez van dando la cara y marcando tu carácter muchísimo. Ya pateé kilómetros en llanuras desiertas, las cabalgué e hice autostop en tierras irlandesas, me he tirado a pozas desde riscos, he galopado en playas infinitas, bordeado acantilados ignorando las señales de “prohibido el paso”… No, “walking in the wild side” ya no es algo que vaya conmigo, me temo que me he vuelto un poco cagona, la verdad; da penita, pero es así. Lo mismo me cambia, no sé.

    Otra cosa que me irrita mucho es el “todo vale”, las faltas de respeto, por muy jóvenes y progres que seamos… Mi saturno en Libra no parte peras con nadie. Lo correcto y lo justo es “así” y ya está. Soy super rancia para eso, no voy a negarlo, pero resulta que parece ser que en los países humildes y problemáticos, por serlo, ya tienen licencia para hacer lo que quieran. Al final, lo que hacen es sino creerse la mentira que se les inculcó hace 500 años atrás, de que eran mierda y muchos así lo han asumido y actúan como tal. (Lo de los policías que pasaban de todo y sólo querían el wifi para mirar el móvil me indignó muchísimo) Hace poco ví una película/documental/pajamental con testimonio absolutamente real, de esos infumables y culturetas que tanto gustan a los alemanes, sobre el tema de la gestión de cárceles por parte de la mafia, con total impunidad del gobierno en México… se te quitan las ganas de comer para dos días, ya no sólo por las increíbles barbaridades que hacen, sino porque es algo asumido y ya NORMAL.

    En fin, no puedo evitar como ves enrollarme, sea mediante el teclado o a viva voz XD ¡¡Ya me dices que idea te he dado para esa nueva entrada, que me has dejado con la intriga!!

    Abrazos.

  • Sío

    Hostia sí, sí que leí esta entrada. Creo que fue en vacaciones y no pude marcharme a trabajar después de leerlo, para poder despejarme del mal cuerpo que me dejó. Desgraciadamente no puedo darle a “me gusta”, aunque sí, tu estilo me había hecho estar allí y meterme de lleno, casi incluso ser Laura misma.

    Esa es la segunda razón por la que no he viajado a sudamérica aún (la primera es obvia). Me dá muchísimo miedo que pueda `pasarme algo así, porque no nos vamos a engañar, esto en la mayoría de los países está a la orden del día. Claro que me gustaría ir, pero sólo a países con bajo nivel de estos incidentes, como por ejemplo Costa Rica. Me encantaría disfrutar del clima tropical, su rica fruta, fauna pero sobre todo flora, porque adoro las flores y sólo de pensar la cantidad de especies de orquídeas que debe haber, me retuerzo de gusto. Me atrae también la candidez, calidez y dulzura de sus gentes, sobre todo las de mayor edad, la generosidad inherente de los pueblos humildes, su acogedora actitud. Por otro lado creo que me pondría nerviosa tanto relax y tanto “no pasa nada, mija”, yo que aparte de ser como soy, me han alemanizado ya bastante (soy más alemana que los alemanes para muchas cosas).

    En fin, como veo que eres experto, ya me contarás cómo te lo montas exactamente para viajar a bajo coste.

    Saludetes

    • mochilastrologica

      Joer, Sío, menudo mal rato que pasamos en el hostal con esta aventura… el marrón que me me comí 😉

      De todas formas, que sepas que Colombia es uno de los lugares más hermosos que he conocido… así que menos miedos y más ascendente Sagitario y Luna acuariana.

      Costa Rica es otro rollo, muy caro, muy verde, muy gringo. Pero entiendo que te atraiga.

      Por cierto, que me has dado una idea para un nuevo artículo… ya te la cuento otro día.

      ¿Y tú cuándo te animas a escribir algún artículo? Schönes Wochenende 🙂