A la mierda


En astrología, al elemento tierra se le relaciona con la estabilidad, el pragmatismo, la paciencia, lo orgánico, y se le asocia, en función de su modalidad, a la acumulación de bienes, la valoración personal, el servicio y la consecución de logros. Para encontrar su equivalente en el Tarot, debemos evocar las escenas representadas en el palo de pentáculos. La tierra actúa, pues, como contrapeso al elemento agua, que rige lo misterioso, lo espiritual, la poesía, lo intangible. Ahora, por ejemplo, cruzando el mes de mayo -mes de las flores, como se conoce en algunos lugares-, cumplen muchos nativos de Tauro, un signo de tierra que personifica este arquetipo de pasividad activa presente en la naturaleza. Si me basara en criterios astrológicos, de hecho, no podría haber estado más acertado al establecerme en la Finca.

Caigo de chiripa, la verdad, pues he contactado varios destinos y Juan es el único en responderme con fechas concretas. De manera que, por descarte, cercanía temporal y espacial, la noche de un lunes desciendo del bus en un pueblito llamado Sogamoso, en la provincia de Boyacá. Han sido tan sólo ocho horas de viaje -nada particular, si se tienen en cuenta la orografía y distancias colombianas-, pero, sin embargo, en mi cabeza, el trayecto se ha eternizado como una triple vuelta al mundo; y, todo, porque ando de un sensiblero que ni me aguanto.

Me pasó que, en San Gil, le vi los ojos, nariz y boca al romance y, en Barichara, me hospedé en casa de una pareja en pleno trámite de separación que más que el reiki y el psicoanálisis que les presté, necesitaban un auténtico milagro. Total, que tanto amor perdido me ha desbaratado por completo y padezco, con retraso, los efectos secundarios. Por eso, cuando en plena oscuridad, arribo a la Finca y descubro una increíble fogata y un concierto de música tradicional de la sierra, lo interpreto como un buen augurio, el bálsamo perfecto para mis inquietudes.

Las presentaciones son rápidas: Juan, el propietario, ocupado con el festejo de los setenta y cuatro años de su madre, apenas puede atenderme. Es Tobie, uno de los voluntarios, holandés, lindo y sereno, quien se encarga de acompañarme hasta el cuarto con literas donde dormiré. Más tarde, me muestra la cálida cocina comunitaria y me presenta a Chloé, una gala pelirroja, alta y fuerte. Entre los tres nos repartiremos los quehaceres del lugar.

A la mañana siguiente, antes de las siete, con una taza humeante de café entre las manos, ya paseamos por la Finca. Atiendo a Tobie, que me detalla una de las tareas principales: cómo alimentar a los animales. Tenemos pavos reales, conejos, una cabrita de seis meses llamada Eros, cuatro perros, dos gatos, muchísimas gallinas y muchos gansos. Chloé, por su parte, ya está regando las plantas -otro ejercicio diario e imperdible, siempre que no haya llovido- y colabora con las chicas de la cocina mientras sirven el desayuno, pues la Finca funciona como hotel e, incluso, como centro de yoga.

En resumen, a los voluntarios se nos ofrece un rico desayuno y una cama a cambio de, al menos, cuatro horas de trabajo. El resto del día, de no presentarse inconvenientes, podemos usarlo a nuestro antojo. Por eso, finalizada mi jornada, aprovecho para acudir a Sogamoso, comprar en el supermercado y adaptarme a la moda ochentera y al inesperado frío. Los paisanos gastan ponchos de lana, sombreros y botas vaqueras; las mujeres lucen peinados de antes de la caída del muro. En las esquinas, los caballos pastan; unos niños jalan de una vaca ante un semáforo en rojo.

Más tarde, me descubro sacando la ropa de invierno que hacía tanto que no usaba. Mi padre me pregunta mientras charlamos por skype:

– ¿Pero estáis a mucha altura?

Consulto wikipedia. Dos mil quinientos metros. El gorro de lana lo estoy estrenando.

En mi segundo día, ya me encargo de las plantas. Luego, me entrevisto con Juan, que se disculpa por la falta de tiempo, pero apenas le alcanza: prepara un taller de Tantra para la semana siguiente y, aunque normalmente lo dirige con otro instructor, esta vez ha decidido impartirlo solo, con el consecuente aumento de responsabilidades.

La charla fluye, mi nuevo jefe me repite las condiciones: después de un par de días de prueba, se espera una estadía mínima de un mes. Sin sentirme del todo convencido, admito que no tengo problema. Por mi parte, le propongo la posibilidad de ofrecer masajes, servicios de astrología y tarot a los huéspedes y, si bien no se opone a lo primero, se muestra bastante reacio a lo demás. Juan, que, por cierto, es Tauro, sostiene que estas mancias generan adicción y prácticamente las destierra a la condición de brujería. Yo podría rebatirle con argumentos de psicología junguiana, simbología, cábala y demás, pero prefiero mantener la boca cerrada. Después de todo, me digo, ando bien de dinero y, lo mismo, no es mal momento para apartar la espiritualidad a un lado y plantar los pies en la tierra.

Que es a lo que me dedico cada día: madrugo, bebo mi café y cumplo, descalzo, con las distintos labores de la Finca. Para empezar, los animales me entretienen: a primera hora, libero a los pavos reales y disfruto, ilusionado, la apertura del despampanante abanico de plumas del macho. Acompaña la exhibición de un aleteo cuyo susurro asemeja el sonido de una cascada o una serpiente de cascabel. En la puerta del corral, las gallinas se amontonan, ridículas, cuando entro a alimentarlas y, en dos ocasiones, se me escapan varias y no hallo manera de atraparlas. Me driblan, las muy sinvergüenzas; corro tras ellas y se me escurren, y, de fondo, se diría que suena música de circo o del show de Benny Hill. Por su parte, los gansos me reciben con graznidos enemigos y mal dirigidos picotazos, así que me escabullo de la jaula lo antes posible. Quieren proteger a una hembra embarazada, me explica Tobie.

Llegan tres nuevos voluntarios: Sam, de Manchester, Eva, de Estonia y, Sarah, de Londres, quien va a pintar un mural. Las tareas se redistribuyen: Juan pide a los hombres que limpiemos la parte trasera de la Finca. Para ello, sembramos fuego en matorrales estratégicos y la combustión provoca llamas de cuatro metros de altura que calcinan el terreno. El incendio incluso alarma a los vecinos, las cenizas flotan en el ambiente y, para el final de la tarde, los restos del paisaje recuerdan una tragedia apocalíptica. No todo ha ardido, sin embargo: los grandes troncos se salvaron y hay que recogerlos y transportarlos al interior de la propiedad. Chloé se despide: vuela desde Bogotá a París. Tras ocho meses de viaje, no tiene ni puñetera gana.

El domingo aparecen dos suizas, un israelita afincado en Nueva York y una bogotana experta en Tantra. Todos para el taller. Juan, de hecho, ha convencido a los tres nuevos voluntarios para que también participen. Esa noche, con una propicia luna llena en Escorpio, me encuentro en la cocina, tocando el ukelele, cuando entra para invitarme a la charla presentación del cursillo, a punto de empezar. Detengo el vídeo de youtube -estoy aprendiendo un punteo del Lovesong de The Cure- y, sincero, espontáneo, rechazo la propuesta: No, gracias.

Así que el lunes, con Chloé de vuelta a Francia y Eva, Sarah y Sam en el taller, sólo quedamos Tobie y yo para realizar las faenas. Nos repartimos las horas: las plantas hay que regarlas de siete a nueve y de cuatro a seis, evitando el posible calor del mediodía, que perjudica la absorción del agua y quema la raíz. Por las tardes, da gusto hidratarlas: las flores se abren, coquetas, y funden sus aromas. Crecen rosas, geranios, floripondios y unos arbustos que, por sus florecillas blancas y perfume dulzón, recuerdan, sin serlo, al jazmín. La manguera aparenta medir kilómetros y se debe extender con absoluta meticulosidad para evitar los nudos. Sin embargo, no alcanza hasta la entrada de la Finca y, después de más de una hora de riego, hay que añadirle una extensión para conseguir bañar las últimas plantas. Si el aljibe se seca, vaciamos la pila contigua, que contiene agua verdosa con la que completar la tarea.

También, a la tarde, se recogen los huevos del corral: encuentro, a veces, más de la docena, aún cálidos al tacto. Los perrillos se espabilan y corretean. Gamin, callejero y peludo como una oveja, apenas fue adoptado hace unas semanas y hay que darle de comer poco a poco, hasta que se acostumbre al pienso. Le encanta provocar a los demás chuchos, les muerde las orejas, buscando juego. Las hembras lo ignoran, tranquilas y adultas, incluso le ladran de vuelta; sobre todo, Sweet, cuyo embarazo psicológico parece haberla entristecido.

Esto de andar sin zapatos, además, me regala sorpresas: en muy poco tiempo ya he pisado mierdas de perro, conejo y cabra, además de una abeja que, con su aguijón, me hincha la planta por varios días. Tobie descubre dos hermosas plumas del pavo real y las ajustamos a sendos lados de la chimenea de la cocina, emocionados con nuestro ingenio decorativo.

En jornadas alternas, con cuidado de no ahogar las matas, regamos la huerta y, dentro del invernadero, humedecemos unos bloques semejantes al corcho del que nacen racimos de champiñones que, más tarde, arrancamos, troceamos y ponemos a secar. Unos obreros sierran los troncos más pesados del terreno que quemamos y los cargamos a hombros y en carretillas hasta despejar la zona. Limpiamos de matojos el muro exterior y, días después, lo encalamos.

Si podemos, cooperamos con las chicas de la cocina: servimos el desayuno, sacamos la basura, fregamos los platos. Estas me comparten historias de Sogamoso, leyendas del desaparecido Templo del Sol. Se cuenta que los españoles llegaron a la zona atraídos por el mito del Dorado, que el encuentro con los muiscas no hizo sino avivar la leyenda. Los miembros de dicha tribu decoraban sus casas con delicadas láminas de oro y dominaban el secreto para producir el metal precioso. Era tal su maestría que, en el llamado Templo del Sol, albergaban una bola de oro de tres toneladas de peso. Con la inminente invasión conquistadora, Sugamoxi, el jefe supremo de los muiscas, ordenó ocultar el tesoro y, a pesar la tortura mortal de los españoles, nunca reveló el paradero. Cegados por la avaricia y la rabia, los hispánicos arrasaron la zona e incendiaron el Templo, que, dicen, ardió durante meses.

Cargo restos de comida hasta donde Eros. La cabrita come a cualquier hora, no sólo el césped que le permite la cuerda que la ata, sino cualquier despojo puesto a tiro. Agita el rabo, me bala y se deja acariciar cuando la visito. Juan, que procura establecer un equilibrio entre los animales y conserva el mismo número de machos que de hembras, me confiesa que mantendrá a Eros virgen. Me sirve como talismán para preservar la fertilidad de la Finca, explica.

Mientras trabajo, me llega, desde la sala de yoga, música trance, psicodélica, mantras, hasta el Insomnia de Faithless. Y, por supuesto, que curioseo a través de los vidrios: descubro asanas, danzas, meditaciones… Y el revoltijo no hace sino reafirmar mi buena decisión: yo lo que quiero es regar plantas y pisar mierdas.

A la noche, la cocina comunitaria se llena con los participantes del taller. Después de tantas horas asimilando conocimientos y realizando ejercicios juntos, han surgido invisibles lazos entre ellos, aunque también se prestan a dejarse conocer: Natan, el hebreo, da clases de fotografía en una universidad de Nueva York, comparte sus historias viajeras y algunas de sus fabulosas instantáneas. Las suizas, Rachel y Elena, apenas se conocieron en Bogotá, pero iniciaron su aventura de idéntica manera: cortaron por lo sano con sus trabajos y relaciones y aterrizaron en Latinoamérica necesitadas de autodescubrimiento. María, guapa y cariñosa, nos besa y abraza cuando saluda. Actúa como el negativo perfecto a la amplia sabiduría radical de Juan -al parecer, estudiaron Tantra en diferentes escuelas.

– Me han dicho que lees la carta astral -me dice.

– Así es.

Es Tauro, ascendente Libra, o sea, venusina por partida doble y, muy probablemente, con el sol en la casa ocho, aunque nunca llego a ver su carta.

Después de la cena, se retiran pronto a dormir. El taller los agota. Sólo Sarah apura la noche conmigo y, mientras surfeo por la red, me revela detalles del curso. Le parece demasiado dogmático -los hombres no pueden eyacular, las mujeres deben detener la menstruación-, pero, gracias a la información, empieza a dejar de sentirse avergonzada y a valorizar su apetito sexual.

Por fin, después de más de diez días, se me concede la primera jornada libre. Visito, con dos huéspedes, el Páramo de Ocetá. Para ello, tomamos un bus hasta el vecino Mongüí, a cuarenta minutos de Sogamoso. María nos espera en la plaza principal. Didáctica, parlanchina, descendiente de muiscas, será la encargada de guiarnos por la zona.

La caminata se prolonga por ocho horas, durante las cuales subimos y bajamos de los casi cuatro mil metros, y el paisaje resulta completamente alucinante, mutando a cada etapa, fundiendo lo poético y onírico, lo desolador y tenebroso. Durante el ascenso, María nos hace probar unas bayas ricas en vitamina C, champiñones de carne deliciosa que guardamos para la cena y unas hojitas aromáticas usadas para condimentar el ajiaco, sopa colombiana por excelencia. Cada vez con mayor frecuencia, encontramos unas flores velludas conocidas como frailejones que, según nos explica, usan su pilosidad para captar la humedad de la altura y filtrarla en lo que serán ríos y manantiales subterráneos. No nos cruzamos con ninguna otra persona durante la caminata. Sí se distingue alguna casa lejana, unos caballos que pastan.

En la cima del páramo, los frailejones, que crecen a centímetro por año, han adquirido la proporción de árboles de dos y tres metros. El cielo se ha coloreado de gris, el viento sopla, oscuro, y el paisaje nos envuelve como un planeta hostil, un mundo frío y encantado. María narra que, de acuerdo con la leyenda, fueron dieciséis muiscas quienes cargaron la enorme bola de oro hasta el Páramo. Cuando ubicaron el escondrijo perfecto, la ocultaron y, después, se asesinaron: ocho mataron a ocho, cuatro a cuatro, dos a dos. El último regresó hasta Sogamoso, informó al cacique Sugamuxi del éxito de la misión y se suicidó de manera que ni el jefe supremo conoció el destino del tesoro. El sol nos acompañará durante el descenso y, de vuelta a Mongüí, devoramos varias arepas para saciar el hambre exagerada.

Tobie se marcha. Su viaje prosigue, rumbo a Ecuador. Eso significa que soy el único a cargo de las plantas, animales y demás, lo cual no me importa. Una vez termino, me sobran los pasatiempos: Sam me ha recomendado una página con tutoriales de ukelele. En una sala del caserón descubrí El general en su laberinto, de Márquez, así que también cuento con lectura.

El viernes, como es habitual, madrugo. Saludo a los perros, que me mordisquean, juguetones, ladran; me pongo manos a la obra: sirvo comida a los gatos, césped a los conejos, saco a Eros y lo ato en el patio trasero para que paste.

El primero en avisarme es Sam. Después, Juan, con más detalle: María va a conducir unos ejercicios y le gustaría que participara con ellos. Además, a la noche celebran el ritual final del taller y necesitan a un hombre más para equilibrar las energías. Así que, a las nueve, con los animales fuera y medio jardín regado, recojo la manguera y entro en la sala de yoga.

Están todos preparados en el centro, sobre las colchonetas. María, ataviada de blanco, se ha sentado al fondo, en una especie de podio, bajo una imagen tántrica que muestra a una pareja fusionada en plena cópula.

Comenzamos con unos bailes de calentamiento; después, nos sentamos, por parejas, a mirarnos a los ojos y entrevistarnos. En cuestión de minutos olvido lo aprendido durante la semana. La tierra se va a la mierda y soy pura agua.

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¡Participando aprendemos todos!

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